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El autor Blue Jeans (Francisco de Paula Fernández)
El autor Blue Jeans (Francisco de Paula Fernández)

Blue Jeans: «El mundo del libro, desde fuera, parece muy idílico»

El autor reflexiona sobre rivalidades, contratos, presión en la industria y cómo ha sido escribir su libro más exigente

Después de 18 novelas y más de 15 años viviendo de la escritura, Blue Jeans —nombre literario de Francisco de Paula Fernández— sigue abordando cada libro como si fuera el primero. Su nueva obra no solo plantea una historia de misterio, sino que abre la puerta a un universo poco explorado: el lado menos visible del mundo editorial.

En La última vez que pienso en ti, Blue Jeans construye una historia que gira en torno a Ángela, una joven escritora que ve cómo su vida cambia tras publicar su primera novela, y Arán, un chico que, tras un encuentro tan breve como intenso, queda marcado por su desaparición. A partir de ese momento, la trama se despliega entre secretos, sospechas y una investigación que avanza al ritmo de sus decisiones, donde ambos personajes se convierten en el motor emocional de un relato que combina thriller, amor adolescente y una mirada poco habitual al mundo editorial.

En esta conversación con Revista YOUNG, el autor habla sin filtros sobre su trayectoria, la realidad de la industria y los desafíos personales que han marcado su última novela. Descubre más entrevistas en nuestra categoria de libros.


Llevas 18 libros publicados. ¿Qué te sigue motivando a escribir después de tanto tiempo?

Creo que tiene mucho que ver con la ilusión, incluso más que al principio. Al final, escribir se convierte en algo muy parecido a lo que siente un futbolista al saltar al campo o un cantante al subirse a un escenario. Siempre hay nervios, siempre hay ganas, siempre hay esa energía previa que te impulsa.

En mi caso, me motiva todo. El lector, el hecho de que una editorial siga confiando en mí después de tantos años, haber conseguido convertir mi pasión en mi trabajo… eso no es algo que pueda dar por hecho. Soy consciente de que muy poca gente puede decir que vive de los libros que escribe, y yo llevo más de 15 años haciéndolo.

Pero también hay algo muy importante: el reto. Cada nueva novela es un desafío distinto. No se trata solo de escribir otra historia, sino de superarte, de no repetirte, de seguir encontrando algo que contar. Y también está esa conciencia de que todo esto puede ser efímero. Por eso intento vivirlo libro a libro, sin pensar demasiado en el futuro.

«Tengo la suerte de llevarme bien con prácticamente todo el mundo»

En esta novela entras de lleno en el mundo editorial. ¿Existe realmente esa rivalidad entre autores que planteas?

Sí, existe. Todo lo que aparece en el libro tiene una base real. Evidentemente está llevado al extremo, exagerado en algunos casos para que funcione narrativamente, pero son situaciones que están ahí.

Por ejemplo, en eventos como Sant Jordi, donde hay muchos autores firmando juntos, se generan dinámicas curiosas. Puedes estar firmando al lado de alguien que tiene una cola enorme mientras tú tienes menos gente, o al revés. Y eso, inevitablemente, genera sensaciones. A veces es algo totalmente normal, incluso sano, pero otras veces hay cierta incomodidad o comparaciones.

También hay comentarios, pequeñas pullas, críticas hacia los best sellers… cosas que se dicen en voz baja, pero que existen. Igual que en cualquier otro sector. No todos los autores se llevan bien, aunque también es verdad que muchos sí. En mi caso, tengo la suerte de llevarme bien con prácticamente todo el mundo, pero sería ingenuo decir que no hay rivalidad en la industria.

Has esperado 18 libros para abordar este tema. ¿Es un punto de inflexión en tu carrera?

No lo veo como un punto de inflexión, sino como una historia que me apetecía contar en este momento. La idea surgió después de participar en un festival literario en Barcelona, y se juntó con algo que siempre había tenido en mente, que es todo lo que ocurre alrededor de eventos como Sant Jordi.

El mundo del libro, desde fuera, parece muy idílico: la inspiración, las musas, el romanticismo de escribir… pero detrás hay una realidad mucho más compleja. Hay presión, hay frustraciones, hay situaciones complicadas, especialmente para los autores que empiezan.

