La nueva película de Doraemon nos lleva, como no podía ser de otra manera, a un nuevo mundo fantástico. Esta vez la puerta de entrada son los cuadros y la historia del arte, con una aventura que transporta a Doraemon, Nobita y el resto de sus amigos hasta Artelia, un reino inspirado en la Europa medieval en el que las pinturas, los colores y el paso del tiempo forman parte importante del misterio. La película, dirigida por Yukiyo Teramoto, es la número 44 de la saga y llegó a los cines españoles el pasado 9 de octubre después de haberse estrenado originalmente en Japón en marzo de 2025.
Desde sus primeros minutos queda claro que existe un interés especial por rendir homenaje al arte. La introducción juega con obras y estilos que cualquiera que haya pasado alguna vez por un museo puede reconocer, mezclando referentes occidentales y japoneses y haciendo que Doraemon y sus amigos atraviesen imágenes que parecen pertenecer a distintas épocas. Hay ecos de artistas como Van Gogh, Claude Monet o Johannes Vermeer, además de referencias a la pintura tradicional japonesa. Es un comienzo muy bonito y también bastante diferente de lo habitual, aunque conviene decir que el arte termina funcionando más como telón de fondo de la aventura que como una clase de historia del arte.
Una aventura dentro de los cuadros
Todo comienza cuando Nobita está intentando hacer uno de sus habituales deberes de verano, en este caso un dibujo. A partir de ahí aparecerá una misteriosa pintura que terminará conectando el Japón actual con Artelia, un mundo medieval que parece haber quedado detenido dentro de un cuadro. Doraemon utilizará uno de sus inventos para poder entrar literalmente en las pinturas y, como suele ocurrir en estas películas, lo que empieza como un juego termina convirtiéndose en algo mucho más grande.

En ese mundo conocerán a Claire, una joven procedente de Artelia que aparece de manera inesperada en la época de Nobita; a Milo, su amigo de la infancia y un muchacho especialmente hábil dibujando, que sueña con convertirse en pintor como lo fue su padre; y a Chai, una pequeña criatura alada que acompaña a Claire y que rápidamente se integra con el grupo. También aparece Pal, un misterioso comerciante de arte cuya presencia tendrá bastante más importancia de la que inicialmente parece.
Son personajes creados específicamente para esta película y tiene toda la pinta de que aquí se van a quedar, como tantas otras amistades que Doraemon y Nobita han ido haciendo a lo largo de sus aventuras cinematográficas. Pero funcionan bien porque no parecen puestos simplemente para rellenar el argumento. Claire tiene una relación directa con el misterio que rodea Artelia, Milo representa precisamente esa pasión por dibujar que conecta muy bien con Nobita y Chai aporta parte del humor y la ternura del grupo.
El arte como excusa, pero también como mensaje

Aunque el título pueda hacer pensar que estamos ante una película centrada constantemente en grandes pintores o en explicar cuadros famosos, realmente no es así. El arte es más una excusa y un escenario para contar una aventura clásica de Doraemon. Hay pinturas que sobreviven al paso de los siglos, personajes que pueden viajar entre distintas épocas, un pueblo que sabemos que está destinado a desaparecer y un misterio alrededor de obras que han llegado hasta el presente sin que nadie entienda muy bien de dónde proceden.
Pero eso no significa que la película desaproveche el tema. Todo lo contrario. Lo utiliza de una manera mucho más sencilla y apropiada para el público infantil: para hablar de por qué dibujamos y de por qué una obra no tiene que ser perfecta para tener valor.
Y aquí entra Nobita.

Todos sabemos que Nobita no es precisamente el niño con más talento de su clase. Tampoco dibujando. La película aprovecha precisamente esa torpeza y la convierte en uno de sus mensajes más bonitos. En determinado momento dibuja a Doraemon de una manera bastante desastrosa y ese dibujo, que cualquiera podría considerar feo, termina teniendo incluso una utilidad importante dentro de la historia.
La propia película parece recordarnos que el arte no consiste siempre en hacer el dibujo más bonito ni en representar la realidad exactamente como la vemos. Consiste también en expresar algo, imaginarlo de otra manera o simplemente dibujar aquello que quieres. Si todos los artistas hubieran intentado únicamente reproducir el mundo de manera perfecta, una enorme parte de la historia del arte nunca habría existido.
Nobita dibuja mal, ¿y qué?
Hay una escena especialmente sencilla que resume muy bien esta idea. Nobita observa el trabajo de Milo y le pregunta cómo puede aprender a dibujar. Milo no le da una clase ni le explica ninguna técnica complicada. Su consejo viene a ser que dibuje aquello que quiere mientras piensa precisamente en cuánto lo quiere. Nobita termina escogiendo a Doraemon.

El resultado no es bueno en términos académicos, pero eso acaba siendo precisamente lo importante. Doraemon sigue siendo reconocible porque Nobita lo ha dibujado desde el cariño. La película plantea así algo que los niños pueden entender perfectamente: no todo tiene que salir perfecto para que merezca la pena hacerlo.
Es una idea bastante bonita porque además conecta con el propio origen de Doraemon. Estamos viendo una película sobre dibujos protagonizada por un personaje nacido precisamente de unas viñetas. El manga creado por Fujiko F. Fujio apareció por primera vez en 1969 y más de cinco décadas después sigue viviendo a través del dibujo, la animación y unas formas muy sencillas que cualquier niño puede reconocer. La película parece acordarse de eso sin necesidad de verbalizarlo constantemente.
Una historia que sabe mantener el ritmo
La aventura funciona especialmente bien a partir del momento en el que el grupo llega definitivamente a Artelia. Ahí aparecen el castillo, la piedra conocida como Azul de Artelia, las pinturas que esconden más de lo que parece y una serie de personajes que poco a poco van complicando las cosas. La historia también juega con viajes en el tiempo, cuadros robados y la desaparición futura de un reino que terminará sepultado por una catástrofe natural.

