Festival·B ha cerrado su duodécima edición con más de 35.000 asistentes repartidos durante tres jornadas en el Parc del Fòrum de Barcelona. Del 17 al 19 de septiembre, cuatro escenarios acogieron a más de 40 artistas en una programación que volvió a moverse entre el pop alternativo, las guitarras, el trap, el reguetón y las nuevas formas de electrónica, manteniendo esa mezcla de géneros que durante los últimos años ha terminado convirtiéndose en una de las principales señas de identidad del festival.
El dato de asistencia vuelve a situar al Festival·B entre las grandes citas musicales de la ciudad, pero quizá resulte todavía más representativo saber de dónde procede su público. Según los datos facilitados por la organización, alrededor del 85% de los asistentes son de Barcelona, una vinculación local especialmente significativa para un festival que se dirige principalmente a generaciones jóvenes y que ha construido buena parte de su crecimiento siguiendo escenas que muchas veces todavía no han llegado a los grandes carteles generalistas.

Por sus escenarios han pasado este año artistas como Guitarricadelafuente, Rusowsky, Yung Beef, Mushka, La Plazuela, Maria Arnal, Natalia Lacunza, Akriila, MVRK, Juicy Bae, C. Marí, Pablopablo, Cupido, Jimena Amarillo, Biznaga, Sanguijuelas del Guadiana o Ángeles Toledano. Un cartel amplio que no buscaba reunir únicamente nombres consolidados, sino dibujar una fotografía bastante aproximada de aquello que se está escuchando ahora entre el público más joven y de algunos proyectos que todavía están construyendo su espacio.
Tres días y pocas fronteras entre géneros
El festival comenzó el jueves con una nueva jornada inaugural que dejó bastante clara esa voluntad de mezclar escenas. L0rna protagonizó uno de los conciertos con mayor respuesta de la apertura, acompañada por propuestas como C. Marí, el rock de Las Petunias, el punk-rock alternativo de Mala Gestión o el pop de cadencia urbana de Jimena Amarillo, reuniendo en una misma tarde lenguajes que hace unos años probablemente habrían terminado repartidos entre festivales diferentes.


El viernes tomó el relevo la vertiente más urbana. Mushka presentó un espectáculo creado específicamente para Festival·B, mientras Yung Beef volvió a llevar al escenario uno de los directos más reconocibles del trap español. La jornada se completó con nombres como Leïti, ultralone, 8belial, Xiyo y Fernandezz o Stereo Madness, reforzando un espacio en el que el rap y el reguetón conviven cada vez con más naturalidad con sonidos electrónicos y propuestas difíciles de encerrar en una única etiqueta.
Esa mezcla se extendió también a RA·B, el espacio dedicado a las nuevas corrientes de club. Postclub, bass, ritmos africanos, dancehall, hard groove, UK garage, techno, reguetón y electrónica experimental fueron apareciendo durante el fin de semana, confirmando que la música de baile contemporánea ya no funciona como una categoría separada dentro del festival, sino como otra de las vías desde las que entender qué está pasando en la escena joven.
Rusowsky y Guitarricadelafuente marcaron la última jornada

El sábado concentró algunos de los conciertos con mayor expectación de la edición. Rusowsky escogió Festival·B para ofrecer el último concierto en España de su gira DAISY, mientras Guitarricadelafuente llevó al Parc del Fòrum su directo Spanish Leather. Dos propuestas bastante diferentes que comparten, sin embargo, esa forma de moverse entre géneros que hace cada vez más difícil definir la música actual únicamente como pop, electrónica o canción de autor.

La jornada de cierre contó también con Maria Arnal, Pablopablo, Cupido, Ángeles Toledano, La Plazuela y Sanguijuelas del Guadiana, construyendo una programación en la que las guitarras recuperaron parte del protagonismo sin desplazar a los sonidos electrónicos y urbanos del resto del fin de semana. Esa convivencia quizá explique mejor que cualquier etiqueta el modelo del Festival·B: artistas que comparten público aunque, sobre el papel, puedan pertenecer a escenas completamente distintas.
Más que perseguir únicamente grandes cabezas de cartel, el festival lleva doce ediciones intentando detectar ese momento en el que un proyecto comienza a dejar de ser minoritario pero todavía conserva una relación muy directa con su público. Algunos de los nombres que han pasado por Festival·B durante estos años han terminado ocupando escenarios considerablemente mayores, haciendo que parte del atractivo esté también en descubrir quién puede protagonizar ese mismo recorrido en las próximas temporadas.
Un festival especialmente conectado con Barcelona
Que cerca de nueve de cada diez asistentes procedan de Barcelona ayuda también a entender su personalidad. Festival·B funciona menos como una cita a la que se viaja una vez al año y más como una extensión de las escenas que durante el resto de la temporada pasan por salas, clubes y espacios culturales de la ciudad. El Parc del Fòrum actúa durante tres días como escaparate de una comunidad que ya existe durante los otros 362.

La relación con el público joven es otra pieza importante. Frente a festivales construidos alrededor de la nostalgia o de artistas que llevan décadas llenando recintos, aquí buena parte del cartel pertenece a proyectos cuyos seguidores han crecido descubriendo música desde TikTok, YouTube, Spotify o pequeñas salas. Esa transformación también se nota en una programación donde las fronteras entre mainstream, underground, electrónica, pop y urbano son mucho más difusas que hace apenas unos años.
Con más de 35.000 personas, cuatro escenarios y más de 40 propuestas, Festival·B cierra así una edición que sirve tanto para medir su propio crecimiento como para observar hacia dónde se mueve una parte de la música joven en Barcelona. Después de doce años, su principal valor quizá siga estando precisamente ahí: reunir durante un fin de semana a artistas que explican el presente mientras algunos empiezan ya a señalar hacia lo que puede venir después.







