Vivimos en una época en la que la sexualidad parece más libre que nunca, pero esa libertad también puede convertirse en una nueva forma de exigencia. Probar más, saber más, experimentar más o tener una vida sexual aparentemente más intensa puede acabar funcionando como otro indicador de rendimiento.
El problema aparece cuando empezamos a preguntarnos si realmente deseamos aquello que hacemos o si estamos respondiendo a expectativas externas, comparándonos con otras personas o intentando no decepcionar a nuestra pareja.
Hablamos con Cecilia Bizzotto, socióloga, sexóloga y portavoz de JOYclub España, sobre presión sexual, consentimiento, porno, comparación y una idea que atraviesa toda la conversación: la libertad sexual también implica poder decir que no.
De la prohibición a la presión por experimentar
¿Hemos pasado de prohibir el sexo a sentir que tenemos que probarlo todo?
Sí, totalmente. Hemos pasado de una sociedad basada en la prohibición y la negación del sexo a una sociedad mucho más hipersexualizada. Venimos de un modelo en el que la sexualidad era un tabú, algo reprimido especialmente hacia las mujeres, y donde además existía una manera muy concreta de entender cómo debía vivirse: heterosexual, coitocéntrica, genitalocentrista y muy centrada en el placer masculino. Había un modelo sexual imperante y hablar de otras identidades, prácticas o maneras de vivir la sexualidad era prácticamente impensable.
Ahora estamos en un polo muy diferente. Evidentemente ha habido una liberación sexual y eso ha traído muchísimas cosas positivas. Hablamos del orgasmo femenino, del placer de las mujeres, de juguetes eróticos… Yo muchas veces hablo de la era Satisfyer porque incluso la aparición de la juguetería erótica ha servido como excusa para empezar a hablar abiertamente de sexualidad femenina. El problema aparece cuando esa liberación también se convierte en una nueva forma de presión social.
Parece que todas las personas tienen que practicar BDSM, tener relaciones abiertas, probar el sexo en grupo o acumular experiencias, especialmente si eres joven. Es como si ahora tuvieras que rendir también sexualmente para demostrar que eres una persona abierta. Hemos pasado de una sexualidad reprimida a otra donde aparentemente tienes que vivir mil aventuras, pero sin que exista detrás una educación sexual sólida sobre consentimiento, infecciones de transmisión sexual, comunicación, límites o asertividad.
¿La liberación sexual puede convertirse entonces en otra forma de presión?
Sí, porque seguimos funcionando muchas veces desde una lógica de rendimiento. Antes la norma era no hacer determinadas cosas y ahora parece que la norma es precisamente hacerlas. Lo preocupante no es que exista una mayor diversidad de prácticas o modelos de relación, sino que empecemos a sentir que tenemos que participar en ellos para cumplir unas expectativas sociales.
Creo que eso tiene bastante relación con una mentalidad muy orientada al rendimiento: tengo que experimentar más, saber más, haber probado más cosas, demostrar que soy una persona sexualmente abierta. Pero eso no necesariamente implica una sexualidad más satisfactoria, más íntima ni más conectada con una misma.

Y por eso para mí la educación sexual es fundamental durante toda la vida. Muchas veces hablamos de que los adolescentes aprenden de sexo a través del porno, pero ¿de dónde han aprendido las personas adultas o incluso las personas mayores? La falta de educación sexual no es un problema exclusivamente juvenil.
¿Cómo sabemos si una curiosidad es realmente nuestra?
Creo que primero hay que aceptar que prácticamente todo aquello que nos gusta está mediado por la cultura. Nuestras fantasías están influidas por lo que vemos en el cine, por lo que hablamos con amistades, por nuestras parejas, por la pornografía o por las cosas que hemos aprendido que son deseables. El hecho de que un deseo esté construido socialmente no significa automáticamente que sea falso.
La pregunta importante es si realmente lo sentimos como algo deseable o si lo estamos siguiendo como parte de un guion. Por ejemplo, puedo querer hacer un trío porque realmente me genera curiosidad y excitación, o puedo pensar que debería hacerlo porque parece que todo el mundo lo hace, porque quiero contárselo después a mis amigos o porque siento que si no lo pruebo soy menos abierta.
Una pista puede ser preguntarte si seguirías queriendo hacerlo aunque nadie fuera a enterarse. También observar cómo responde tu cuerpo: si existe curiosidad, excitación o esos nervios propios de hacer algo nuevo, probablemente exista un deseo real. Otra cosa es sentir un miedo paralizante o la sensación de que tienes que hacerlo porque por tu edad, género o entorno se supone que debería apetecerte.
