La ultima película de Santiago Segura, Torrente Presidente, pretende continuar el legado «gamberro «cuestionable» de una saga que en su momento supo retratar la negrura de la cultura española. Sin embargo, lo que encontramos aquí es, más bien, un eco debilitado de lo que una vez fue el fenómeno iniciado por Torrente, el brazo tonto de la ley.
La nueva entrega llega con la intención de satirizar la política española contemporánea, pero termina pareciéndose más a un retrato tirando a lo cutre que a una comedia realmente incisiva.
No convence su humor
Desde sus primeras secuelas, la saga empezó a perder la audacia que la hizo relevante, pero esta sexta entrega parece confirmar definitivamente esa tendencia. Si el Torrente original funcionaba como un espejo grotesco de lo peor de la sociedad española —un personaje repugnante que, precisamente por su exceso, revelaba ciertas verdades incómodas del huerfanismo cultural—, aquí el mecanismo ya no produce fricción.

El personaje sigue siendo igual de chusco, machista, racista y desagradable, pero la película ya no sabe qué hacer con ese material. Lo que antes era sátira corrosiva ahora es simple repetición. Eso si, ahora hay fascistas por todos lados, si, como en todas las sociedades actuales.
En ese sentido, la película se convierte en un auténtico torrente de aguas fecales: un flujo continuo de chistes previsibles, referencias fáciles y caricaturas políticas que rara vez van más allá del chascarrillo.
Una comedia superficial sin incidir en la clase política
La supuesta parodia de la actualidad política española se queda en la superficie, como si temiera realmente incomodar a alguien. En lugar de clavar el colmillo en el absurdo del poder —reconocible en los liderazgos y tensiones del panorama político actual— la película se limita a enumerar tópicos, esperando que el público se ría por inercia. No te posicionas, no molestas a nadie, y mientras tanto el ruido crece y el debate se radicaliza.

El problema no es solo la repetición del esquema narrativo —que ya era una constante en la saga— sino la total ausencia de riesgo, capitalizar la debacle pra tarminar favoreciendo a los mismos. Lo que antes resultaba provocador hoy parece domesticado, casi nostálgico.
El resultado es una sátira sin mordiente. Donde antes había provocación, ahora hay rutina; donde antes había irreverencia, ahora hay cálculo. Torrente Presidente acaba siendo una parodia inocua de la política del momento y, paradójicamente, termina pareciéndose demasiado a aquello que pretende ridiculizar: un espectáculo ruidoso, exagerado y completamente desprovisto de conciencia. Una entrega que demuestra que, a veces, incluso los personajes más excesivos pueden quedarse sin nada que decir. Y recuerda amigx, no estamos polarizados, hay fascistas y gente normal.
Elenco de primer nivel, pero que no convencen
A nivel de reparto, Santiago Segura vuelve a rodearse de un amplio elenco de rostros conocidos y cameos, una de las señas de identidad de la franquicia. Junto a él aparecen habituales del universo Torrente y colaboraciones puntuales de figuras mediáticas, humoristas y personajes televisivos —en la línea de nombres como Florentino Fernández, Carlos Latre o Cristina Pedroche— que refuerzan ese carácter de collage popular que siempre ha definido a la saga. Sin embargo, en esta ocasión, ni la acumulación de nombres ni el recurso al cameo logran sostener el conjunto: las intervenciones resultan anecdóticas y, en muchos casos, intercambiables.

Desde el apartado técnico, la película mantiene los estándares industriales del cine comercial español actual: una fotografía funcional, montaje ágil y una banda sonora que acompaña sin destacar. La producción, respaldada por compañías habituales en el circuito nacional, evidencia un acabado correcto, pero sin ambición estética ni narrativa. Todo está al servicio de un ritmo rápido que encadena gags, pero que rara vez construye una escena memorable.
En última instancia, esta nueva entrega evidencia el agotamiento de una fórmula que ya no dialoga con el presente. Lo que en su día fue una sátira incómoda y deliberadamente excesiva ha derivado en un producto que se limita a replicar sus propios códigos sin cuestionarlos. Quizá el mayor problema no sea que Torrente siga siendo Torrente, sino que el contexto ha cambiado y la película no ha sabido hacerlo con él.