Todo esto podría haberse convertido fácilmente en una historia demasiado complicada para los más pequeños, pero la película sabe ordenar bastante bien sus misterios. Va soltando información poco a poco, tiene varios giros que funcionan y consigue que el espectador quiera saber qué está ocurriendo realmente con Artelia y con esos cuadros que aparecen siglos después.
A partir aproximadamente del primer tramo, cuesta desconectar de la historia. Hay persecuciones, criaturas, viajes entre pinturas y varios momentos en los que el grupo tiene que separarse para resolver distintos problemas. Incluso cuando el argumento empieza a acumular elementos, mantiene un ritmo suficientemente claro como para que un niño pueda seguirlo sin perderse y para que un adulto tampoco sienta que está viendo una historia demasiado simple.
2D y 3D conviven especialmente bien

Visualmente es una película muy colorida y aprovecha bien el tema de la pintura. Las animaciones tradicionales en 2D conviven con elementos generados en 3D y con fondos que buscan recordar diferentes tipos de lienzos y técnicas artísticas. No es algo completamente nuevo dentro del cine de Doraemon, donde esta mezcla ya se ha utilizado anteriormente, pero aquí tiene mucho más sentido porque el propio argumento permite jugar con texturas, pinceladas y mundos que literalmente han nacido dentro de una pintura.
Artelia tiene además suficiente personalidad para no parecer simplemente otro reino fantástico genérico. Los castillos, los pueblos, los lagos y los colores recuerdan constantemente esa inspiración en la Europa medieval, mientras que algunos de los viajes por los cuadros permiten cambiar completamente de estilo durante unos minutos.
Es probablemente uno de los aspectos que más pueden llamar la atención de los niños, pero también de los adultos que los acompañen. Hay mucho movimiento, bastante color y una puesta en escena que nunca se queda demasiado tiempo haciendo lo mismo.
Una película para niños que no necesita hacer bromas para adultos
La película no intenta introducir constantemente dobles sentidos o bromas pensadas exclusivamente para los padres, algo que muchas producciones infantiles parecen considerar obligatorio. Aquí prácticamente todo está pensado desde el punto de vista de los niños y eso no supone ningún problema.
El interés para el público adulto viene de otro lugar. Está en la propia aventura, en el misterio, en los recuerdos de haber crecido viendo a estos personajes y en una historia suficientemente bien construida como para no aburrir a quien acompañe a los más pequeños.
También sigue funcionando la dinámica habitual entre Nobita, Doraemon, Shizuka, Gigante y Suneo. Son personajes que llevan décadas repitiendo ciertas características y, sin embargo, cuando llega una película vuelven a funcionar como grupo. Nobita sigue siendo torpe, Suneo presume demasiado, Gigante se lanza de cabeza cuando toca ayudar y Shizuka suele ser quien aporta un poco de sentido común cuando todo empieza a complicarse.
Doraemon sigue estando en plena forma
Doraemon puede haber cumplido ya más de medio siglo desde su creación, pero la sensación viendo Aventuras en el mundo del arte es que sigue estando en plena forma. Y eso tiene bastante mérito tratándose de una franquicia que lleva tantísimos años produciendo episodios, especiales y películas.
Se nota que hay cuidado detrás de estas aventuras. No parece que cada año se limite simplemente a fabricar una nueva película porque haya que mantener la marca activa. Hay escenarios nuevos, personajes creados específicamente para cada historia y una voluntad de encontrar un tema diferente alrededor del cual construir una aventura que siga siendo reconociblemente Doraemon.

En esta ocasión ese tema es el arte, pero debajo continúan apareciendo los mensajes habituales de la saga: trabajar juntos, ayudar sin esperar nada a cambio, disfrutar del tiempo que pasamos con los demás y entender que muchas de las cosas importantes de nuestra vida terminan siendo simplemente recuerdos que construimos con nuestros amigos.
Y quizá ahí se encuentra también la conexión más bonita con el propio arte. Un dibujo, incluso uno bastante malo de Doraemon hecho por Nobita, puede sobrevivir a quien lo creó y contar algo de esa persona cientos de años después. No importa únicamente si está perfectamente trazado o si podría colgarse en un museo. Importa lo que había detrás cuando alguien decidió hacerlo.
Una de esas aventuras que los niños recordarán
Doraemon: Aventuras en el mundo del arte no necesita reinventar al personaje ni intentar convertirlo en algo distinto. Sigue siendo una aventura infantil, limpia y pensada principalmente para los más pequeños, pero está bien contada, tiene ritmo, varios giros que mantienen la atención y un apartado visual especialmente cuidado.
El arte funciona principalmente como telón de fondo, sí, pero permite que la película deje también uno de los mensajes más sencillos y bonitos que recuerdo en las últimas aventuras del personaje: crear no significa hacer algo perfecto. A veces basta con dibujar aquello que quieres, compartirlo con alguien y guardar el recuerdo de haberlo hecho.
Creo que puede convertirse fácilmente en una de esas películas de Doraemon que muchos niños recuerden cuando sean mayores. Y para quienes ya crecimos con él, tampoco está nada mal comprobar que el gato cósmico todavía sabe cómo llevarnos de aventura.









