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Imagen promocional de Nikki García
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Nikki García: “He aprendido a enfrentar lo que escondía”

La artista reflexiona sobre el dolor, la terapia y el proceso de transformar heridas en canciones en un debut tan íntimo como valiente

Hay discos que se escuchan y otros que se atraviesan. El primer trabajo de Nikki García, Belleza y Terror, pertenece claramente al segundo grupo. Lejos de las fórmulas del pop inmediato, la artista construye un proyecto donde cada canción nace desde una necesidad emocional real, sin filtros ni artificios.

En conversación con Revista YOUNG, Nikki reflexiona sobre lo que implica mostrarse sin filtros, el peso de arrastrar historias durante años y la forma en la que la música puede convertirse en un espacio de reconstrucción personal.

La vulnerabilidad como punto de partida

Tu disco es muy honesto y emocional. ¿Sientes que te deja demasiado expuesta?

Sí, probablemente sí, pero no en el sentido en el que normalmente se plantea esa exposición. A mí no me asusta tanto lo que pueda pensar alguien que no conozco, alguien que escucha el disco sin contexto, porque al final esa persona no forma parte de mi vida. Donde realmente aparece el vértigo es en lo cercano, en la familia, en los amigos, en esas personas que de repente pueden escuchar cosas que no sabían o incluso partes de mí que ni yo misma había terminado de entender del todo.

Ahí es donde está la verdadera exposición, porque es donde se cruzan la vida personal y la artística. Aun así, no le tengo miedo a la vulnerabilidad. Me da respeto, sí, pero no miedo. Creo que forma parte del proceso natural de hacer un disco así. Si decides contar la verdad, tienes que asumir que esa verdad va a llegar a todo el mundo, también a quienes te conocen mejor.

Encontrarse en la propia voz

Después de tantos años poniendo voz a otros proyectos, ¿sientes que este disco es la primera vez que el público escucha realmente a Nikki?

Sí, completamente. He hecho muchas cosas antes, incluso he grabado otros proyectos musicales, pero siempre había algún tipo de filtro. O estaba cantando en inglés, lo que crea una distancia automática con el público español, o formaba parte de proyectos donde mi identidad quedaba más diluida.

Imagen promocional de Nikki García
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En este disco no hay ese filtro. Aquí soy yo, son mis historias, mis emociones, mi forma de procesar lo que me ha pasado. Y además, el hecho de hacerlo en castellano cambia completamente la forma en la que llega. La gente no solo escucha, sino que entiende, conecta, interpreta.

Por eso creo que este disco es, de verdad, la primera vez que alguien puede conocerme como artista y también como persona. No desde la interpretación, sino desde la identidad.

El idioma como puente emocional

Has trabajado en inglés durante años. ¿Cómo cambia la conexión con el público al cantar en castellano?

Cambia muchísimo, y no es solo una percepción, es algo que he podido comprobar de forma muy clara. Cuando cantas en inglés, incluso si la canción es muy bonita, la conexión suele quedarse en una capa más superficial. La gente puede apreciar la melodía, la producción, incluso la emoción general, pero no siempre entra en el contenido.

En cambio, cuando escribes en castellano, la reacción es completamente distinta. De repente hay una comprensión inmediata de lo que estás contando. La gente identifica los temas, se reconoce en ellos, los interpreta desde su propia experiencia.

Y en un disco como este, que no está pensado para bailar ni para un consumo rápido, eso es fundamental. Es un disco que pide ser escuchado con atención, casi desde un lugar íntimo. Si ese puente emocional no existe, el disco pierde gran parte de su sentido.

Canciones que llevan años dentro

Da la sensación de que este disco no se ha construido en poco tiempo. ¿Cuándo empiezas realmente a gestar estas canciones?

Las canciones como tal las he escrito en unos dos años y medio, pero lo que hay detrás viene de muchísimo antes. Hay historias que llevan más de una década dentro de mí, preguntas que me he hecho durante años, situaciones que no entendía o que no había terminado de procesar.

Todo eso ha ido madurando con el tiempo, muchas veces también en terapia, donde empiezas a revisar cosas que dabas por cerradas y te das cuenta de que siguen ahí. Cuando por fin te enfrentas a ellas de verdad, es cuando aparecen las canciones.

Por eso el disco tiene esa sensación de profundidad. No es algo que haya surgido de forma puntual, sino el resultado de un proceso largo, muy reflexivo, que en algún momento necesitaba salir.

