Después de casi quince años formando parte de una de las bandas pop más reconocidas del panorama español, Andrés Koi continúa consolidando su camino en solitario con Siempre sale el sol, un álbum que funciona tanto como evolución musical como reflejo de un proceso profundamente vital.
Lejos de limitarse a explorar nuevos sonidos, Andrés Koi plantea este segundo trabajo como una reconexión consigo mismo. Más orgánico, más introspectivo y más cercano a sus raíces como compositor, el disco nace desde la necesidad de reencontrarse tras una transformación artística y personal de gran magnitud. En conversación con Revista YOUNG, Andrés Koi reflexiona sobre libertad creativa, madurez emocional, la industria musical y el significado de volver a confiar.
Un segundo disco más cercano a la esencia
Cuando dices que este disco representa tu “esencia pura”, ¿qué lo diferencia de tu primer trabajo en solitario?
El primer disco representaba perfectamente el momento en el que lo hice. Era necesario para mí porque venía de una etapa muy concreta, de muchos años dentro de una banda, y necesitaba experimentar, probar sonidos nuevos, trabajar con distintos productores y perderme un poco creativamente para entender hacia dónde quería ir. Había mucho juego en ese proceso, mucha exploración, mucha búsqueda.
Pero en este segundo álbum he sentido la necesidad de volver a otro lugar, quizá más conectado con mis inicios, con mi guitarra, con una forma más orgánica de entender la música. Esta vez me interesaba menos construir desde la producción pura y más desde la canción en sí misma. Desde la raíz. Desde qué quiero contar realmente y cómo quiero hacerlo.
Creo que por eso hablo de esencia pura, porque siento que aquí hay una versión mucho más clara de quién soy ahora como artista.
La esperanza como hilo conductor
Tus nuevas canciones tienen una carga emocional más reflexiva y crítica. ¿En qué momento vital nace este disco?
Este álbum refleja exactamente el proceso personal que estaba atravesando mientras lo escribía. Y eso para mí lo hace especialmente bonito, porque supera lo puramente musical y se convierte en el reflejo de una etapa de vida muy concreta.
Venía de cerrar una etapa larguísima dentro de un grupo, casi quince años, y eso inevitablemente implica volver a encontrarte, no solo musicalmente, sino también como persona. Volver a descubrir quién eres, qué quieres contar, qué sonido te representa ahora y cómo volver a confiar en ti mismo sin depender de estructuras anteriores.
Al final, el disco gira mucho alrededor de esa idea: volver a confiar. Pero no desde una pretensión externa, sino desde una reconstrucción interna. Confiar en que puedes volver a empezar, en que puedes seguir adelante y en que siempre existe una posibilidad de renacer.
Por eso Siempre sale el sol tiene ese componente esperanzador tan fuerte.
Un trabajo autobiográfico
¿Este disco supone también pasar página respecto a tu etapa anterior?
De alguna forma sí, aunque siempre intento que mis discos reflejen la etapa vital en la que me encuentro. Me gusta que sean autobiográficos, que cuando los escuche dentro de años pueda recordar exactamente quién era o qué sentía en ese momento.
Sí que hay canciones que pueden interpretarse como procesos de liberación o transición, pero para mí lo importante es que siempre haya algo superior que sostenga el disco, algo que vaya más allá de la experiencia concreta. En este caso, ese mensaje superior es la esperanza, el optimismo y la idea de volver a empezar.
No se trata tanto de cerrar puertas como de integrar procesos y seguir evolucionando.
El regreso a lo orgánico
Tu música apuesta por instrumentos reales y una producción mucho más natural en plena era de la inmediatez. ¿Por qué esa elección?
Porque cuando escribo canciones, en realidad no pienso únicamente en el estudio o en cómo van a sonar dentro de una plataforma digital. Mi cabeza se va casi de forma automática al directo, a cómo esas canciones van a respirarse sobre un escenario, cómo se van a sentir cuando haya músicos interpretándolas delante de la gente y cómo quiero conectar emocionalmente con el público en ese contexto.