También podemos idealizar muchísimo determinadas experiencias. Puedes desear auténticamente algo y después vivirlo y descubrir que no era como imaginabas. Eso no significa que el deseo inicial fuera falso, sino que muchas veces construimos expectativas a partir de representaciones que no se corresponden con la realidad. Por eso conviene informarse, desidealizar las prácticas y entender que una fantasía no tiene por qué convertirse obligatoriamente en una experiencia real.
El currículum sexual y la comparación constante
¿También estamos comparando nuestros currículums sexuales?
Sí, muchísimo. Las redes sociales han favorecido una sociedad donde cada vez resulta más difícil sentir que nuestra propia vida es suficiente. Nos comparamos con los cuerpos, con los trabajos, con las vacaciones, con el ocio de los demás y también con sus relaciones y su sexualidad. Todo parece extraordinario desde fuera y eso genera una sensación constante de «no llego», «me falta algo» o «los demás viven mejor que yo».

Esto se traslada perfectamente a la sexualidad. Parece que debemos tener un currículum sexual en el que figuren muchas experiencias: haber tenido numerosas parejas, haber vivido relaciones de una noche, haber hecho tríos, orgías o haber ido a clubes de intercambio. Incluso existe esa idea contradictoria de que durante la juventud tienes que experimentar muchísimo y después, en algún momento, «sentar cabeza».
También ocurre dentro de las parejas. Podemos pensar que nuestra relación no es suficientemente buena porque vemos otras aparentemente perfectas o porque escuchamos experiencias ajenas y sentimos que nuestro sexo es demasiado convencional. El problema es que muchas veces estamos comparando nuestra intimidad real con relatos parciales o idealizados de la vida de los demás.
El porno no debería ser educación sexual
¿Qué expectativas poco realistas puede generar el porno?
Para mí es importante hacer una distinción: el porno puede ser una fuente de información sobre sexualidad, pero no debería ser una fuente de educación sexual. Igual que una serie sobre científicos no debería sustituir una clase de Química, una película pornográfica tampoco debería ser el lugar donde aprendemos cómo funciona el sexo.
El problema es que muchas personas no han recibido educación sexual en ningún otro sitio y terminan utilizando el porno como principal referencia. Y el porno es una performance: todo está orquestado para parecer natural. No vemos conversaciones, pausas, dudas, necesidad de lubricación, cansancio, problemas de erección, negociación sobre métodos de protección o momentos en los que simplemente algo no funciona. Todo parece fluir sin ningún tipo de dificultad y eso genera unas expectativas completamente irreales sobre cómo debería funcionar el sexo.
Además, se han normalizado determinadas prácticas de carácter más hardcore o relacionadas con BDSM sin que exista necesariamente conocimiento sobre cómo realizarlas de manera segura. Prácticas como estrangular a alguien aparecen con mucha frecuencia y son de alto riesgo, pero pueden terminar trasladándose a la vida real como si fueran algo automático que no necesitara conversación ni consentimiento explícito.
Yo no culpo al porno en sí mismo. El problema es que no tengamos herramientas educativas para contextualizar aquello que estamos viendo. Si tuviéramos una educación sexual adecuada, podríamos consumir pornografía entendiendo perfectamente que estamos viendo una representación y no un manual de instrucciones.
Cuando decir que sí no significa realmente querer hacerlo
¿Cómo distinguimos entre explorar con nuestra pareja y acabar cediendo?
Yo diferenciaría entre tres tipos de «sí». El primero es cuando existe un deseo propio: a mí me interesa una práctica y descubro que mi pareja también tiene esa curiosidad, así que hacemos match y decidimos explorarla juntos. El segundo sería un «sí» por disposición. Quizá yo nunca he sentido atracción por una determinada práctica, pero sé que a mi pareja le gusta y me genera curiosidad compartirla con ella. No es algo que yo hubiera buscado por mi cuenta, pero estoy abierta a probarlo.
Ese segundo «sí» es perfectamente válido siempre que exista consentimiento real: que sea libre, reversible y que pueda detenerse en cualquier momento. El problema aparece con un tercer tipo de «sí», que es el que damos por complacencia. Puede existir una presión directa porque nuestra pareja lo exige, pero también podemos autoexigirnos hacerlo por miedo a decepcionar, a parecer aburridas, a que la otra persona se enfade o incluso a que interprete que no la queremos.
Una manera de comprobarlo es imaginar qué ocurriría si dijéramos que no. Si visualizas esa negativa y sientes pánico, culpa o miedo a que haya consecuencias sobre la relación, quizá ese consentimiento está condicionado. En cambio, si puedes imaginarte diciendo «no me apetece» y sabes que todo seguirá estando bien, tienes mucho más espacio para decidir desde la libertad.

