Voy a quedarme

Capítulo 2 – Saúl

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Portada de Voy a quedarme en el que se muestran dos chicos con una tierna mirada detalle
Fotografía de Dario Cavero (@dario.cavero), Alex Peñas (@alexpg2) e Isma O'Sullivan (@_osullivan_)

Me encuentro con mi responsable, que en seguida me da un recorrido por el local, tanto por las zonas exclusivas para los empleados como por las comunes. Tras acabar, me pide que recoja unas cuantas bandejas que hay por las mesas y las lleve a la barra para luego limpiarlas. Ni me giro para decirle que sí; voy directo a ello. Unos instantes después, estoy entrando al otro lado de la barra, donde se preparan las bebidas y los aperitivos.

—¡Ey, hola, compañero! —oigo cómo dice una voz que me resulta muy familiar. Al girar la cabeza, me encuentro con Luna apoyada sobre la barra del local, con el mismo delantal, el mismo polo y misma gorra que llevo. La devuelvo el saludo, algo confuso y sonrojado—. ¿Qué haces aquí?

—Creo que el uniforme me delata —digo. Eso hace que Luna sonría.

—Cierto. ¿Habías trabajado en una cafetería antes? —Yo me muerdo el labio, y eso no le pasa inadvertido—. No te preocupes, esto es cogerle el tranquillo y, si prestaste atención en el cursillo que imparten a todos los nuevos, te sacas las cosas en cero coma.

Sonrío mostrando los dientes, aunque en seguida me detengo. No quiero que mi superior se piense que estoy vagueando. Me pongo a limpiar las bandejas mientras Luna atiende las comandas de los clientes. Echando un vistazo rápido, puedo ver que ya empiezan a ocuparse algunas mesas que antes estaban vacías. Hay tanto gente de nuestra edad, como empresarios de los edificios contiguos, turistas y chavales de instituto.

Al terminar, me ponen directamente a preparar los pedidos. Supongo que tengo suerte de que Luna esté conmigo, porque cuando ve que estoy buscando algo en específico, me señala dónde se encuentra sin dejar de manejar la caja registradora, o me salva de los clientes impacientes (que, por desgracia, no son pocos). Poco a poco, me voy haciendo con la máquina para el café molido, con los tés helados y algún que otro expreso con leche.

El tiempo corre y, a falta de veinte minutos para echar el cierre, el local está casi vacío. Luna se encarga de limpiar el mostrador, otros compañeros están revisando las mesas y la zona cercana al baño, y a mí me ha encargado el superior ayudarle a guardar los productos de panadería para el día siguiente. Salvo los bocadillos que sobran. Estos los guardamos en envases biodegradables y se lo entregamos a un transportista afiliado a la empresa, quien se encarga de donarlos a comedores sociales para esa misma noche.

Mientras se marchan los últimos clientes, comienzo a limpiar los ventanales que dan a la calle. Por el rabillo del ojo, observo a Luna hablando con nuestro jefe; poco después, ella asiente y viene junto a mí. Agarra la bayeta seca que había dejado cerca y empieza a restregarla por el otro lado.

—Me ha dicho que te ayude con esto, y que luego nos pongamos a limpiar las mesas, asientos y barrer el suelo —dice antes de que se me pase por la cabeza.

—De acuerdo —respondo, algo seco. Aunque no es mi intención.

—¿Primer día duro? —Yo meneo la cabeza, dándole a entender que no estoy muy seguro—. En verdad ha sido intenso, y lo has llevado muy bien.

—¿A pesar de que me he equivocado al preparar cuatro bebidas y mis corazones de sirope tenían más forma de culo?

—¡Tío, que ha sido tu primer día! —exclama divertida.

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