Walls fotografía promocional
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Walls: «Aceptar que me voy también es un acto de amor»

Walls presenta su nuevo álbum "El Día que me Olvides"

Hay discos que se escuchan y otros que se atraviesan. El día que me olvides, el nuevo trabajo de Ginés Paredes, conocido por su nombre artístico Walls, pertenece claramente al segundo grupo. Un álbum rockero, introspectivo y profundamente humano que no busca respuestas fáciles ni grandes consignas, sino entender qué ocurre cuando uno se detiene a mirar su vida con honestidad.

A lo largo de esta conversación larga y sin prisas, Ginés habla de exigencia, identidad, miedo, fama, atajos, muerte, despedidas y del vértigo que implica mostrarse vulnerable cuando tu trabajo consiste precisamente en exponerte. Más que una entrevista promocional, este encuentro se convierte en un espacio de reflexión compartida, donde el artista se permite pensar en voz alta y el oyente —o lector— encuentra un lugar donde reconocerse.

Oye, Ginés, me ha hecho muchísima gracia descubrir que Walls es tu apellido, Paredes. Es una tontería, pero pensé: este tío tiene cabeza. Me hizo gracia.

A ver, me lo puse con 14 años, tío. Y la verdad es que ahora, en pleno 2026, ya no me gusta tanto. Pero bueno, si a ti te mola, te lo agradezco.

Lo que pasa es que cambiarlo ahora sería pegarse un tiro en el pie en cuanto al proyecto se refiere. Al final es el nombre con el que he construido todo y tampoco me obsesiona ya tanto. Está ahí y ya forma parte de mí, aunque no sea algo que hoy elegiría de cero.

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Acabas de publicar El día que me olvides. Es un disco muy íntimo, muy rockero, pero también muy roto. Hay una sensación constante de análisis vital: las relaciones, la familia, la música, la sociedad, el hecho de ser artista. Quiero preguntarte por el orden del disco. ¿Por qué este orden de canciones y por qué terminar precisamente con la canción que le da nombre? ¿Por qué te despides al final?

Bueno, el orden del disco está elegido, evidentemente, por una cuestión sonora, como siempre. Todos los discos que he hecho hasta ahora han tenido un orden muy pensado desde ese punto de vista. Pero en este caso también había una cuestión muy clara de narrativa.

Yo quería terminar el álbum por todo lo alto, de una manera épica, casi celestial, por así decirlo. A diferencia de otros discos, que los he terminado de una forma más cañera, más saltando, más arriba. Creo que aquí ya no estábamos en ese punto vital.

Y luego, a nivel de narrativa, es un álbum en el que me voy reconciliando conmigo mismo. Al principio, en los primeros tres temas, hay como un bloque muy claro de negación. Negación a tener que marcharme, a tener que despedirme, a aceptar ciertos cambios. Y poco a poco el disco va avanzando hasta que al final lo acepto.

Pero no lo acepto de una forma amarga, sino con cariño. Hay un ejercicio muy grande de humildad, de verme pequeño. Yo creo que ese es un poco el leitmotiv del álbum, la verdad. Ese proceso de pasar de resistirte a aceptar, y hacerlo sin rabia.

La gente de plástico y la responsabilidad de tener voz

Hay un personaje o una idea de la que intentas separarte mucho en el disco, la de la “gente de plástico”, que aparece mencionada en más de una canción. ¿Crees que hay dos tipos de artistas: los que hacen música desde el corazón y los que se imponen una moda para vender?

Creo que sí, y creo que eso pasa en todo, no solo en la música. Lo que pasa es que como la música para muchos de nosotros es algo casi sagrado, le damos todavía más importancia. Y eso está bien.
Pero cuando yo hablo de la gente de plástico no me refiero exclusivamente a músicos. Sí que hay músicos que son de plástico, que son víctimas de las tendencias que se imponen, pero no es solo eso.

En Carro bonito, que es donde hablo de esto, hago una crítica más general al mundo en el que vivimos. A este mundo de sobreexposición constante, donde las personas con más seguidores muestran una vida idílica que no existe. Muchas veces sin conciencia del mundo en el que viven, ni conciencia de clase. Te dicen que no te pierdas la etapa de tu vida de irte a Bali cuando la mayoría de chavales de esa edad no pueden ni pagarse un alquiler.

