Una fotografía de Dario Cavero (@dario.cavero)

Capítulo 3 – Gonzalo

La gala era un asco. Los más ricos del país metidos como sardinas en una lata, en este caso una sala excepcional del Four Seasons. Si miras uno por uno, te das cuenta de que no son más que pobres desgraciados demasiado barrocos con demasiados privilegios. Hay todo un desfile de marcas, y toneladas de maquillaje. Lo más normal del mundo.

¿Si tu miras este espectáculo, te da por pensar que es una gala en la que se recaudan fondos para destinarlos contra el cáncer? Pues hombre, está más que obvio que no. Que se le va a hacer, ahí estaba yo, envuelto en mi traje favorito, rodeado de gente a la que tenía que poner buena cara.

-Está claro que nuestras familias tienen que unirse. Nuestros hijos se conocen desde que eran unos enanos. Además, recuerdo que de pequeños eran novios-hizo una pausa, no sabía por dónde iba a salir ahora mi padre. – Gonzalo siempre quería ir a vuestra casa, ¿verdad cielo?

-Arturo, no pongas en evidencia a los niños.

-Gracias mamá.

-Pero que dices Sara, si donde hubo amor infantil, ¿se habla de boda no? ¿qué me dices hijo?

Me quedé mirando a mi padre con cara de póker. Pero ese señor ¿de qué va? Sentía la presión que estaban ejerciendo en mi todos. Mi madre, mi padre, los señores Marqués, y ella. Por dios Gisela, podrías apoyarme en eso.

-¿Gonzalo?

-Em sí, por supuesto.

-Este es mi chaval.

Cuando quería algo, daba igual a quien se tenía que llevar por delante, mi padre lo conseguía siempre. Ahí estaba, sonriendo orgulloso de su hijo del cual, no sabía nada.

-Bueno, ¿dejemos que los niños decidan no?
Esta vez me apretó así por detrás, como animándome a decir lo que él quería escuchar.

-Claro que sí señor Marqués. Yo adoro a su hija.

Pero di algo Gisela, no te quedes ahí embobada mirando el puñetero Instagram.

-Muy bien hijo, nos agradaría mucho tenerte como yerno. ¿verdad que si Gisela?

Nada. Estaba demasiado ocupada en cómo conseguir más likes.

-¿Gisela?

-¿Sí padre?

El rostro del señor Marqués se resquebrajó, dejando entrever pequeños atisbos de rabia. No le gustaba que lo dejaran en evidencia. A él. Al dueño de la red de hoteles más importantes de España.

Ella pareció captar su enfado. Se aclaró la garganta y se situó a mi lado. Me dio un beso en la mejilla y puso su mejor sonrisa. Por algo era actriz, actuar se le daba de lujo.

-Gonzalo es el hombre de mi vida Arturo. Ser un miembro más en esta gran familia sería a todo lo que una mujer puede aspirar.

-Mi Gonzalo estará en buenas manos. Ven aquí querida.

No se si estaba viviendo mi vida, o era el mero espectador de como alguien que se parecía mucho a mí, vestía como yo, tenía la misma familia vivía mi vida.

Esa gala benéfica era un rollo. Llevábamos solo una hora y ya se me hacía eterna. Lo único cómodo era ese nuevo traje de la boutique Armani. Ah y el champagne, el Don Perignon nunca fallaba.

-No se te da bien expresar tus sentimientos Gonzalo.

Ahí estaba ella. Esbelta como una modelo. Con su piel tostada y esos ojos que me recordaban al hielo en su estado más sólido. Un azul tormenta, algo que me parecía maravilloso dado que sus padres eran normales. Bueno, Anabela era la típica mujer cuarentona que se conservaba demasiado bien. Por algo estaba nominada todos los años a la mujer más sexy en la revista playboy.

Y Arman era el madurito más solicitado. Recuerdo cuando estábamos en la ESO, Serena y Amelie babeaban con él. No se quien, pero una de las dos dijo que sería su esposo algún día.

-Ni tu expresar la sinceridad.

Justo pasaba el camarero y no pude evitar coger dos copas de champagne más. Necesitaba al alcohol correr por mis venas si tenía que soportar a toda esa gentuza asquerosamente rica.

-¿Qué te pasa Gonzalo?

-Lo de siempre, mis padres decidiendo mi futuro. Mi mejor amiga siguiéndoles el juego. Lo normal vamos.

-No seas así, sabes que tus padres me adoran.

Me bebí las dos copas una tras otra, sin saborear.

-Exacto, te adoran a ti. Yo no soy más que su maniquí. Su cara bonita que no saben donde colocar. Soy como ese cuadro valioso que venden al mejor postor.

-Estas loco. ¿Cómo puedes decir eso?

-¿Acaso no es verdad?

-Claro que no. Tienes poder de decisión, podrías decirles lo que piensas.
-Podría siempre y cuando tu no dieras esperanzas de lo que más desean.
Paso. Hoy no estoy de humor para hablar con ella.

-¿A dónde vas?

-A buscar más champagne. Mi padre patrocina este evento, no veo que se me esté tratando bien. Camarero.

-¿En qué le puedo ayudar?

-Mi padre es el patrocinador de la velada, ¿se puede saber porque no se me está tratando bien?

-Disculpe señor, ¿en qué puedo ayudarle?

-Bueno, me gustaría una botella de champagne. La Deluxe. Y a ti.

-¿Cómo dice?

-Bueno, ya que tu sueldo depende de toda esta parafernalia, lo mínimo que puedes hacer es satisfacer al dueño.

Era bastante mono el camarero. No era mi tipo, pero dadas las circunstancias, no tengo elección.

-Señor yo…

-¿Cómo te llamas?

-Adrián.

-Muy bien Adrián, ¿Qué te parece si te doy quinientos euros por chuparme la polla?

Sus pupilas se dilataron y adquirieron un brillo misterioso. Vi como se tensaba bajo la camisa y supe que había dado en el clavo. Ese camarero era gay.