Después de convertirse en uno de los rostros jóvenes a seguir del cine español gracias a El 47, Zoe Bonafonte asume en A fuego uno de sus trabajos más exigentes. La actriz se pone en la piel de Lola, una joven de 17 años que trata de reconstruir su vida después de la repentina muerte de su hermano Nico.
La película, ya en cines desde el 21 de agosto, convierte el baile en uno de los vehículos de ese proceso. Lola descubre El Búnker, un espacio abandonado donde se celebran fiestas clandestinas y batallas de baile. Allí entra en contacto con un nuevo grupo de jóvenes y comienza a descubrir aspectos desconocidos de la vida de su hermano.
El reto para Zoe Bonafonte era doble. Debía sostener emocionalmente buena parte de A fuego y, además, conseguir que el público creyera que Lola llevaba toda una vida bailando. Bonafonte no es bailarina profesional. El desafío la llevó a dedicar numerosas horas a entrenar dentro y fuera de los ensayos. Para los movimientos más complejos de ballet contó con su doble, Ana, aunque las coreografías que vemos en pantalla sí fueron interpretadas por ella.
Su preparación fue mucho más allá de aprender pasos. Bonafonte construyó físicamente a Lola desde la rigidez y la contención. Llegó a caminar por casa con un libro sobre la cabeza o los brazos sujetos para encontrar la postura de una bailarina. Ese cuerpo rígido también debía explicar el bloqueo emocional de una adolescente que todavía no sabe cómo enfrentarse a su duelo.
En Revista YOUNG hablamos con Zoe Bonafonte sobre ese proceso, su relación con el reparto y todo lo que ha sucedido después de El 47. La conversación termina abriendo otra cuestión que pocas veces aparece en las entrevistas: los miedos de los actores jóvenes cuando las cosas empiezan a ir bien.
“Con A fuego me he reencontrado con el baile y he hecho las paces con él”
Lola tiene una evolución enorme y llevas buena parte del peso de la película sobre tus hombros. ¿Qué sentiste cuando leíste por primera vez quién era este personaje que ibas a interpretar?
Cuando me llegó el guion ya había pasado por el proceso de casting y me habían dicho que me habían escogido. Sentí muchísima ilusión, pero esa ilusión venía acompañada de una responsabilidad bastante grande.
Yo no soy bailarina y tenía que interpretar a una chica que supuestamente lleva toda su vida bailando. Eso supone una presión añadida porque sabes perfectamente que existen muchas actrices que sí llevan años formándose en danza y que quizá podrían enfrentarse a esa parte desde un lugar mucho más natural.
He dedicado muchísimas horas al baile. No solamente durante los ensayos, sino también trabajando por mi cuenta en casa. Aun así, aquí también entra en juego la magia del cine. No estoy encima de un escenario haciendo una obra de teatro donde absolutamente todo depende de que yo sea capaz de ejecutar técnicamente cada movimiento.

Todas las coreografías las hacía yo, pero había determinados saltos, giros y movimientos más complejos de ballet para los que contábamos con una doble. Hay un momento, por ejemplo, en el que Lola hace un grand jeté, que es ese gran salto en el que parece que te abres de piernas en el aire. Eso lo hacía mi doble, Ana. Su trabajo también me ha ayudado muchísimo a darle credibilidad al baile de Lola.
Y para mí ha terminado siendo algo muy bonito a nivel personal. Siempre me ha gustado muchísimo bailar. Había bailado durante mi vida, pero nunca sentí que se me diera especialmente bien y de pequeña acabé pensando: “Bueno, pues a otra cosa”.
Con esta película me he reencontrado con el baile. De alguna manera he hecho las paces con esa parte de mí y he descubierto que, si trabajo y me esfuerzo, también puedo conseguir hacer cosas de las que sentirme orgullosa. Cuando he visto cómo ha quedado finalmente toda esa parte en la película, me he sentido muy orgullosa del trabajo que hice.
El duelo que Lola lleva por dentro
Más allá del baile, lo más interesante de Lola son todas sus capas. Hay rencor, dolor, enfado y momentos en los que simplemente huye de aquello que no sabe gestionar. ¿Cómo construiste toda esa bola emocional antes de que el personaje termine explotando?
