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The Florida Project: el derrumbamiento de Disney World.

A partir de una misma realidad surgen, por lo menos, dos fenómenos en el hecho creativo: la recopilación de varios de sus elementos y la combinación creativa de ellos dando lugar a una obra a caballo entre lo conocido y lo nuevo. Cuál sea el predominio de uno de ellos respecto al otro revelará en parte el estilo, el criterio y los objetivos de su creador o creadora. Ahora bien, ¿qué posición habría de adoptar ante esas películas en las que no pasa nada? Es decir, en aquellas que parecen que filman la cotidianeidad de la vida, aunque dentro del marco de la ficción. Pues bien, esta categoría de películas, en la que podría situarse el cine naturalista, asienta el ojo crítico sobre lo que paradójicamente estamos menos acostumbrados: sobre la cotidiano.

 

La última película destacable de esta categoría proviene del cine independiente americano: es The Florida Project (2017) de Sean Baker, que viene a España con el objetivo, en palabras del propio director, de despertar conciencias para que, tras el visionado de la película, despierte la curiosidad entre los espectadores para que indaguen sobre la realidad de la América profunda: la de la gran masa de gente que vive en moteles de carretera cochambrosos al margen de la sociedad y en la periferia de territorios americanos santificados -como Disney World en este caso-.

 

La historia nos sitúa en el día a día de Halley, una jóven madre soltera interpretada por Bria Vinaite, que busca desesperadamente un trabajo para poder mantener a su hija, la estupenda Moonee (Booklynn Prince) y para cubrir la manutención semanal del apartamento del motel en el que tan solo pueden permanecer durante unas pocas semanas. Un motel pintado por un fuerte morado, en cuyas habitaciones americanos sin recursos económicos hacen de ellas un hogar. Un motel donde la realidad se sobrelleva a base de gamberradas y locuras, mediadas por Booby, una suerte de ángel de la guarda y gerente del motel, interpretado por Willem Dafoe, y nominado a los premios de la Academia a Mejor actor de reparto.

 

 

En The Florida Project, los protagonistas, residentes del motel, viven en estado de emergencia soñadora: ante la incertidumbre del futuro, la rebeldía se convierte en la máxima expresión de la libertad a la que están condenados -la de ser unos nadies-. El rechazo a la autoridad y a las normas surge como única vía de escape de la ardua situación de las familia rechazadas no sólo por el país, sino por los medios de comunicación. Su director se aleja del paternalismo y del aleccionamiento moral fácil que puede sustitar este tipo de obras, como algunos cineastas predilectos del cine social hacen de sus personajes ( por ejemplo Ken Loach o el español Fernando León de Aranoa). La mirada del director no deja indemne a las protagonistas a costa de un precio: visibilizar lo que América invisibiliza.

 

El espectador se introduce en el mundo de Halley y Moonee con facilidad, remitiéndolo a la dulce sensación de abandono de los placeres de la infancia. Con reminiscencias de su estilo libre e intuitivo (sobre todo de su famosa obra Tangerine (2015), que fue íntegramente grabada con un iPhone), Baker lo retoma para invitarnos a participar en el set de la película. Para desmontarnos, una vez más, la farsa del American dream; de cómo la libertad de los niños y adultos es depositada sobre paraísos capitalistas como Disney World, desviando la atención de los problemas de fondo. Baker nos alerta, con su The Florida Project, de esta terrible situación colocando la cámara y la palabra al servicio de unos habitantes pasajeros de sus propias vidas. Por ello el guión rezuma naturalidad y verdad. La sensación de creer que no pasa nada es, en última instancia, una prueba de ello, de su estilo natural impostado.

 

Carla Simón dirigiendo a Laia, intérprete de Frida

En nuestro país, contamos con otra obra con semejante vocación social y  es la multipremiada Verano 1993 de Carla Simón. Su paralelismo con The Florida Project se halla, sobre todo, en la calidad de retratar la vida sin estridencias; en su tratamiento sobrio de temas tan delicados como la muerte, el sida y la pobreza, así como el gran triunfo -por parte de ambas- en la exposición fiel y dignificante de la compleja psicología infantil. En ambas, sus protagonistas, Frida -la de Verano– y Moonee -la de Florida– son niñas que, como el espectador, se sitúan inicialmente en un punto de consciencia inconsciente de la problemática planteada hasta que, en determinado momento, su consciencia de la realidad (y la nuestra al mismo tiempo)  estalla inevitablemente como la fatal revelación del problema de fondo. El telón de fondo de estas dos películas- la desestigmatización del sida y el encuentro con la muerte de los padres, y la ilusión arraigada en un sistema capitalista materializado en una fábrica de sueños traicionera (como representa Disney World en la película)- hace de lo fatal, su necesidad, y de su expresión, el mérito y el valor de dos cineastas comprometidos con los problemas de su tiempo como Sean Baker y Carla Simón.

 

Sean Baker con las intérpretes de Halley y Moonee.

 

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Pablo Borrega

Del '97. Cinéfilo y nómada por el mundo en potencia. Estudiante de Psicología y Filosofía.

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