Yo ya he tratado temas duros en otras novelas —bullying, trastornos, problemas sociales—, pero esta vez quería hablar de algo que conozco muy de cerca y que no siempre se cuenta.

«También hay que tener cuidado con ciertas editoriales que prometen mucho»

En el libro hablas de contratos, porcentajes, editoriales… ¿qué debería tener en cuenta alguien que empieza en este mundo?

Es un tema del que casi no se habla, y creo que es importante visibilizarlo. Hay muchos autores jóvenes que quieren publicar y que, por desconocimiento, acaban aceptando condiciones que no son buenas.

Un contrato estándar para alguien que empieza debería rondar el 10% de royalties. Es una base razonable. Es verdad que hay casos donde se empieza por debajo, yo mismo empecé con un 8%, pero lo normal es que a partir de ahí vaya subiendo.

También hay que tener cuidado con ciertas editoriales que prometen mucho sin haber leído siquiera el manuscrito. A veces te ofrecen publicar, pero luego descubres que tienes que pagar tú, que no hay distribución real o que el libro apenas tiene visibilidad.

El autor Blue Jeans, fotografia de Ester Ramón
El autor Blue Jeans, fotografia de Ester Ramón

Y luego está el lado empresarial de la industria. No hay que olvidar que las editoriales son empresas. A veces las cosas no salen bien, desaparecen, cambian… A mí me pasó con mi primera editorial, Everest, que no cumplió como esperaba. Tuve la suerte de que Planeta apostó por mí después, pero no siempre ocurre así.

«Esta novela me ha permitido explorar más la primera persona»

¿Qué has aprendido con esta novela que no hubieras aprendido en las anteriores?

Varias cosas. A nivel narrativo, me ha permitido explorar más la primera persona, algo que apenas había hecho antes. Me he dado cuenta de que disfruto mucho escribiendo así, porque te metes completamente en la cabeza del personaje.

También he aprendido mucho a nivel técnico, investigando cómo funcionan los Mossos d’Esquadra, por ejemplo. Siempre hay una parte de documentación importante en este tipo de novelas.

Pero, sobre todo, ha sido una novela complicada a nivel personal. He tenido problemas de salud durante la escritura, concretamente de visión. He tenido que escribir prácticamente con un solo ojo, con molestias constantes. Eso me ha obligado a adaptarme, a cambiar rutinas, incluso a escribir en casa cuando siempre he sido de cafeterías.

Ha sido un proceso duro, pero también muy enriquecedor. Con el tiempo, creo que recordaré esta novela como una de las más difíciles, pero también de las que más me han enseñado.

Trabajas con muchos personajes y tramas. ¿Cómo gestionas esa complejidad?

Es verdad que hay mucha complejidad, pero curiosamente gran parte la tengo en la cabeza. Aun así, con el tiempo he necesitado apoyarme más en herramientas externas. Ahora utilizo una pizarra donde voy colocando líneas temporales, relaciones entre personajes e incluso niveles de sospecha con imanes de colores.

Puede parecer algo muy técnico, pero es necesario. Por ejemplo, si en la historia alguien muere a una hora concreta, no puede aparecer vivo más adelante. Son detalles que parecen obvios, pero que en una novela con muchas capas pueden escaparse fácilmente.

Dicho esto, intento no encorsetar demasiado a los personajes. Para mí es fundamental que evolucionen. Las personas no somos estáticas, reaccionamos según lo que nos pasa, y eso es algo que quiero reflejar. Si a un personaje le ocurre algo importante, no puede seguir actuando igual que antes. Esa evolución no siempre está planificada al milímetro, muchas veces surge mientras escribo, y eso también hace que la historia se mantenga viva.

Los personajes de BLue Jeans tienen vida propia

¿Te ha pasado alguna vez que un personaje “te lleve” por otro camino?

Sí, constantemente. De hecho, hay personajes que, mientras los escribo, me generan esa sensación de “no hagas eso”, como si yo mismo fuera un lector más.