Para mí lo fundamental era comprender el mundo emocional interno de Lola. Es una chica muy cerrada al mundo, tímida y reservada. Quería que se percibiera constantemente esa contradicción entre una persona que desea encajar y alguien que, al mismo tiempo, está investigando y buscando respuestas.
Lola necesita comprender qué ha sucedido. Necesita formar parte de algo y lleva muchísimo dolor y resentimiento dentro. Por eso me parece tan bonita su evolución durante la película. Todo lo que va descubriendo provoca que tenga que replantearse muchas de las ideas con las que había comenzado la historia.
Sin entrar demasiado en spoilers, ella tiene una imagen tremendamente idealizada de su hermano. Es algo completamente comprensible después de una muerte. Parte de su proceso consiste precisamente en empezar a descubrir quién era realmente Nico y aceptar también aquellas partes de él que desconocía.
Eso hacía que el personaje tuviera muchísima dualidad. De repente está haciéndose amiga de personas a las que, en realidad, está mintiendo y engañando. Puede sentir rechazo hacia alguien y, segundos después, estar riéndose con esa misma persona.
Lola está completamente perdida. Y ahí está precisamente una de las claves del personaje: ni siquiera ella sabe exactamente qué le está pasando.
Está atravesando una especie de enorme paréntesis vital. Se encuentra en pleno duelo, ha perdido a sus amigas de toda la vida y ha abandonado el baile. De repente aparece este nuevo grupo de personas, comienza a gustarle un chico y empiezan a surgir sentimientos que tampoco sabe gestionar.
Por eso para mí era importante que no pareciera que Lola tenía respuestas que todavía no podía tener. Está confundida con ella misma, con aquello que siente y hasta con lo que debería sentir hacia su hermano. Al final estamos hablando de dos cosas que ya son tremendamente complejas por separado: la adolescencia y el duelo.
“Entendía tanto a Lola que no necesitaba decidir de antemano cómo iba a sentirse”
¿Cómo se sostiene emocionalmente un personaje así durante un rodaje? Una cosa es memorizar un guion y otra expresar cuatro emociones diferentes mediante una mirada, un gesto o incluso evitando tocar a alguien.
Mi gran apoyo con Lola fue que desde el principio la entendí muy bien. No creo que ella y yo tengamos demasiado que ver personalmente, pero conseguí empatizar muchísimo con lo que estaba viviendo.
Había escenas en las que podían convivir cuatro sentimientos completamente opuestos. Pero no necesitaba llegar desde casa pensando: “Aquí voy a sentir esto, después aquello y cuando ocurra esto otro voy a reaccionar así”. Creo que hacerlo de esa manera habría podido convertir algo muy vivo en una especie de coreografía emocional.

Me apoyaba muchísimo en mis compañeros. He tenido un elenco maravilloso y muchas veces bastaba con mirarles a los ojos. Ahí ya estaba sucediendo todo.
Eso se vuelve todavía más importante conforme avanza la película. Lola empieza a descubrir información que no le gusta y que, en realidad, preferiría no conocer. Aparece una lucha interna muy potente: quiere escuchar lo que la otra persona tiene que contarle, pero aquello que está escuchando le provoca rechazo. Al mismo tiempo, necesita seguir sabiendo.
Mi trabajo consistía mucho en estar realmente presente dentro de la escena. Evidentemente existía una preparación previa enorme y había trabajado muchísimo para entender quién era Lola. Pero precisamente porque había hecho ese trabajo, cuando llegaba el momento de rodar podía dejar de pensar constantemente en cómo debía reaccionar.
Había llegado a entenderla tanto que simplemente estaba allí.
Tampoco soy una actriz que se quede dentro del personaje cuando termina una escena. No necesito seguir siendo Lola durante todo el día. Pero cuando decían “acción”, entraba en ella y entendía perfectamente desde dónde funcionaba.
Un libro sobre la cabeza para encontrar el cuerpo de Lola
Hay actores que buscan una canción, un animal o algún elemento concreto para encontrar físicamente a sus personajes. ¿Cuál fue la puerta de entrada que encontraste tú para construir a Lola?
