Gato jugando en su centro de actividades (Envato)
Gato jugando en su centro de actividades (Envato)

Como ha cambiado nuestra forma de cuidar a perros y gatos

Alimentación, descanso, ejercicio y estimulación han ganado peso en su bienestar, pero las grandes ciudades siguen teniendo una asignatura pendiente.

Durante mucho tiempo, cuidar de un perro o un gato parecía resumirse en cubrir unas necesidades bastante básicas: comida, agua, un lugar donde dormir y las correspondientes visitas al veterinario. Hoy la relación con nuestros animales de compañía ha cambiado profundamente. Nos preocupamos por qué comen, cuánto descansan, cómo juegan, qué ejercicio realizan, si están suficientemente estimulados e incluso por aprender a interpretar su comportamiento.

No es una cuestión menor en un país donde conviven millones de animales de compañía. Los hogares han incorporado progresivamente a perros y gatos a sus propias rutinas y, con ello, también ha evolucionado nuestra manera de entender su bienestar. Ya no basta con que estén sanos desde un punto de vista estrictamente físico: cada vez prestamos más atención a su equilibrio emocional y a la calidad de la vida que les ofrecemos.

De llenar el comedero a pensar realmente qué están comiendo

La alimentación probablemente sea uno de los ejemplos más evidentes de este cambio. Hace unos años resultaba mucho menos habitual encontrar en un supermercado convencional diferentes recetas según la edad, el tamaño, la actividad o determinadas necesidades específicas del animal.

Ahora observamos ingredientes, proteínas, grasas, cereales o ausencia de ellos casi de la misma manera que hacemos con nuestra propia alimentación. Y tiene sentido: no necesita lo mismo un cachorro que un perro senior, ni un gato de interior que un animal con una vida mucho más activa.

Perro comiendo (Envato)
Perro comiendo (Envato)

El etólogo Alberto Delobos recuerda además que la nutrición no debe entenderse únicamente desde el peso o la condición física. La alimentación también puede influir en el estado emocional y cognitivo del animal, de ahí que elegir correctamente lo que ponemos en el comedero forme parte de una visión mucho más amplia de su bienestar.

Eso tampoco significa caer en la obsesión por buscar constantemente el producto más sofisticado. Significa conocer al animal que tenemos delante, entender sus necesidades y acudir a un profesional cuando exista alguna circunstancia que requiera una alimentación específica.

También hemos aprendido que descansar es cuidarse

Hay otro aspecto mucho menos visible que solemos olvidar: los animales necesitan que los dejemos tranquilos.

Un perro puede necesitar entre 12 y 16 horas de sueño diario dependiendo de factores como su edad. Los gatos pueden pasar todavía más tiempo descansando. Sin embargo, tendemos a interpretar su disponibilidad para interactuar como una invitación constante a jugar, tocarles o llamar su atención.

Gato jugando con una pelota (Envato)
Gato jugando con una pelota (Envato)

El bienestar también consiste en proporcionarles un espacio seguro donde puedan dormir sin interrupciones y aprender a reconocer cuándo necesitan desconectar.

Es un cambio interesante porque rompe con la idea de que cuidar mejor significa necesariamente hacer más cosas con ellos. Algunas veces cuidar significa precisamente hacer menos: dejar que duerman, no sobreestimularlos y respetar sus propios ritmos.

Jugar sí, pero no convertir cada minuto en una actividad

Lo mismo sucede con el juego. Hoy existen alfombras olfativas, juguetes interactivos, rompecabezas, mordedores y todo tipo de productos destinados a mantener activa la mente de perros y gatos. Son herramientas útiles porque jugar significa explorar, aprender y enfrentarse a pequeños retos. Pero más estimulación no significa automáticamente más bienestar.

Uno de los riesgos está en convertir la vida del animal en una sucesión continua de estímulos porque nosotros sentimos que debemos estar entreteniéndolo. El juego tiene que adaptarse a su personalidad, edad y necesidades, alternándose precisamente con momentos de calma.

Perros jugando en el parque (Envato)
Perros jugando en el parque (Envato)

Un gato que vive dentro de casa puede necesitar especialmente un entorno enriquecido que le permita trepar, esconderse, observar o perseguir objetos. En un perro, unos minutos de juego pueden resultar fantásticos, pero repetir durante largos periodos actividades de alta excitación tampoco tiene por qué ser siempre la mejor opción.

Pasear a un perro significa mucho más que cansarlo

También ha cambiado nuestra forma de comprender el paseo. Durante años, una de las recomendaciones más repetidas era simplemente conseguir que el perro hiciera suficiente ejercicio para regresar cansado a casa.

Ahora sabemos que salir significa también olfatear, explorar, detenerse y descubrir el entorno. No todos los paseos tienen que convertirse en una carrera ni todos los perros necesitan exactamente la misma cantidad de ejercicio. Edad, estado físico, raza, personalidad y circunstancias particulares modifican completamente lo que puede resultar beneficioso.

Dejar que un perro se detenga varios minutos a investigar un olor puede parecernos poco ejercicio, pero para él existe también una enorme actividad mental detrás de ese comportamiento. Variar rutas, permitir la exploración y combinar momentos activos con otros tranquilos puede resultar mucho más enriquecedor que dedicar media hora a lanzarle continuamente una pelota.

Las ciudades siguen teniendo una deuda con los perros

Y aquí aparece una contradicción bastante evidente. Hemos avanzado muchísimo dentro de nuestras casas, pero nuestras ciudades no siempre han evolucionado al mismo ritmo.

Compramos mejores alimentos, buscamos juguetes que estimulen su mente, controlamos su descanso, hablamos sobre bienestar emocional y nos preocupamos por que hagan ejercicio. Después abrimos la puerta de casa y, en demasiadas ocasiones, descubrimos que el espacio público continúa pensado prácticamente como si los animales domésticos no existieran.