¿También podemos escuchar al cuerpo para detectarlo?
Sí, muchísimo. Cuando estamos abiertas a una experiencia nueva puede haber nervios, pero suelen ser nervios parecidos a las mariposas que sentimos antes de algo desconocido que nos genera curiosidad. Existe expectación, pero desde un lugar positivo.
Otra cosa es sentir bloqueo, tensión, un nudo en el estómago o estar pensando constantemente «quiero que esto termine ya». Ahí hay una señal clara de que algo no está funcionando bien. Incluso puede existir un deseo previo, pero quizá en ese momento concreto no estamos preparadas para continuar.
También sirve imaginar cómo creemos que nos sentiremos después. Si pienso en haber vivido esa experiencia y siento curiosidad, satisfacción o agradecimiento por haberme permitido probarla, probablemente exista una disposición real. Si lo que imagino es asco, resentimiento o sensación de haber hecho algo únicamente por la otra persona, entonces probablemente estoy cediendo.
Una propuesta sexual no tiene por qué aceptarse entera
¿Podemos negociar una práctica sin rechazarla por completo?
Por supuesto. Que alguien nos proponga algo no significa que tengamos que aceptar exactamente todos los términos de la propuesta. Es igual que cualquier otra situación cotidiana. Si mi pareja me dice que quiere salir a comer sushi y a mí no me apetece sushi, quizá sí tengo ganas de salir a cenar, pero prefiero otro tipo de comida.
En sexualidad ocurre lo mismo. Puedo decir: «Entiendo que esto te guste y me parece genial que compartas este deseo conmigo, pero quiero probarlo de una manera más suave», o pedir que exista una palabra de seguridad, establecer determinadas condiciones o decidir que quiero probar solamente una pequeña parte para ver cómo me siento.

Es como meter primero un pie en el agua antes de decidir si quieres tirarte. Y ahí además aparece una señal importante sobre la otra persona: si acepta tus límites, adapta la propuesta y respeta tus condiciones, probablemente estaba compartiendo un deseo contigo. Si en cuanto estableces límites se enfada o se pone a la defensiva, quizá aquello no era una propuesta sino una imposición.
Aprender a decir «no» y también a recibirlo
¿Por qué nos cuesta tanto decir «esto no me apetece»?
Es algo que ocurre especialmente entre personas socializadas como mujeres. Durante muchísimo tiempo hemos sido educadas para complacer, agradar y otorgar un enorme valor a que nuestra pareja nos quiera. El ideal romántico ha asociado muchas veces amar con sacrificarse, ceder o hacer cosas por la otra persona aunque a una misma no le apetezcan.
Durante décadas hemos entendido la abnegación como una prueba de amor. Si quieres mucho a alguien, entonces haces determinadas cosas por esa persona. Evidentemente estamos modificando ese modelo y cada vez ponemos más nuestras propias necesidades en el centro, pero toda esa educación cultural sigue teniendo muchísimo peso.
Además, si no hemos aprendido a decir que no, tampoco sabemos recibir un no. Cuando nuestra pareja rechaza algo que proponemos podemos sentirlo inmediatamente como un rechazo hacia nosotros mismos. Por eso creo que necesitamos trabajar las dos partes: aprender a decir «esto no lo quiero» sin sentir culpa y aprender a escuchar esa negativa sin castigar, presionar ni interpretarla automáticamente como falta de amor.
Puedes tener una sexualidad abierta y no querer experimentar demasiado
¿Ser sexualmente abierto implica querer probar muchas cosas?
En absoluto. El deseo sexual cambia muchísimo según nuestro momento vital y, además, no se expresa solamente en las ganas de mantener relaciones sexuales. Podemos tener deseo de masturbarnos, de fantasear, de ligar, de recibir caricias o simplemente de sentirnos deseadas.
Muchas veces medimos el deseo exclusivamente por cuántas veces queremos follar y eso es una visión muy limitada. Puedes tener una frecuencia muy alta de fantasías sexuales, disfrutar leyendo sobre sexualidad o viendo determinadas películas y, sin embargo, no tener absolutamente ninguna necesidad de llevar esas fantasías a la práctica.
También puedes querer explorar muchísimas cosas dentro de una pareja y no tener ningún interés por estar con varias personas, o disfrutar muchísimo de la masturbación y los juguetes eróticos sin querer ampliar tu número de parejas. Deseo, fantasía y experimentación son dimensiones diferentes y no tienen por qué ir siempre juntas.
