Voy a quedarme

Capítulo 2 – Saúl

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Portada de Voy a quedarme en el que se muestran dos chicos con una tierna mirada detalle
Fotografía de Dario Cavero (@dario.cavero), Alex Peñas (@alexpg2) e Isma O'Sullivan (@_osullivan_)

En cuanto terminan las clases, siento que mi cabeza ha desarrollado su propio corazón porque me laten las sienes. Me sorprende que en el horario del primer semestre las clases del martes terminen tan pronto. Pensaba que era un error del programa o algo así. Puedo volver a casa, dejar las cosas de la universidad e ir hacia el trabajo, pero sería un desperdicio de viajes en transporte público innecesario. Así que opto por mirar por las cercanías algún bar o cafetería donde comer algo, y luego coger de nuevo el tren en dirección a Barcelona.

No tardo en encontrar un sitio bastante bueno en la relación calidad precio, donde hay bastantes estudiantes de la universidad en las mesas de la terraza. O eso deduzco. Menos mal que en el interior hay una mesa libre donde puedo comer con tranquilidad. No tarda ni dos minutos en acercarse una camarera que me pasa un menú mientras apunta una botella de agua. Al volver con ella, decido comerme un plato combinado, por lo que asiente y se marcha de nuevo. Mientras espero a que me lo traiga, reviso mis redes sociales para matar el tiempo. La verdad es que no hay ninguna novedad, salvo que mi prima presume de haber encontrado trabajo en Londres tras haber acabado su carrera. Me muerdo el labio de pura envidia, aunque no voy a negar que yo también podría marcharme al terminar la mía. Así reúno experiencia laboral en el extranjero y engordo un poco más el currículum.

Pero estoy adelantando acontecimientos que quizá no lleguen a suceder.

El plato llega un cuarto de hora después, y lo devoro sin contemplaciones. Pago lo debido tras terminarme un café con leche y me dirijo hacia la parada de ferrocarriles. Aún me queda más de una hora para entrar a trabajar, pero el trayecto hasta allí me supone unos cuarenta y cinco minutos. Solo me tranquiliza escuchar el audiolibro al que me he aficionado; una historia fantástica, escrita a cuatro manos y por autoras nacionales. Cada capítulo me encoge el corazón de una manera inefable.

Al salir a la calle, siento que me pega el aire cosmopolita de la ciudad. No me detengo siquiera a reaccionar: tengo que llegar a la cafetería y cambiarme en menos de quince minutos. Milagrosamente, lo consigo. A falta de dos minutos para empezar el turno de mi primer día de trabajo, tengo puesto el delantal, el polo y la gorra de color morado. Y, en vez de usar las zapatillas que me puse esta mañana, la empresa me dio un par de botas antideslizantes más negras que el carbón. Seguro que me las descuentan del sueldo.

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