Eso cambia muchísimo la forma de producir, porque me lleva naturalmente hacia algo más orgánico, más humano y más cercano. Cuando pienso en el directo, pienso en instrumentos reales, en dinámicas naturales, en una energía que no siempre se puede replicar desde una programación excesiva o desde estructuras demasiado artificiales.
Prácticamente todo el disco está grabado con músicos tocando en directo, compartiendo espacio, energía y ejecución real. Para mí eso tiene una riqueza brutal, no solo a nivel técnico o sonoro, sino también emocional. Hay una interacción entre músicos, una respiración conjunta, pequeños matices, imperfecciones incluso, que hacen que la música cobre una vida mucho más auténtica.
Y eso era algo fundamental para este álbum. Hay muy poca programación, muy pocos elementos excesivamente procesados, porque quería precisamente capturar esa verdad. Quería que las canciones sonaran vivas, que se sintiera que detrás hay personas tocando, interpretando y construyendo algo real en ese momento.
Creo que eso se nota muchísimo en los detalles. Cuando una canción está verdaderamente tocada, respirada y sentida, hay una profundidad distinta. Hay una textura emocional que muchas veces no aparece cuando todo está excesivamente controlado o digitalizado.
También hay una cuestión casi filosófica detrás. Vivimos en una industria donde muchas veces prima la rapidez, la inmediatez y la producción acelerada, pero yo necesitaba volver a una música más honesta, más conectada con la esencia de la canción.
Y además, como artista, me interesaba muchísimo recuperar esa naturalidad, esa cercanía y esa sensación de verdad. Volver a la raíz, a la música entendida desde un lugar más puro, donde lo importante no sea solo el impacto inmediato, sino la emoción real que permanece.
Mirar atrás dentro de diez años
Cuando recuerdes esta etapa dentro de tu carrera, ¿cómo crees que la definirás?
Estoy seguro de que la recordaré como una etapa muy bonita, de esas que con el tiempo entiendes que han sido fundamentales no solo para tu carrera, sino también para tu crecimiento personal. Creo que la veré como una etapa de renacer, de volver a encontrarme y de reconectar con una parte muy esencial de mí mismo que quizá necesitaba recuperar después de tantos años viviendo procesos muy intensos.
Al final, cuando llevas mucho tiempo dentro de una estructura tan exigente como puede ser una banda o una industria que no para, a veces necesitas detenerte, mirar hacia dentro y preguntarte quién eres ahora, qué quieres contar y desde dónde quieres hacerlo. Y este disco representa precisamente eso: una vuelta a mi raíz, a mi esencia, a una versión de mí mucho más conectada con lo que realmente me mueve.
También creo que recordaré esta etapa como un momento marcado por cierta tranquilidad. No porque haya dejado de tener ambición, objetivos o ganas de seguir creciendo, porque eso sigue intacto, sino porque ahora siento una relación mucho más sana con el proceso. Antes quizá había una presión más constante por alcanzar cosas, por seguir determinados ritmos, por no parar nunca. Ahora sigo teniendo metas, claro, pero estoy mucho más conectado con el presente, con disfrutar cada canción, cada paso, cada concierto y cada pequeño avance.
Eso me da una sensación de paz muy distinta, porque siento que no todo depende de llegar rápidamente a un lugar, sino también de cómo estás viviendo el camino.
Ha sido además una etapa muy especial por la reconexión con muchos fans. Personas que quizá ya estaban desde hace años, pero también gente nueva que está descubriendo esta nueva faceta, este nuevo proyecto, esta nueva etapa. Ver cómo personas distintas entienden y abrazan este camino tiene un valor enorme para mí.
Porque al final, cuando haces música desde un lugar tan personal, conectar de verdad con la gente se vuelve algo profundamente significativo. Sentir que este proceso de renacer también está siendo comprendido y acompañado por quienes escuchan mis canciones hace que todo cobre todavía más sentido.
Libertad creativa fuera de grandes estructuras

¿Cómo ha cambiado tu relación con la industria ahora que trabajas desde un lugar más independiente?
No ha sido un cambio tan radical como podría parecer desde fuera. He aprendido muchísimo durante años trabajando dentro de estructuras grandes y eso también forma parte de mi evolución.