Ángela, por ejemplo, es un personaje que provoca mucho eso. Sabes que va a tomar decisiones que no son las más lógicas o las más cómodas, y aun así las toma. Y como autor, a veces te desespera un poco, pero al mismo tiempo entiendes que es necesario para la historia.

Eso es lo bonito de escribir: puedes crear personajes que no se comportan como tú lo harías, que incluso se equivocan constantemente. Y precisamente ahí está el interés, porque generan conflicto, tensión, dudas en el lector.

Al final, los personajes tienen su propio recorrido dentro de la historia, y tú tienes que acompañarlos, no imponerles todo.

Llegaste a cambiar el final en el último momento. ¿Cómo fue ese proceso?

Fue bastante loco, la verdad. Tenía el final completamente escrito, lo mandé a mi editora y, literalmente minutos después, mientras estaba comiendo, empecé a pensar que quizá no era la mejor opción. De repente se me ocurrió otra posibilidad, otro enfoque que le daba un giro distinto a todo. Y sentí que era mejor, más potente, más coherente con lo que quería transmitir.

Así que le escribí enseguida para decirle que iba a rehacerlo. Reescribí los tres últimos capítulos y le mandé las dos versiones para que valorara. Finalmente nos quedamos con el nuevo final, que también es el que más me convencía a mí.

Eso demuestra que, incluso cuando parece que todo está cerrado, la historia sigue evolucionando hasta el último momento.

La escritura

¿Cómo ha evolucionado tu forma de escribir con los años?

Ha cambiado bastante. Al principio escribía con mucha más espontaneidad, sin filtros, dejándome llevar completamente. Era una escritura más impulsiva, más fresca.

Ahora todo está más trabajado. Hay más estructura, más revisión, más conciencia de lo que estoy haciendo. Los libros están mejor construidos, pero también es verdad que esa frescura inicial es difícil de mantener.

No creo que sea ni mejor ni peor, simplemente es distinto. Es una evolución natural. Con el tiempo aprendes más, controlas más herramientas, pero también pierdes un poco esa ingenuidad inicial que, en algunos casos, tenía mucho encanto.

«El amor en la juventud se vive de forma que no tiene que ser lógica»

El personaje de Arán vive esa obsesión por encontrar a Ángela desde un primer encuentro. ¿Te planteaste que pudiera resultar poco creíble?

Sí, es algo que puede generar dudas, y lo entiendo. Pero yo parto de una base muy clara: ese tipo de sentimientos existen.

El autor Blue Jeans, fotografia de Ester Ramón
El autor Blue Jeans, fotografia de Ester Ramón

Yo mismo los he vivido. Recuerdo una etapa en una residencia de estudiantes donde, en cuestión de semanas, sentí emociones con una intensidad brutal. Amistad, amor, rechazo… todo se vivía como si fuera definitivo. Como si en un mes hubieras vivido lo de diez años. Ese tipo de intensidad, ese “todo o nada”, es muy propio de la adolescencia o de la juventud. Y aunque desde fuera pueda parecer exagerado, es completamente real para quien lo está viviendo.

Además, en la historia no es solo un flechazo. Es un primer beso que marca, y justo después, una desaparición en circunstancias extrañas. Eso genera una necesidad de entender qué ha pasado, de cerrar esa historia, de saber si lo que has sentido era real.

Arán no solo busca a Ángela por amor, sino por necesidad emocional, por respuesta. Y eso, aunque pueda parecer extremo, es algo que ocurre.

¿Crees que esa intensidad es lo que conecta con el público joven?

Totalmente. Cuando eres joven, todo lo vives al límite. No hay medias tintas. Lo bueno es increíblemente bueno y lo malo parece el fin del mundo. Con los años aprendes a relativizar. Te das cuenta de que las cosas no son tan definitivas, de que todo pasa. Pero en ese momento, cuando lo estás viviendo, no lo sientes así. Y eso es lo que intento reflejar en mis novelas. Esa intensidad, esa urgencia, esa manera de sentir sin filtros. Porque es real, porque todos hemos pasado por ahí en algún momento.

También creo que por eso conectan con lectores jóvenes. Porque se ven reflejados, porque reconocen esas emociones como propias, aunque desde fuera puedan parecer exageradas.

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