Y también está perfectamente bien no tener demasiado deseo ni demasiadas ganas de experimentar. Vivimos en una sociedad donde parece que lo deseable es follar mucho y tener una sexualidad muy intensa, pero quizá aceptar que tu manera de vivir el sexo es distinta sea precisamente lo que te permita vivirla con mayor tranquilidad.
«La libertad sexual no es demostrar que te gustan muchas cosas»
¿Cuál es la mayor mentira que nos contamos sobre la libertad sexual?
Creo que hemos confundido la libertad sexual con demostrar que nos gustan muchísimas cosas diferentes, raras o consideradas atrevidas. Parece que ser libre significa tener muchas parejas, haber probado todas las posturas del Kamasutra, hacer sexo en grupo o practicar BDSM.
Para mí la libertad sexual es otra cosa. Es poder hacer aquello que realmente deseo sin sentirme juzgada, coaccionada ni estigmatizada. Para eso necesitas saber qué te gusta y qué no, poder comunicarlo con asertividad y estar en un entorno donde la otra persona respete aquello que expresas.

La libertad sexual también tiene mucho que ver con la autoerótica y con poder desearte a ti misma. Sentir que tu cuerpo es válido y deseable, sea como sea, forma parte de esa libertad. Y si aquello que tú deseas es una relación monógama y un sexo completamente vainilla, poder elegirlo sin sentirte menos abierta también es libertad sexual.
Las inseguridades que más llegan a consulta
¿Qué inseguridades sexuales ves más entre personas jóvenes?
La presión por el rendimiento aparece constantemente, tanto en hombres como en mujeres. Entre los chicos existe muchísima preocupación relacionada con el pene, la erección o la eyaculación. Muchos sienten que tienen que mantener una erección durante muchísimo tiempo, ser capaces de penetrar durante horas o asumir toda la responsabilidad del placer de la otra persona.
Eso provoca que algunos lleguen a consulta buscando técnicas: cómo tocar, cómo masturbar, qué hacer exactamente para conseguir que la otra persona disfrute. Pero el sexo no debería funcionar como un catálogo de técnicas. Tiene muchísimo más que ver con la escucha, la conexión, la armonía y la comunicación con esa persona concreta.
En las mujeres existe una contradicción muy fuerte. Por un lado todavía pueden ser juzgadas por disfrutar de su sexualidad y, al mismo tiempo, parece que deberían ser hipersexuales, desear muchísimas prácticas, experimentar con muchas personas o incluso responder a determinadas expectativas sobre su orientación o su manera de vivir el deseo.
También veo parejas jóvenes muy preocupadas porque sienten que tienen poco sexo. Comparan la frecuencia actual con la del inicio de la relación, cuando normalmente existe una intensidad mucho mayor, y cuando esa frecuencia desciende creen que algo está funcionando mal. A veces están satisfechos, se quieren y disfrutan del sexo que tienen, pero aun así sienten que deberían estar haciéndolo más. Nuevamente aparece la idea de rendimiento por encima de la satisfacción real.
«El buen sexo no se mide por cuánto sabes»
Si pudieras desmontar una sola idea sobre el sexo, ¿cuál sería?
Desmontaría la idea de que el buen sexo es una cuestión de rendimiento. Que se mide por lo que haces, por cuánto sabes, por todo lo que has probado o incluso por cómo te ves mientras lo estás haciendo.
Cuando estamos pendientes constantemente de si estamos proyectando una imagen sexy, de si lo estamos haciendo bien, de si se nos marcan los músculos o de cómo nos verá la otra persona, dejamos de sentir. Nos alejamos de nuestra propia piel y de las sensaciones corporales que están ocurriendo en ese momento.
También perdemos toda la torpeza que forma parte de una sexualidad real. El sexo incluye pausas, risas, cosas que no salen como esperábamos y momentos absurdos. Puede haber un ruido corporal, algo puede dejar de funcionar o quizá simplemente tenemos que parar. Si creemos que todo tiene que parecer una escena perfecta, cualquier pequeño fallo se convierte inmediatamente en una vergüenza o en un fracaso.
Y sobre todo perdemos la curiosidad. Parece que tenemos que saber de antemano qué le gusta a una mujer o a un hombre sin preguntárselo. En vez de interesarnos por la persona concreta con la que estamos, intentamos demostrar cuánto sabemos. Para mí el buen sexo tiene muchísimo más que ver con preguntar, escuchar y descubrir a quien tienes delante que con llegar a la cama creyendo que ya conoces todas las respuestas.






