Una fotografía de Dario Cavero (@dario.cavero)

Capítulo 22 – Serena

Después de cenar, me subí a mi cuarto. Mis padres como de costumbre se pondrían alguna película, o se prepararían un baño caliente, donde, a saber, que harán.

Por mi parte, entre semana no hacía gran cosa. De vez en cuando quedaba con las chicas, pero raramente me gustaba hacer planes si no era fin de semana. De las tres era la menos rebelde, o así era como nos veía la gente. Abrí mi portátil y empecé a buscar ideas para nuestro club. Cogí una libreta y empecé a apuntar lo que necesitábamos:

-Un lugar donde poder llevar a cabo nuestras reuniones.

-Invitaciones

-Alcohol en cantidad

-Fiesta de inauguración

En cuanto apunté esto último, dejé el bolígrafo sobre la mesa. Al ser un club con un fin un tanto particular, no podía ser una fiesta de inauguración cualquiera. El objetivo era la discreción, y donde todo el mundo pudiera sentirse libre de ser quien quisiera. Por lo tanto, no podíamos organizar una fiesta corriente. Se necesitaba algo de misterio y enigma. Lo primero que me vino a la cabeza fue una fiesta de disfraces, pero esto resultaba muy infantil dado el asunto. Teclee en Google ideas de fiestas, y lo único que me aparecían eran ideas de cumpleaños o aniversarios. Nada que me llamase la atención.

Tenía de fondo escuchando house mezclado con ritmos orientales y con el bolígrafo golpeaba la libreta siguiendo el ritmo de las notas. Por un momento, sentí que me sumergía de lleno en la música. En mi mente, pasaron a toda velocidad imágenes de las dunas del Sáhara, mujeres con velos y burkas, hombres de mirada penetrante. Por poco me caigo de la silla. En mi cabeza, se estaba formando una idea y sin lugar a dudas, era diferente cuanto menos. Rompí la hoja anterior y empecé a escribir nuevamente todo lo que iba a necesitar para la fiesta de inauguración. Mientras escribía, la pantalla del portátil se iluminó con un nombre que conocía muy bien. Dejé el bolígrafo en la mesa y lo aparté junto a la libreta. Me levanté de la silla y fui a cerrar la puerta con el pestillo. La respiración se me aceleró, y tenía las manos sudorosas. Abrí el último cajón del escritorio, el cual, lo tenía cerrado con llave, y saqué una máscara blanca, con tres agujeros. Boca y ojos.