Yo utilizo bastante los animales para hacer composición de personajes. Acabo de rodar otra película, por ejemplo, donde mi animal era un gorila. Observaba determinados gestos y características físicas de los gorilas para llevar después algo de esa presencia al personaje. Me interesaba encontrar una energía más grande, más ruda.
Con Lola no trabajé tanto desde un animal. Aquí me interesaba muchísimo más encontrar una contención física.
Hay algo en las bailarinas de ballet que permanece incluso cuando no están bailando. Se nota en cómo caminan, en el equilibrio, en la elegancia corporal. Puedes cruzarte por la calle con alguien que ha hecho ballet durante años y muchas veces reconocerlo simplemente por su forma de moverse.
Tienen una presencia muy concreta. Parece que podrías hacerles una fotografía prácticamente en cualquier momento y su cuerpo seguiría estando colocado.
Como yo no soy bailarina, para mí era fundamental que al menos esa parte estuviera presente en Lola. Tenía que conseguir que su cuerpo contara que había bailado toda su vida incluso cuando no estaba haciendo una coreografía.
Trabajé muchísimo desde esa contención. Me ponía un libro en la cabeza en casa, utilizaba un lápiz e incluso llegaba a atarme los codos por detrás con una cuerda y caminaba así mientras hacía cosas. Buscaba obligar físicamente a mi cuerpo a adoptar una postura diferente de la mía.
Si te fijas, yo en mi vida cotidiana no estoy así. Lola, en cambio, aparece durante buena parte de la película muy recta, cerrada, dura y tiesa.
Y además esa construcción física terminaba conectando perfectamente con lo emocional. Lola está bloqueada. No consigue conectar con determinadas emociones y toda esa rigidez corporal representa también lo que está ocurriendo dentro de ella.
A medida que avanza la película empieza a liberarse. El contemporáneo también participa en esa transformación. Su cuerpo puede ir cambiando a medida que cambia ella. Por eso mi composición del personaje estuvo muy centrada en conseguir esa contención corporal inicial y permitir después que fuera desapareciendo poco a poco.
“Una nominación no puede determinar cuánto vales como actriz”
Vienes de El 47, que te llevó a estar nominada a los Premios Goya y a los Gaudí. ¿Cómo cambia la vida después de recibir ese reconocimiento tan pronto?
La vida sigue siendo bastante parecida. Lo que sí cambia es que, de repente, dentro de la industria hay gente que conoce tu nombre o que ha visto tu trabajo.
En mi caso concreto, porque sé que no necesariamente le ocurre igual a todo el mundo, esa exposición sí me ha brindado nuevas oportunidades. Empezaron a llegarme castings que antes probablemente no me habrían llegado. Ha sido un altavoz que me ha permitido continuar trabajando y acceder a otros proyectos.

Pero después mi vida cotidiana sigue ahí. Continúo yendo a mis clases, sigo formándome y mantengo a mis amigas de siempre. No aparece de repente Brad Pitt escribiéndote un mensaje privado porque hayas recibido dos nominaciones. [Ríe].
Y también he tenido que aprender algo importante: separarme de las nominaciones. Porque si no lo haces, te puedes volver loca.
No puedes asociar tu valía personal o profesional a que una institución decida nominarte. Tengo una amiga que aquel mismo año había hecho una película y tenía un papelón. En nuestro grupo estábamos convencidas de que también estaría nominada como actriz revelación, pero su película no había llegado a tanta gente y finalmente no ocurrió.
¿Eso significa que ella sea peor actriz que yo? Por supuesto que no.
Ahí entiendes que existen muchísimos factores alrededor de un premio que no dependen exclusivamente de tu trabajo. Para mí también ha sido un aprendizaje en ese sentido. Hay que quitarse presión y conseguir relativizar la importancia de estas cosas. Puedes alegrarte muchísimo por una nominación, evidentemente, pero no permitir que determine cuánto crees que vales como actriz.
