Momento de la entrevista con Glory Six Vain en Revista YOUNG
Momento de la entrevista con Glory Six Vain en Revista YOUNG

Glory Six Vain: “No separo el artista de la persona”

El artista barcelonés presenta Roomie 313, su disco más ambicioso hasta la fecha, donde explora el amor, la identidad y la evolución sonora desde una perspectiva más madura y personal

Tras meses adelantando fragmentos de su universo sonoro, Glory Six Vain da un paso firme en su trayectoria con Roomie 313, un álbum que no busca la inmediatez sino la permanencia. Lejos de la lógica del single rápido, el artista construye un relato dividido en bloques emocionales donde el sonido, la voz y la experiencia se entrelazan en una escucha que exige tiempo y atención.

En esta conversación con Revista YOUNG, el de Santa Coloma habla sobre su evolución, su relación con la producción, el significado real de su música y el punto de inflexión que marca este proyecto dentro de su carrera.

De producir beats a construir un universo propio

Desde los 16 años, Glory Six Vain, compones tus propios beats. ¿Cómo empezaste?

Sí, empecé bastante joven y fue algo muy orgánico, no fue una decisión de “voy a ser productor” ni nada así. Fue más bien por influencia directa, porque un colega mío empezó a hacer bases y me despertó la curiosidad. Lo típico de “coño, si él puede, yo también quiero probar a ver qué sale”. Empecé trasteando sin mucha presión, probando sonidos, entendiendo cómo funcionaba todo y poco a poco vi que se me daba bien.

Pero realmente, aunque producir me gustaba, yo tenía claro que quería hacer música en un sentido más completo. No solo quería estar detrás, sino también delante, cantar, contar cosas, expresar lo que sentía. Y ahí fue donde llegó el punto clave, que fue a los 18 años, cuando dije: “ya está, deja la vergüenza y empieza a hacer lo que realmente quieres”. Porque si no das ese paso, te quedas siempre con la duda.

A partir de ahí empecé a grabar mis propias canciones, ya no como prueba, sino como algo serio, como un camino que quería seguir.

¿Te facilita tener ese conocimiento técnico a la hora de trabajar tus canciones?

Sí, ayuda bastante, sobre todo a nivel de comunicación. Cuando estás en el estudio con un productor, tener ese lenguaje técnico te permite explicar mejor lo que quieres, ser más concreto, saber qué está pasando en cada momento de la base.

Pero también creo que no es imprescindible. La música tiene algo que es bastante universal. Si tú sabes transmitir lo que quieres, aunque no tengas ni idea de producción, un buen productor lo va a entender.

En mi caso, al haber estado metido en la parte de las bases, sí que tengo un oído que me dice qué puede encajar y qué no. Por ejemplo, si escucho unos acordes, ya puedo intuir hacia dónde va a ir eso, si va a funcionar o no. Eso te da más control, pero no creo que sea una barrera para quien no lo tenga.

Un disco que huye del consumo rápido

Este no es un disco de consumo inmediato. Glory Six Vain, ¿Qué buscabas al hacerlo?

Justamente eso, que no fuera inmediato. Me gusta que hayas dicho lo de escucharlo lento, porque esa era la intención desde el principio. Hoy en día hay mucha música que es muy rápida de consumir, que te entra fácil pero también se va fácil. Y yo quería hacer lo contrario, algo que necesite tiempo.

Quería que fuese un disco que no te canses de escuchar, que vuelvas a él, que cada vez encuentres algo nuevo, ya sea en la base, en la voz o en la letra. Que no sea un “lo escucho una vez y ya está”, sino algo que te acompañe durante más tiempo.

Y lo de la voz como instrumento también es algo muy buscado. No quería que la voz estuviera por encima de todo, sino que formara parte del conjunto, que se mezclara con la base, que tuviera presencia pero dentro de ese universo sonoro. Que no sea solo “lo que digo”, sino también “cómo suena lo que digo”.

Momento de la entrevista con Glory Six Vain en Revista YOUNG
Momento de la entrevista con Glory Six Vain en Revista YOUNG

¿Dirías que en tu música pesa más la emoción que la letra?

Creo que están bastante equilibradas, pero sí es verdad que la parte melódica tiene mucho peso. Hay veces que una melodía te transmite más que una frase literal.

Yo, cuando compongo, no estoy pensando constantemente en “voy a contar esto de forma súper clara”, sino más bien en fluir sobre la base. En cómo me hace sentir ese sonido y cómo puedo trasladar eso con la voz.