Qué entra y qué se queda fuera

Imagen promocional de Nikki García
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Con un material tan personal, ¿cómo decides qué entra en el disco y qué no?

No ha habido una decisión racional, ni un análisis estratégico. Ha sido una cuestión de necesidad. Las canciones que están aquí son las que necesitaban salir, las que sentía que tenía que compartir sí o sí.

Hay otras historias que también he escrito o pensado, pero no me pedían esa exposición en ese momento. No necesitaba contarlas todavía. Y quizá en otro momento sí lo haga.

Este disco es como una urgencia emocional. Es ese momento en el que necesitas decir “esto me ha pasado” o “esto lo he vivido así” sin pensar demasiado en cómo se va a recibir. Y lo que no tenía esa urgencia, simplemente se ha quedado fuera.

Volver al dolor para entenderlo

Revives muchas heridas en el disco. ¿Te ha ayudado a cerrarlas o te ha hecho volver a sufrirlas?

Ambas cosas. Se vuelve a sufrir, eso es inevitable. Cuando vuelves a mirar algo que has intentado tapar durante años, duele. Pero es un dolor distinto, porque esta vez viene acompañado de comprensión.

Yo he sido muy de “esto ya pasó, sigo adelante”, pero el cuerpo no funciona así. Puedes convencerte de que algo está superado, pero si no lo has trabajado, sigue ahí. Se manifiesta en ansiedad, en insomnio, en tensión física… el cuerpo acaba hablando.

Entonces llega un punto en el que tienes que levantar la alfombra y ver qué hay debajo. Y eso implica enfrentarte a cosas que no te gustan: errores propios, heridas, situaciones que no supiste gestionar. Pero es la única manera de entender, de aceptar y de empezar a cambiar.

En ese proceso hay sufrimiento, sí, pero también hay liberación. Porque cuando entiendes lo que te pasa, empiezas a tener herramientas para no repetirlo o, al menos, para reconocerlo cuando vuelve a aparecer.

El final como renacimiento

La última parte del disco deja una sensación de apertura, casi de comienzo. ¿Está pensado así?

Sí, totalmente. Esa última canción nace en un momento muy concreto, en una etapa bastante dura emocionalmente. Yo estaba en un punto muy bajo, muy bloqueada, y necesitaba encontrar algo que me sacara de ahí.

Y fue algo muy sencillo: intentar aprender a tocar el cello. No tenía ni idea, literalmente empezaba desde cero, pero me obsesioné con algo muy básico, que era sacar una sola nota limpia.

Durante semanas, lo único que hacía era eso. Intentar sacar una nota. Y en ese proceso dejé de pensar en todo lo demás. Fue como volver a empezar, paso a paso, sin exigirme más de lo que podía dar en ese momento.

Por eso esa canción es casi una nana, una forma de acompañarte a ti misma cuando estás mal. Porque al final, cuando estás en ese punto, nadie puede entrar en tu cabeza salvo tú. Y lo único que puedes hacer es avanzar poco a poco, una nota cada vez.

El disco termina ahí porque ese era el lugar honesto donde estaba: no en la resolución total, sino en el inicio de algo más luminoso.

Crear desde la necesidad, no desde el mercado

Este no es un disco comercial. ¿Nunca pensaste en hacer algo más accesible?

No, porque no era lo que necesitaba hacer. Este disco existe porque tenía que existir así. Si no, no lo habría hecho.

Es un proyecto exigente, poco comercial en muchos aspectos, pero también es el único que me permite sentir que estoy construyendo algo de lo que puedo estar orgullosa. Yo quería tener un patrimonio artístico que me representara de verdad, y eso solo es posible si crees completamente en lo que estás haciendo.

No descarto que en el futuro me apetezca hacer otro tipo de música, incluso algo más ligero o más bailable, pero en este momento no tenía sentido. Este disco tenía que ser así, porque venía de un lugar muy concreto y muy real.

La creatividad, la intuición y el miedo a no acertar

Imagen promocional de Nikki García
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Hay una canción donde aparece esa sensación de enfrentarse a la hoja en blanco. ¿Cómo trabajas ese momento de no saber por dónde empezar?

Es un tema muy real para mí, porque aunque mi forma de componer es muy visceral, eso no significa que siempre sea fácil. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: cuando sabes que tienes algo importante que contar, aparece una presión enorme por hacerlo bien, por acertar a la primera, por encontrar la forma exacta de decirlo.