Lo más importante para mí ahora es rodearme de gente funcional, de personas que realmente aporten al proyecto y entiendan hacia dónde quiero llevarlo.
Los tiempos han cambiado muchísimo y la industria también, así que parte de este proceso responde simplemente a una evolución natural. No lo vivo como una ruptura traumática, sino como una adaptación lógica a un nuevo momento.
Componer desde la libertad
¿Te sientes más libre ahora a la hora de escribir?
La verdad es que siempre me he sentido bastante libre componiendo, y eso es algo que valoro muchísimo de mi trayectoria. Incluso en etapas anteriores, dentro de estructuras más grandes o trabajando bajo contextos más industriales, nunca he sentido una limitación creativa especialmente fuerte en lo esencial, que es el momento de escribir, de expresar y de contar lo que necesito contar.
Para mí la composición siempre ha sido un espacio profundamente personal, casi íntimo, donde lo importante es conectar con una emoción real y traducirla en canción. Y eso, afortunadamente, no ha cambiado demasiado. Siempre he escrito desde lugares muy personales, desde procesos reales, desde experiencias propias o desde reflexiones auténticas sobre lo que estoy viviendo.
Lo que sí ocurre ahora es que todo depende mucho más directamente de mí, y eso evidentemente modifica el nivel de responsabilidad. Cuando tienes un proyecto más centrado en tu propia estructura, cada decisión pesa más porque recae de forma más inmediata sobre ti. Desde el sonido hasta los tiempos, la dirección artística o incluso muchas decisiones estratégicas, todo tiene una implicación mucho más directa.
Pero esa mayor responsabilidad no significa necesariamente una libertad nueva, sino más bien una conciencia distinta sobre el proceso. Es menos una cuestión de “ahora soy libre” y más una cuestión de “ahora todo depende más de cómo gestione esa libertad”.
Eso también tiene algo muy bonito, porque implica una conexión todavía más fuerte con el proyecto completo, pero en esencia sigo escribiendo igual: desde la honestidad, desde emociones propias, desde procesos personales y desde esa necesidad de convertir experiencias vitales en canciones.
Salud mental, estabilidad y aprendizaje emocional
Hablas mucho de felicidad y esperanza, pero ¿cómo gestionas los momentos bajos?
Siempre existen altos y bajos, y creo que una de las cosas más importantes que he aprendido con el tiempo es precisamente asumirlo de una forma natural. Somos seres humanos, no máquinas, y muchas veces vivimos en una cultura que parece exigirnos estar constantemente bien, productivos, motivados o en nuestro mejor momento. Pero la realidad no funciona así.
Yo soy una persona bastante sensible y reflexiva, entonces evidentemente también atravieso momentos complejos, etapas más difíciles o periodos donde emocionalmente las cosas pesan más. Y antes quizá podía costarme más entender o gestionar esos estados, pero con el tiempo he aprendido que forman parte del proceso vital de cualquier persona.

He ido construyendo herramientas que me ayudan a encontrar equilibrio. La música, por supuesto, tiene un papel fundamental porque para mí siempre ha sido una vía de expresión, de comprensión y muchas veces también de sanación. Pero también el deporte, la terapia y otros hábitos han sido claves para estabilizarme y para entenderme mejor.
Creo que una de las enseñanzas más valiosas ha sido dejar de luchar constantemente contra mis propios estados emocionales. Normalizarlos. Entender que no pasa nada por estar triste, por sentirse perdido en ciertos momentos o por atravesar procesos de bajón. No todo el tiempo tienes que estar arriba, ni en la cima, ni buscando ese “rush” constante de productividad o felicidad extrema.
La vida tiene ritmos, ciclos, procesos. Hay momentos de expansión y momentos más introspectivos. Y comprender eso, en lugar de combatirlo, da muchísima paz.
La gira como símbolo de expansión
¿Qué significa para ti volver a salir de gira con este álbum?
Muchísimo. La gira representa llevar todo este proceso a otro nivel, porque al final las canciones no terminan realmente cuando las grabas en el estudio, sino cuando las compartes de verdad con la gente. Ahí es donde cobran una nueva dimensión.
