Críticas

“Dios es mujer y se llama Petrunya”: La soga del patriarcado

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Dios es mujer y se llama Petrunya

La cultura en general, y en cine en particular, siempre deben poseer esa capacidad de intentar cambiar el mundo o siendo menos ambiciosos al menos abrid los ojos a la sociedad actual y tratar de enfrentar la problemática de nuestros tiempos cara a cara. Partiendo de esta base la directora, actriz y activista feminista Teona Strugar Miteskva ofrece, en su quinto largometraje, Dios es mujer y se llama Petrunya una incesante búsqueda de la igualdad entre géneros (tan perseguida y necesaria) sirviéndose de un acontecimiento real todavía vigente en su macedonia natal.

La naturalidad con la que se nos presenta al personaje principal, Petrunya, una mujer perdedora, sin futuro, pareja, trabajo y aún en casa de sus padres enlaza con la presentación de una sociedad aun más perdedora, retrograda y machista que encierra al espectador, al igual que a la protagonista, en una jaula de la que no puede salir y cuya evolución comenzará al coger la cruz en un acto tan espontáneo como reivindicativo.  

Miteksva construye siempre sus planos desde la mirada de Petrunya, con un enfoque intimísimo digno del cine americano “indie”, y en esa mirada se refleja físicamente la separación entre hombres y mujeres gracias a planos simétricos en los que los hombres quedan a un lado y las mujeres al otro.  La aparición de la multitud enfurecida tras el asalto de Petrunya hacia la cruz hace que la mirada intima de la protagonista se torne hacia una mirada más agresiva, personificada en la periodista de la película, que quiere sacar a la luz esta historia, es aquí cuando la película cambia de tono, y se rompe por momentos, para volverse más aguerrida y salvaje, la denuncia se vuelve más provocadora. Pero no tiene más efecto por ello, aunque es una gran excusa para que la directora se sirva inteligentemente de esa situación para hablar sobre la brecha salarial.

Así la película se construye en torno a dos mujeres, una la principal, mas apocada pero que realiza el acto sacrílego y la otra, menos moderada, con trabajo y  principios pero pisada también por la dominación masculina. Cada una se intenta alzar de la manera que puede; consiguiendo así una de las denuncias más vehementes y claras de los últimos años de la sociedad patriarcal, aunque su gran lunar se encuentra en la ejecución final al intentar cambiar de tono y adecuar sus métodos a los estándares del cine actual.

Pablo Vergara

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