“Si algún día gano un Goya o un Gaudí, llamaré a mi madre”
Entonces imaginemos el siguiente paso. Llega el día en que ganas un Goya o un Gaudí. ¿Qué es lo primero que haría Zoe Bonafonte después de recibir el premio?
Llamar a mi madre.
Seguramente sería lo primero que haría, si es que ella no estuviera allí conmigo. Se lo debo todo a ella y a mi familia porque han sido quienes me han apoyado desde el principio.
Mi madre ha sido quien más ha apostado por mí siempre. Por eso creo que, después de toda la emoción del momento, antes de pensar en celebraciones o cualquier otra cosa, mi reacción sería esa.
La llamaría a ella.
Un reparto que acabó convertido en una pandilla
Volviendo a A fuego, hay una química muy natural entre vosotros. Con Marc Soler, Omar Banana, Ruslana y el resto parece en algunos momentos que llevéis años siendo amigos. ¿Cómo fue construir esa relación?
Me siento muy afortunada porque no había tenido demasiadas oportunidades de trabajar en proyectos rodeada de tanta gente de mi edad.
Aquí me encontré con un grupo que tenía muchísimas ganas de sacar adelante la película y de hacerla bien. No existía simplemente esa sensación de “me han contratado, hago mi trabajo, cobro y me voy a casa”. Que también es completamente lícito, porque todos tenemos que llegar a final de mes y hay proyectos para todo.

Pero en A fuego existía una implicación especial. Todo el mundo quería conseguir el mejor resultado posible y eso hacía que aportáramos constantemente. Hablábamos sobre el vestuario y proponíamos cosas al departamento. En algunas coreografías aparecían movimientos que nosotros mismos preparábamos y después enseñábamos a las coreógrafas.
Había muchísima motivación.
Además, mis compañeros me ayudaron enormemente con el baile. Omar y yo éramos probablemente quienes estábamos más perdidos en ese terreno. En cambio, Ruslana, Miquel y Marc tenían conocimientos desde disciplinas diferentes. Rus venía del urbano, Miquel del ballet y Marc del contemporáneo. Cada uno podía ofrecernos claves distintas y ayudarnos.
Todo ese proceso nos unió muchísimo. Los ensayos de baile hicieron que fuéramos una piña prácticamente desde el principio. Desde que nos conocimos hubo mucha química y creo que una parte de esa relación real inevitablemente termina apareciendo después en la pantalla.
Batallas de baile incluso cuando las cámaras se apagaban
¿Y esa pandilla sobrevivía cuando terminaba el rodaje? ¿Alguna anécdota que demuestre que os lo pasasteis tan bien fuera como parece dentro de la película?
Hemos hecho muchísimas cosas juntos fuera del rodaje. Una vez salimos de fiesta con los bailarines y acabó organizándose allí mismo una pequeña batalla de baile.
También nos fuimos al Tibidabo y terminamos un montón de personas metidas en una furgoneta, todos tirados por el suelo. Esa parte negaré haberla contado [ríe], pero nos lo hemos pasado realmente muy bien dentro y fuera del rodaje.
Creo que había una energía colectiva muy especial y muchas ganas de disfrutar de lo que estábamos haciendo.
Incluso cuando rodábamos las batallas de baile ocurría algo bastante divertido. Terminábamos de grabar y, en lugar de marcharnos inmediatamente, nos compinchábamos con el equipo de sonido para que pusieran música. Entonces se montaba espontáneamente otra batalla entre nosotros.
Por eso creo que la energía que aparece en A fuego no es artificial. Es bastante parecida a la que existía realmente entre nosotros cuando las cámaras dejaban de grabar.
“A las actrices jóvenes también nos da miedo pasar de moda”
Hay una pregunta que quizá no hacemos suficientemente a los actores. ¿De qué te gustaría que os preguntáramos más?
Creo que hablamos poco de nuestros miedos. Y no me refiero solamente al miedo concreto que pueda aparecer cuando afrontas un personaje, sino a los miedos que genera la propia profesión.
Hablando con muchas compañeras descubres que existen preocupaciones que compartimos y que pocas veces aparecen en las entrevistas. Está el miedo a hacerte mayor, al edadismo o a que dejen de llegar determinados papeles.
