Voy a quedarme

Capítulo 12 – Álex

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Cada vez que sueño con una alfombra roja en Hollywood donde yo aparezco como director y me suena el despertador, me cago en todo lo posible. Primero, porque ese sueño es un asco; deberían que ser varias alfombras rojas en todo el mundo. Y segundo, porque me da mucha rabia que me explote la realidad en la puta cara. Sí, no soy director de cine todavía. Pero soy el mejor, y en Apolo no van a tardar en darse cuenta.

Mi ritual de cada mañana es sencillo. Despertar, salir de la cama, desayunar, asearme -a veces ducharme-, vestirme, recoger la mochila, salir de casa y coger el coche para ir a la universidad. De vez en cuando, entre el trayecto que separa mi hogar de donde he dejado aparcado el coche, paso cerca de auténticos pibones con faldas cortas o camisetas que parecen a punto de romperse de lo grandes que tienen las tetas. Y otras veces, si voy conduciendo, las dedico un claxonazo. Seguro que todas ellas presumirían de haberse acostado con un director famoso antes de que fuese reconocido. Pero eso no ocurrirá; soy demasiado inalcanzable para ellas.

Hoy no ha habido ningún pibón, por desgracia. Y me he comido un atasco. La decimotercera sinfonía del tráfico de camino a la facultad empezó con los motores rugiendo rabiosos por volver a arrancar. Después, se unieron los instrumentos de percusión que son los cláxones, y no tardaron en acompañar a la estrambótica melodía los improperios e insultos, como si formasen parte del instrumental de viento.

Ni teniendo la radio a un volumen alto y con las ventanas subidas me libré de escuchar a un subnormal gritarle a una mujer que iba delante de él. Hay muchos gilipollas por el mundo a los que les dan el carnet de conducir de gratis, fijo.

Esto en La La Land no pasa. El principio de esa película es demasiado basura musical.

Gracias a que salí con tiempo de casa, he llegado justo para ir corriendo a clase antes de que llegue el profesor. Menos mal que hay sitio cerca de la entrada. Recojo mis cosas con prisa, y salgo del coche dando un portazo. Me arrepiento en cuanto lo hago, porque ya tiene sus años y me tiene que durar hasta que me pueda permitir uno yo mismo. Echo la llave y salgo como alma que lleva al diablo en dirección al edificio.

No voy a dejar que se me joda todo ahora, cuando estoy tan cerca de terminar la carrera.

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