En esa canción, precisamente, parto de esa frustración. Yo sabía que quería escribir sobre ese bloqueo, sobre esa incapacidad de empezar, y me obligué a enfrentarme a ello. Me encerré en el estudio con la idea clara de que no iba a salir de ahí hasta tener algo, aunque fuese imperfecto.

Y en ese proceso apareció algo muy importante, que fue el concepto de no ser “francotiradora”. Yo tengo una tendencia muy marcada a eso: a esperar a que llegue la idea perfecta, el verso perfecto, y construir todo a partir de ahí. Es una forma de trabajar muy intensa, pero también muy exigente y, a veces, paralizante.

Cuando me dijeron “no tengas prisa, no quieras acertar a la primera”, algo hizo clic. Entendí que también se puede construir desde el error, desde la prueba, desde lo imperfecto. Y esa idea cambió completamente la forma en la que abordé esa canción y, en cierta medida, el resto del disco.

Entre la belleza y el dolor

El disco juega constantemente con esa idea de que no hay belleza sin dolor. ¿Es algo que tenías claro desde el principio?

Sí, porque es una sensación que he ido entendiendo con el tiempo. Para poder reconocer la luz, tienes que haber pasado por la oscuridad. Si no, no eres consciente de lo que tienes delante.

Al final, son dos caras de la misma moneda. No puedes separar una cosa de la otra. Muchas de las cosas bonitas que hay en el disco nacen precisamente de momentos muy difíciles. Y no porque el dolor sea algo que haya que buscar, sino porque cuando aparece y lo atraviesas, te deja aprendizajes que de otra manera no tendrías.

Ese equilibrio entre belleza y dolor es el que sostiene todo el proyecto. No hay una sin la otra.

Crear desde el bagaje emocional

Tu forma de componer es muy visceral. ¿Necesitas ese bagaje emocional para escribir así? ¿Depende tu música de lo que te pase?

Tengo bagaje de sobra, no te preocupes. Incluso si ahora mismo decidiera no vivir nada especialmente intenso durante un tiempo, seguiría teniendo muchísimo material dentro.

Es verdad que mi forma de escribir es muy visceral, muy conectada a lo que siento, pero no creo que dependa únicamente de lo que me esté pasando en el presente. Hay muchas experiencias acumuladas, muchas historias que todavía no han salido, muchas emociones que siguen ahí esperando su momento.

Lo que sí es cierto es que este disco nace desde un lugar muy concreto, muy honesto, y por eso tiene esa carga emocional tan fuerte. Pero eso no significa que en el futuro todo tenga que ser igual.

La música frente al mensaje

Escuchando el disco, da la sensación de que la voz y el mensaje están por encima de la música. ¿Lo sientes así?

Me parece muy interesante que lo percibas así, porque creo que en realidad hay un equilibrio muy trabajado, aunque no sea evidente a primera escucha.

Mi productor ha hecho un trabajo muy consciente en ese sentido. Por ejemplo, en algunas canciones ha invertido la lógica habitual del pop. Donde normalmente el estribillo crece y se vuelve más grande, aquí ocurre lo contrario: las estrofas se expanden y el estribillo se recoge, se hace más íntimo.

Eso tiene que ver con lo que se está contando. Hay canciones donde las estrofas avanzan, evolucionan, mientras que el estribillo es como un bucle emocional, una idea que vuelve una y otra vez. Y la música acompaña eso.

Entonces sí, la voz y el mensaje tienen mucho peso, pero la música está construida para sostener precisamente esa forma de narrar.

Rechazar lo superficial

¿En algún momento te planteaste hacer un disco más accesible o menos exigente emocionalmente?

No, porque no era lo que necesitaba hacer. Este disco existe porque tenía que hacerlo así.

Es un proyecto poco comercial, eso es evidente, pero también es el único que me permitía ser honesta conmigo misma. Yo no quería hacer algo superficial, no quería hacer canciones que no me representaran solo por el hecho de que pudieran funcionar mejor.

Para mí era importante construir algo que sintiera como propio, como un patrimonio artístico del que poder estar orgullosa. Y eso solo es posible si crees de verdad en lo que estás haciendo.

Quizá en otro momento me apetezca explorar otros registros, incluso algo más ligero o más orientado al baile, pero este disco no podía ser otra cosa.

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