Las letras son importantes, claro, pero también pienso que la música en sí ya transmite mucho. Entonces es como un 50-50. Hay gente que conecta más con lo que digo y otra que conecta con la sensación general. Y eso me parece guay, que cada uno lo reciba a su manera.

La estructura emocional de Roomie 313

El disco tiene una narrativa muy marcada. ¿Cómo construiste el orden de las canciones?

No es una historia literal de principio a fin, pero sí hay una intención detrás del orden. Para mí el disco se divide en tres bloques bastante claros.

El primero tiene un sonido más ligero en apariencia, más desenfadado, incluso con toques más tropicales o electrónicos, pero si te paras en la letra ya hay cosas más profundas. Es esa dualidad de “todo parece bien, pero no lo está tanto”.

El segundo bloque es más experimental. Ahí juego con cosas que antes no hacía, con registros de voz distintos, con bases más arriesgadas. Es una parte donde me he permitido probar más.

Y el tercer bloque es el más directo emocionalmente. Es donde ya no hay tanto filtro, donde te paras más en la letra y te puede llegar más de golpe.

Al final es una montaña rusa, que para mí representa bastante bien lo que es el amor, con sus subidas, sus bajadas y sus momentos más intensos.

El impacto inesperado de “La tumba de los Goofys”

Uno de los temas que más ha llamado la atención es “La tumba de los Goofys”. ¿Qué feedback te ha llegado de esa canción?

Ha sido bastante curioso, porque es de esos temas que no sabes muy bien cómo va a reaccionar la gente hasta que lo sacas. Y al final ha conectado mucho más de lo que esperaba, sobre todo por el lado más emocional.

Creo que tiene mucho que ver con el videoclip. Está grabado de una forma muy natural, casi sin intención de ser un videoclip como tal. Son vídeos reales, momentos que tenía con mi pareja en París, sin una planificación concreta, simplemente viviendo la experiencia. Y eso la gente lo ha percibido, ha visto que es algo auténtico, no construido, y ha conectado con esa verdad.

Me han llegado mensajes bastante curiosos también. Recuerdo uno de un chaval que me decía que su padre escuchaba más mi versión que la original de The Police, y eso me hizo gracia, pero también me hizo pensar en cómo una canción puede traspasar generaciones sin que te lo esperes.

Al final, creo que “La tumba de los Goofys” funciona porque no intenta ser nada más de lo que es. Es un momento capturado, una emoción concreta, y cuando algo sale así de natural, la gente lo nota y lo hace suyo.

¿Te ha servido el disco para procesar lo que has vivido?

Sí, pero no desde la nostalgia, sino desde el presente. Este disco no es tanto mirar atrás como cantar lo que me estaba pasando mientras lo hacía.

Durante el año y medio que he estado trabajando en él, han pasado cosas en mi vida, sobre todo a nivel emocional, y eso ha ido directamente a las canciones. Por ejemplo, el hecho de estar enamorándome en ese momento ha influido mucho en lo que se escucha.

Entonces más que sanar cosas antiguas, ha sido vivirlas y expresarlas en tiempo real, y eso también tiene algo muy potente.

El valor de hacer un álbum en la era del single

¿Por qué apostar por un disco completo en lugar de singles o un EP?

Porque disfruto mucho más ese formato. Me gusta construir algo con sentido, no solo lanzar canciones sueltas que funcionen por separado. Para mí tiene mucho más valor crear un universo, una dirección clara, algo que tenga coherencia cuando lo escuchas de principio a fin, donde cada tema tenga su lugar y aporte algo al conjunto.

Aunque haya gente que no se detenga en la historia o no analice el orden de las canciones, el conjunto transmite igualmente. Hay una vibra, una sensación global que se percibe aunque no la estés buscando activamente, y eso es lo que más me interesa conseguir: que el disco funcione como una experiencia, no solo como una suma de tracks.

Los singles están bien y cumplen su función, pero a mí se me quedan cortos. Siento que limitan mucho lo que puedes contar o construir a nivel artístico. Prefiero hacer un proyecto completo donde pueda desarrollar mejor todas las ideas, jugar con los contrastes, con los tempos, con las emociones, y que todo tenga un recorrido más amplio.

Elegiste adelantos muy diferentes entre sí. ¿Por qué?