Madrid y Barcelona disponen de áreas para perros, evidentemente, pero eso no significa que el problema esté solucionado. En una gran ciudad no basta con colocar una pequeña zona vallada entre dos calles y considerar cubierta la necesidad. Los perros también necesitan espacios suficientemente grandes donde poder correr, explorar, relacionarse y disfrutar sin estar permanentemente sujetos a una correa. Y esos espacios deberían estar razonablemente repartidos.

En Barcelona encontramos áreas de recreo canino y determinados espacios donde se permite una mayor libertad, pero la disponibilidad cambia muchísimo dependiendo del barrio. En Madrid ocurre algo parecido: existe una enorme población de animales viviendo dentro de un entorno urbano donde acceder cotidianamente a espacios amplios y realmente adecuados puede resultar complicado para muchos propietarios.

Hemos diseñado parques para niños. ¿Y para nuestros animales?

Durante décadas hemos entendido perfectamente que un barrio necesita parques infantiles, pistas deportivas, zonas de descanso y espacios donde niños y jóvenes puedan jugar. Es algo lógico: una ciudad no puede consistir únicamente en viviendas, carreteras y comercios.

Sin embargo, la planificación para animales domésticos continúa muchas veces reducida a pequeños recintos caninos. No se trata de enfrentar las necesidades de niños y perros, porque son perfectamente compatibles. Se trata de asumir que la composición de nuestras ciudades también ha cambiado y que millones de personas comparten su vida con animales.

Perros jugando en el parque (Envato)
Perros jugando en el parque (Envato)

Un verdadero espacio canino podría tener zonas amplias para correr, vegetación, superficies diferentes, fuentes, sombras, áreas para explorar mediante el olfato y espacios suficientemente grandes para evitar que veinte perros tengan que concentrarse en unos pocos metros cuadrados.

También ayudaría a la convivencia. Crear buenos espacios específicos puede reducir precisamente los conflictos que surgen cuando propietarios de perros, familias, corredores, ciclistas y otras personas intentan utilizar simultáneamente lugares que no fueron diseñados teniendo en cuenta todas esas necesidades.

Aprender a escucharles también forma parte del cambio

Otro avance importante está en nuestra relación con su comportamiento. Una cola, unas orejas hacia atrás, una postura concreta o un cambio repentino de hábitos son información.

La psicóloga Laia Portolés propone cambiar una pregunta bastante habitual. En lugar de pensar únicamente “¿cómo consigo que haga lo que quiero?”, podemos empezar preguntándonos “¿qué me está intentando comunicar?”.

La diferencia es enorme. Durante décadas hemos interpretado muchas conductas animales exclusivamente desde la obediencia. Actualmente, la etología permite analizar qué puede existir detrás: miedo, estrés, excitación excesiva, frustración, inseguridad, dolor o simplemente una necesidad que no estamos comprendiendo.

Eso no implica humanizarlos ni atribuirles emociones exactamente iguales a las nuestras. Precisamente cuidar mejor también consiste en respetarlos como animales y entender sus propias formas de relacionarse con el mundo.

El mercado también ha cambiado con nuestra forma de cuidarlos

Toda esta transformación se percibe igualmente en algo tan cotidiano como hacer la compra. Las cadenas generalistas han ampliado enormemente sus secciones dedicadas a animales y la oferta ya no se limita a un saco de pienso y algunas latas.

Un ejemplo reciente es Max & Mila’s World, la nueva marca para perros y gatos que Lidl está introduciendo en sus más de 730 establecimientos españoles. Bajo una misma identidad ha agrupado alimentación y accesorios que anteriormente se comercializaban mediante sus marcas Orlando, Coshida y Zoofari.

La oferta de alimentación se divide ahora en Basic, Advanced Care y Gourmet, incorporando recetas para diferentes edades y necesidades. Advanced Care incluye alimentación seca desde 5,29 euros para perros y 2,89 euros para gatos, mientras que la comida húmeda parte de 0,69 y 0,99 euros respectivamente. La gama Gourmet, con recetas de mayor contenido en carne o pescado y opciones sin cereales, comienza en 4,99 euros para perros y 3,15 euros para gatos en alimentación seca.

A ello se suman camas, correas, collares, juguetes, rascadores, cepillos o comederos. Es decir, productos destinados no solamente a mantener vivo al animal, sino a cubrir alimentación, descanso, actividad y entretenimiento.

Cuidarlos mejor también exige cambiar el lugar donde vivimos

Que supermercados, fabricantes y propietarios hayan cambiado su mentalidad es una buena noticia. Que hablemos de alimentación, descanso o estimulación demuestra hasta qué punto ha evolucionado nuestra relación con los animales domésticos. Pero el siguiente paso no puede producirse únicamente dentro de casa.

Gato jugando en su centro de actividades (Envato)
Gato jugando en su centro de actividades (Envato)

Las ciudades también tienen que asumir que los animales forman parte de ellas. Y eso implica diseñar espacios públicos en los que su bienestar no dependa siempre de desplazarse varios kilómetros, disponer de coche o tener la suerte de vivir junto a uno de los pocos parques donde pueden disfrutar con cierta libertad.

Podemos comprarles la mejor comida, buscar el juguete perfecto y controlar escrupulosamente sus horas de descanso. Pero si después un perro pasa toda su vida paseando por aceras y entrando durante unos minutos en pequeños recintos vallados, estaremos atendiendo solamente una parte del problema.

El verdadero cambio llegará cuando cuidar mejor a nuestros animales deje de ser únicamente una responsabilidad privada y también las ciudades empiecen a diseñarse pensando en ellos.

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