Cuando eres una actriz joven puede ocurrir que de repente te pongas de moda y todo el mundo quiera trabajar contigo. Pero también existe el miedo de pensar que, igual de rápido que eso sucede, puede llegar un momento en el que nadie vuelva a llamarte.
Está también el miedo a perderte a ti misma por el camino. A que todo lo que rodea esta industria termine corrompiendo determinadas cosas de ti. Aparecen la purpurina, las alfombras, los premios y toda esa parte más visible de la profesión, pero tienes que intentar que eso no se coma a la persona que existe debajo.
Creo que sería interesante humanizar más a los actores hablando también de estas inseguridades. Porque podemos estar viviendo un momento profesional maravilloso y seguir teniendo muchísimo miedo sobre qué sucederá después.
“Este ha sido laboralmente el mejor año de mi vida, pero trabajar tanto también es muy solitario”
¿Y la soledad forma parte de esos miedos?
Muchísimo. Es algo de lo que se habla poquísimo hacia fuera, aunque dentro de la industria sí lo comentamos bastante.
Yo siento que este ha sido laboralmente el mejor año de mi vida. No paro de trabajar y estoy profundamente agradecida por tener esas oportunidades. Pero existe otra cara: trabajar muchísimo también puede ser tremendamente solitario.
De repente estás viviendo en Málaga. Después te vas a Pamplona, luego a Bilbao y después a Barcelona. Vas saltando de un lugar a otro mientras tu vida personal continúa existiendo en otra parte.
Y en todo ese proceso estás constantemente empezando de nuevo. Tienes compañeros nuevos, una ciudad diferente, otro alojamiento y otra rutina. Mientras tanto, tu familia, tus amigos y la gente que forma parte estable de tu vida siguen con su día a día.
Por eso creo que la soledad es un tema enorme. Igual que lo son el miedo a dejar de trabajar o la incertidumbre permanente que acompaña esta profesión.
Muchas veces a los actores jóvenes se nos pregunta por las redes sociales o por los problemas asociados a nuestra generación. Y está bien hablar de todo eso. Pero creo que estas otras cuestiones son también un auténtico temazo y aparecen muchísimo menos.
“No todos los adolescentes están todos los días drogándose”
Hablando precisamente de cómo representamos a vuestra generación, muchas ficciones juveniles repiten un mismo modelo de jóvenes rodeados de drogas, sexo, fiestas y un determinado nivel económico. ¿Crees que estamos dejando fuera demasiadas adolescencias?
Absolutamente. Evidentemente existe un porcentaje de nuestra generación cuya vida puede parecerse a eso y está bien que también tenga representación. El problema aparece cuando prácticamente siempre vemos la misma.
Hay una representación muy recurrente de jóvenes con cierto poder económico que están en Bachillerato y parece que pasan todos los días drogándose. Esto ocurre en la ficción española y también fuera. Euphoria, por ejemplo, me encanta y me parece un seriote, pero también se mueve en parte dentro de esa línea.
Echo de menos representar a gente que simplemente tiene vidas más tranquilas.
Pienso, por ejemplo, en un chico o una chica de 16 años que consume esas series y todavía no ha dado ni su primer beso. Puede mirar la ficción que supuestamente representa a su generación y no reconocerse absolutamente en nada.
Parece que todos los jóvenes tienen que ir tremendamente avanzados, deprisa y haber vivido determinadas experiencias a una edad concreta. Y no es así.
Está perfectamente bien contar historias de jóvenes que salen, experimentan, consumen drogas o viven su sexualidad de determinadas maneras. No creo que haya que dejar de retratar esas realidades. Lo que necesitamos es ampliar la representación.
¿Por qué no mostramos también a quienes no viven así? ¿Por qué no retratamos adolescencias donde las personas van a otro ritmo, tienen otras preocupaciones o simplemente llevan vidas mucho más tranquilas?
Creo que ese debería ser nuestro siguiente paso: entender que no existe una única manera de ser joven y permitir que todas esas realidades encuentren también su espacio dentro de la ficción.