Porque el disco tiene varias capas y no quería que se entendiera desde un único lugar. Si hubiese elegido singles muy parecidos entre sí, la percepción habría sido más limitada, más previsible. En cambio, al enseñar distintas caras, lo que buscaba era abrir el abanico y que la gente entendiera que el proyecto no iba en una sola dirección, sino que tenía matices, cambios de registro y una evolución interna bastante marcada.

También había una intención de preparar al oyente. Este disco supone un cambio respecto a lo que venía haciendo, tanto en la forma de usar la voz como en la manera de abordar los temas. Es más emocional, más introspectivo, menos inmediato. Entonces los adelantos funcionaban como pequeñas puertas de entrada, como formas de ir acostumbrando a la gente a ese nuevo lenguaje.

Y luego está la parte más honesta: quería ver qué pasaba. No en el sentido de condicionar el disco, porque el disco iba a salir igual, sino en entender cómo se recibía cada parte. Qué generaba más conexión, qué sorprendía más, qué descolocaba.

Al final, más que una estrategia cerrada, fue una manera de abrir el camino, de dejar pistas para que cuando llegara el álbum completo, el oyente ya estuviera preparado para entrar en ese universo sin esperar algo completamente distinto.

Entre personaje y realidad

¿Qué porcentaje de realidad hay en tus letras?

Todo es real, de una forma u otra. Para mí no tiene sentido separar al artista de la persona, nunca lo he entendido así. Hay gente que construye un personaje y lo interpreta, pero en mi caso no funciona de esa manera. Glory Six Vain no es una versión inventada, soy yo llevado a un plano más intenso, más expuesto, pero sigo siendo yo en todo momento.

Es verdad que la música amplifica las emociones. Lo que en la vida cotidiana puede ser una sensación más contenida, en una canción se vuelve más grande, más crudo, más directo. Pero eso no lo hace menos real, al contrario, lo hace más honesto, porque estás llevando esa emoción al límite para poder entenderla y compartirla.

Incluso cuando hablo de cosas que no me han pasado exactamente así, parten de algo que sí es mío. Son situaciones que imagino desde lo que siento, desde cómo reaccionaría yo si me pasaran. Entonces, aunque no sean literales, siguen siendo reales en el fondo.

Para mí no hay una máscara ni una separación clara. Lo que hay son distintas intensidades de la misma persona, distintos estados emocionales que conviven y que, en la música, encuentran una forma de salir sin filtros.

Un punto de inflexión en su carrera

¿Este disco marca un antes y un después para ti?

Sí, totalmente. Creo que es el primer momento en el que soy realmente consciente de lo que estoy haciendo y de cómo quiero hacerlo. Antes también había intención, pero era más instintiva, más de dejarme llevar. En este disco ya hay una decisión clara detrás de cada cosa: por qué suena así, por qué entra esa voz, por qué la estructura va por ese camino. Todo está más pensado, pero sin perder lo orgánico.

También tiene mucho que ver con el momento personal en el que estoy. Hay una evolución que no es solo musical, es vital. He cambiado la forma en la que veo las cosas, en la que siento y en la que me relaciono con lo que me pasa, y eso inevitablemente se refleja en la música. Al final, aunque quieras separar, todo sale del mismo sitio.

Y luego están los recursos. Ahora tengo herramientas, equipo y contexto que antes no tenía, y eso te permite llevar las ideas mucho más lejos. Pero más allá de lo técnico, lo importante es que ahora sé mejor qué quiero hacer con todo eso. Antes quizá tenía la intuición, ahora hay una dirección.

No sé si volveré a lo que hacía antes o si esto se convertirá en la base de lo que venga, pero sí tengo claro que este disco es un punto de inflexión. Es como haber cruzado una línea en la que ya no puedes volver a mirar la música de la misma forma.

Mirar atrás sin cambiar el camino

Momento de la entrevista con Glory Six Vain en Revista YOUNG
Momento de la entrevista con Glory Six Vain en Revista YOUNG

Si miras todo lo que has vivido hasta ahora en la música, ¿con qué te quedas?

Con todo, la verdad. Con los momentos, con la gente que he conocido, con las experiencias.

Es verdad que está muy bien estar con tu gente de siempre, con tu familia, pero también es muy guay conocer a gente del mundillo que está viviendo lo mismo que tú. Crecer juntos en ese sentido mola mucho.

Y si pudiera volver atrás, no cambiaría nada. Ni el camino, ni las decisiones. Todo lo que he hecho me ha llevado hasta aquí.

¿Has tenido síndrome del impostor?

Sí, claro, pero se me pasa rápido.

¿Cuál es el truco?

Tener un ego increíble.

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