Susphyria

Capítulo 1 – Amelie

0
Una fotografía de Dario Cavero (@dario.cavero)

-Oh Amelie, estás tan mojada. Me voy a correr en nada. 

Sentía como entraba una y otra vez, y yo fingía una y otra vez que me gustaba. 

– ¿Te gusta esto Amelie? 

-Sí. Estoy muy cachonda, sigue por favor. 

El mismo discurso de siempre. El sitio de siempre. La postura de siempre. 

-Dios. Que barbaridad. Amelie eres la tía más cachonda que he conocido en mi vida. 

Y ahí va, otro chorro de ese semen sin sentido que acaba en mí. Él obviamente estaba satisfecho, estaba sudando y soplándome todo ese aliento post sexo en el cuello, me asfixiaba. 

– ¿Te ha gustado? 

-Si cielo, como siempre. 

Levantó la cabeza del hueco de mi cuello y se dirigió a darme un beso cuando sonó el timbre. Ese maravilloso timbre que me salva cada vez que suena. Cómo era, ¿salvada por la campana? 

-Tenemos que irnos, ya sabes que a la Estirada no le gusta que lleguemos tarde. 

Me dio un beso fugaz en la mejilla y cogió su uniforme tirado por el suelo. Estaba bueno en verdad, muy bueno. Era futbolista, entrenaba todos los malditos días, dos horas al día. Normal que estuviera tan potente.  

Mientras le miraba vestirse, sentí cierta rabia, ¿cómo puede alguien ser tan bueno y a la vez tan malo follando? 

Me mordí el labio y suspiré. Dos años saliendo con el señor cachondo, y aún me pregunto por qué. 

– ¿Lista? 

-Sí. 

Salimos del vestuario los dos, como si no acabáramos de hacerlo. Él con su uniforme bien colocado, sin ningún signo de sexo reciente, y yo… Bueno, todos sabían cómo era yo. 

-Id entrando por favor, el timbre sonó hace mucho. 

Creo que quien si necesita una buena dosis de sexo es la doña estirada. ¿Cómo es posible que alguien tenga tan mal genio como esta señora? Entramos los dos en clase cogidos de la mano, pero nos separamos en el instante que la chirriante voz de doña estirada sonara prácticamente en mi cerebro. 

-Por favor, un poco de respeto Amelie, estás en clase. 

-Disculpame, ya sabe como es el amor, no puedes soltarlo ni en las clases. 

Balbuceo algo más, pero dejé de escucharla en cuanto me senté en mi sitio. 

– ¿Mal otra vez? 

Abrí los ojos y miré a mi media naranja, pero en mujer. Serena. 

-Me explicas como alguien tan bueno puede ser tan nefasto follando? 

Ella sonrió. Sentía cierta pena por mi cada vez que le contaba lo mío. Me conocía hasta tal punto que con solo mirarme sabía que me pasaba. 

– ¿Has hablado con él? 

Negué con la cabeza. Siempre que trataba de contarle lo que sentía, me entraba el pánico. Le quería mucho, muchísimo, y no quería herirle el orgullo. 

-Amelie… 

Pasé las manos por mi cabeza, por mi cara por la desesperación que sentía. 

-Lo sé. Se que debo decírselo, pero… 

El pero se quedó ahí, atascado cuando le vi entrar. 

-Pero ¿qué? 

Creo que nunca había visto esta clase más silenciosa como en el instante que ese Dios entró. Todos y todas se quedaron boquiabiertos mirando la figura de Apolo entrar y situarse en medio de la clase.  

– ¿Quién es ese? 

-Ni idea, pero creo que este año va a ser fructífero. 

Mis músculos se han contraído y un líquido pegajoso encharcó mis muslos. Como salida de un trance, baje la cabeza para comprobar que efectivamente me había dejado las bragas en el vestuario. 

Pero lo más curioso era que cuando volví a subir la cabeza, vi como él miraba el mismo sitio que yo hacia un instante, y otro hilo de ese líquido poco familiar se deslizo fuera. 

La sangre empezó a hervir en todo mi cuerpo. Su mirada creaba fuertes cicatrices en cada hueco que vislumbraba. Me costaba respirar, y eso que nos separaba unas cuantas mesas. Pero era como si el me hubiera tocado con esa mirada, como si hubiese entrado dentro de mí, en mi más profundo núcleo femenino. 

-Bueno chicos, este año va a estar lleno de cambios, y uno de ellos es este nuevo estudiante que pasa a formar parte de vuestra clase. Por favor, demos un fuerte aplauso de bienvenida a Daniel

Todos aplaudían salvo yo. No podía quitar mis ojos de él. ¿Quién demonios era ese tío?  

-Daniel por favor, podrías presentarte ante la clase. 

Avanzó un paso adelante, dejando entrever como se movían sus músculos bajo la camisa y el pantalón de cuadros. Tenía unos labios rojos como la sangre, y esmeralda líquida en lugar de ojos. 

-Hola a todos, es un placer estar aquí, mi nombre es Daniel y acabo de mudarme a Madrid desde Cabo Verde. Viví en el sur unos meses, donde aprendí español-hizo una pequeña pausa para morderse el labio mientras clavaba la mirada en mis muslos. 

Se adelantó un paso más hasta quedar en frente de una chica. 

-Espero encajar aquí ya que adoro España, y sobre todo a la gente de aquí. 

-Muy bien Daniel, Bienvenido a Madrid y sobre todo Bienvenido a La Mérida, espero que te sientas a gusto. Por favor, toma asiento. 

Hizo una reverencia, pero que caballero, y se dirigió justo a la mesa vacía que había detrás de mí. Llego a mi lado y se detuvo. Bajó la cabeza y me susurro al oído. 

-No se si es algo típico que las chicas vayan a clase sin bragas, pero espero que todas sean como tú. 

Tiró la silla hacia atrás y se sentó. 

Sentí su olor clavarse en mi ADN y en mi ropa, olía a menta y madera. Olía a playa y a chocolate puro. Olía a sexo. Respiré aire fresco como si no hubiera un mañana, estaba taquicárdica perdida y mojada, muy mojada.

-Muy bien clase, hoy vamos a hablar de la revolución española.

Los directores David Valero y Adán Aliaga se cuelan en las nominaciones de los Goya

Artículo anterior

Star, todo lo que tienes de saber del nuevo contenido de Disney+

Artículo siguiente

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Carrito

Iniciar sesión Registrarse