Para mí, salir de gira es convertir todo ese trabajo introspectivo, todo ese proceso de composición, búsqueda personal y construcción artística, en algo real, tangible y colectivo. Las canciones dejan de ser solo mías para empezar a formar parte también de quienes las escuchan, las cantan y las viven conmigo en directo.
Voy a recorrer España y volver a América, algo que me hace muchísima ilusión porque además supone seguir expandiendo este proyecto a lugares donde hay gente esperando conectar con esta nueva etapa. México, por ejemplo, ya fue una experiencia muy especial para mí, y poder regresar con este disco tiene un significado enorme.
Cada país, cada ciudad y cada sala tiene su propia energía, y eso también transforma muchísimo las canciones. Por eso la gira no es solo promoción o una extensión lógica del disco, sino una parte esencial de su vida.
Para mí, cada concierto es una forma de materializar todo lo que he construido en el estudio y llevarlo a un espacio compartido, donde las emociones se amplifican y se convierten en experiencia colectiva.
Además, como este álbum tiene una carga tan personal y representa tanto ese proceso de reconstrucción y esperanza, poder defenderlo en directo me conecta todavía más con su esencia. Es casi como cerrar el círculo: escribir desde un proceso personal, grabarlo, producirlo y luego verlo reflejado en otras personas.
Mirar al pasado con orgullo
Si te vieras a ti mismo hace diez años, ¿qué pensarías?
Creo que estaría orgulloso del camino recorrido, sinceramente. No porque todo haya sido perfecto o porque no haya habido momentos difíciles, sino precisamente porque ha habido de todo y aun así siento que he sabido evolucionar, aprender y seguir avanzando.
Si me mirara desde hace diez años, creo que valoraría mucho no solo lo que he conseguido a nivel musical, sino sobre todo cómo he aprendido a construirme de una forma más completa como persona. Antes quizá era más fácil dejar que toda tu identidad girara alrededor del trabajo, de la música, de los objetivos profesionales o de la vorágine de una industria que muchas veces te absorbe por completo.
Hoy me siento bien no solo por la música, sino porque he aprendido algo fundamental: cultivar muchas otras áreas importantes de mi vida. Las amistades, la familia, las relaciones personales, la estabilidad emocional… todo eso tiene un valor inmenso y en realidad sostiene muchísimo más de lo que muchas veces creemos.
Cuando consigues desarrollar esas otras partes, la vida se vuelve mucho más rica, más equilibrada y también más sana. Porque entonces tu identidad no depende exclusivamente de si un disco funciona mejor o peor, de una gira o de un momento profesional concreto.
Eso te da perspectiva. Te recuerda que eres muchas más cosas además de tu trabajo. Y creo que esa comprensión aporta una tranquilidad enorme, porque te permite seguir siendo ambicioso y seguir luchando por tus metas, pero desde un lugar mucho más sólido y mucho menos frágil.
La huella que quiere dejar
¿Qué te gustaría recordar en tu “mesita de noche” después de una gran gira?
Me gustaría que quedaran pulseras, recuerdos o pequeños objetos de distintos países, porque para mí esos detalles simbolizan mucho más que simples regalos materiales. Al final, muchas veces los fans te entregan ese tipo de cosas en conciertos o encuentros, y cada una de ellas representa una conexión concreta, un momento vivido, una ciudad, una persona o una experiencia compartida.
Tener esos recuerdos sería como poder mirar atrás y ver físicamente el recorrido de una gira, todo lo que ha significado y todos los lugares donde la música ha logrado llegar. Significaría que la gira ha sido extensa, intensa y bonita, pero sobre todo que ha generado vínculos reales con muchas personas diferentes.
Es una forma muy tangible de recordar que las canciones no se quedan solo en el estudio o en una plataforma, sino que viajan, conectan y forman parte de la vida de otras personas.
Y al final, de eso se trata también la música: de construir recuerdos, de dejar huella, de acompañar momentos y de crear conexiones que permanecen mucho más allá del escenario.











