Susphyria

Capítulo 5 – Daniel

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Una fotografía de Dario Cavero (@dario.cavero)

-¿Qué tal el instituto cielo?

-Bueno, podría ser peor.

Mi madre dejó de comer para mirarme con esa cara de mama preocupada.

-Tranquila mama, no es mi mayor sueño estudiar aquí, pero aguantaré este año como un buen campeón. -Hice un silencio para ver si su rostro se volvía a iluminar, pero no, aún esperaba algo más. Las madres. – Bueno, hay un taller de arte, creo que…

-Esto es fantástico Dani, deberías apuntarte.

-No me has dejado acabar.

-Perdona hijo, sigue.

-Bueno, como iba diciendo, creo que podría ser interesante, igual soy el único alumno, dado que no he visto mucho entusiasmo por esta asignatura.

Pero porque seguía con esa cara, no entiendo.

-Creo que deberías relacionarte más con la gente cielo, a fin de cuentas, tendrás que pasar un año entero con ellos.

-Nueve meses para ser exactos.

-Lo digo en serio. No puedes tirarte todos los días encerrado en tu cuadro y pintar.

-Es lo único que me produce felicidad.

-Dani…

-Está muy rica la cena mama, gracias.

Me levanté y recogí mi plato como me enseñó mi padre. Lo único bueno que pude aprender de ese carbón.

-Voy a ducharme.

Esa noche me costó dormirme. Cogí el móvil e hice lo que todo el mundo hace, mirar Instagram. Aún no acepté ninguna de las mil sugerencias de amistad que tenía, todas eran del nuevo instituto. Yo no entiendo como alguien se aburre tanto para buscar personas, para cotillear sobre su vida. A mí me importa una mierda todo, y más todo ese atajo de gilipollas.

Vi una historia de Andrea, estaba con los demás haciendo una hoguera en la playa…eso sí que era vida, no está. Vi varias historias más, en algunas como era de esperar me habían etiquetado:

“Sólo faltas tú DiCaprio”

“Vuelve hippie, necesitamos que nos pintes como tus señoritas francesas”

Cuando estuve en París, me enamoré perdidamente de una chica. No era la modelo que todos buscaban, pero tenía algo en su mirada que capturó mi alma de artista.

Pasamos una noche casi mágica en la azotea de un albergue. Tenía la Torre Eiffel como faro, y ella era mi sirena. Me sentí como aquel marinero que cae rendido al escuchar su voz, pero en este caso no fue su voz, fue su mirada. La pinté desnuda y con una rosa en sus labios. Mis amigos encontraron ese cuadro, y desde entonces me llaman DiCaprio. A decir verdad es todo un halago.

Estaba a punto de dejar el móvil e ir a tomar agua cuando me llegó un mensaje. Pensé dos veces si abrirlo o no, pero entonces lo abrí.

“Hola Dani, soy Gisela, la de clase. Vamos a hacer una fiesta este finde, en plan americano. Estás invitado, aquí te dejo la dirección: Av. De la constitución 13, Moraleja. Ah y una última cosa, es una fiesta de disfraces. Espero que puedas venir, la fiesta empieza a las 19:00. Besos”

Volví a releer el mensaje, ¿una fiesta de disfraces? ¿Así porque sí? Pulse para ver quien narices era esa, no la recuerdo. Es bastante mona, aunque sin nada especial, una más y encima actriz. Seguí bajando para ver el resto de las fotos, y entonces en una la vi.

Estaba esa tal Gisela, otra chica rubia y ella. Amelie. Bajo un lema tan mundialmente conocido, “Amigas, esas locas que hacen que te tires al agua de cabeza” .No era como esa chica francesa, que tenía plata líquida en vez de ojos, tampoco como las otras chicas a las que pinté. Ella era diferente. Sentí que podía leer hasta el último rincón de su alma sólo con verla.

Llevaba un vestido de lentejuelas dorado apretado al cuerpo. Me estaba imaginando cómo sería pintar esa diminuta cadera, y esa fuente de rizos que decoraba su cabeza. Sonreía, y se le veía tan inocente y feliz. Pero no era eso lo que me llamó la atención, era sexy, natural como ninguna, pero llevaba el fuego de la sensualidad en cada parte de su cuerpo. Lo supe en cuanto la vi abierta de piernas en clase, sin bragas, sin vergüenza.

Apoyé mi cabeza contra la almohada y pinché en su perfil. En varias fotos salía un tío, supongo que era su novio.

“Con mi osito” “Porque eres todo cuanto he querido” “Te amo”

Me limité a mirar sólo fotos donde aparecía ella, y vi como la perspectiva cambiaba. Como los colores se volvían rojo, verde, amarillo. Me levanté de la cama y me senté en mi mesa. Cogí un folio y me puse a dibujar.

Tracé una línea mientras me imaginaba como mis manos recorrían su cuerpo. Volví a trazar otra e imaginé la curva de sus labios, finos y que prometían demasiadas cosas. Otra línea, sentía como sus manos subían por mi abdomen. Varias líneas más hasta formar un entramado de rizos entre sus piernas. Su piel sonrosada, su respiración entrecortada, sus mejillas ruborizarse… La pinté como una de mis chicas francesas.

Alba Flores pone voz al audiolibro “Mujer de frontera”

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