No considero que todo el entretenimiento tenga que ser político ni que todo tenga que estar ligado a causas sociales. El entretenimiento también es entretenimiento. Pero sí creo que la gente que tiene voz tiene un privilegio, y ese privilegio conlleva una responsabilidad. No digo adoctrinar ni nada de eso, pero al menos ser consciente del lugar desde el que hablas.

Escuchando el disco da la sensación de que hay mucha madurez. No tanto una ruptura musical, sino una ruptura contigo mismo. ¿Sientes que este Ginés que aparece aquí es distinto y que este disco marca un antes y un después?

Sí, desde luego. Siempre que acabo un proyecto pienso que he encontrado mi sonido y luego nunca acaba siendo así. Pero sí que creo que este es el álbum en el que la opinión que tengo yo de mí mismo respecto a la calidad del disco es la que más se parece a la realidad.

Me explico. Cuando saqué Los niños del parque pensaba que era el mejor álbum de la historia. De verdad. Y ahora considero El día que me olvides mejor que Los niños del parque, pero soy consciente de que no es el mejor álbum de la historia. Y eso, aunque parezca una tontería, para mí es un paso grande.

Exigencia, autodestrucción y romper para volver a empezar

¿Dirías entonces que este es el mejor disco que podías haber hecho en este momento?

Hombre, claro. Si lo he sacado es porque pensaba que no podía hacer algo mejor. No saco cosas por falta de tiempo ni por cumplir plazos. Otra cosa es que dentro de seis meses lo escuche y diga: aquí habría hecho esto de otra manera, esto lo cambiaría. Pero eso es parte del crecimiento.

Yo soy muy autodestructivo, tío. Me mola cargarme y odiar todo lo que he hecho hasta ahora para poder hacer algo nuevo. Es una cosa que tengo muy interiorizada.

Siempre has tenido esa dinámica de ir rompiendo con lo anterior para encontrar un nuevo Walls. ¿Eso va a seguir pasando?

Romper, quizás. Pero creo que todos los cambios que he ido dando han sido orgánicos. De puertas para afuera se ven orgánicos, porque lo son. Pero de puertas para adentro el proceso es bastante más duro.

Me refiero a ese ejercicio de decir: “tío, esto es una mierda”, o decirle a un colega “quita esta canción, esta canción es una mierda”, cuando en el momento en que la hiciste te flipaba. A eso me refiero con romper. Luego con el tiempo hay canciones que veo que sí van a durar más en mi repertorio, pero el proceso interno es bastante salvaje.

Nunca conformarse y aprender a exigir más

Escuchándote, da la sensación de que eres muy exigente contigo mismo, incluso bastante duro en cómo te hablas. ¿Siempre ha sido así o ahora lo es más?

Con este álbum estoy contento, estoy feliz y estoy orgulloso. Creo que es un buen disco y estoy orgullosísimo de él. Y a lo mejor dentro de un año sigo estándolo.
Pero he aprendido a abrazar ese sentimiento de querer hacerlo mejor. Cuando me entra esa voz que dice “tío, esto puede ser mejor”, no significa que no esté orgulloso de lo que ya he hecho.

Estoy orgulloso de todos mis proyectos porque todos corresponden al momento vital en el que estaba. Pero si me quedo ahí, no avanzo como artista. Cada vez soy más exigente porque cada vez quiero expresar mejor lo que siento. Indagar más, no quedarme en la superficie, no quedarme en contar lo mismo de siempre.

Antes hablaba de beber, de la habitación desordenada, de cosas muy concretas. Ahora intento buscar otra manera de expresarme. No es ni mejor ni peor, es simplemente evolución.

¿Sientes que ahora eres más exigente que cuando empezaste?

Sí, porque la perspectiva que tengo de mí mismo cada vez es más acorde a la realidad. Para mí uno de los peores problemas que puede tener un artista es que la opinión que tiene de sí mismo sea muy distinta a la que tiene el mundo de él.

Si tú piensas que lo que haces es increíble y eres incapaz de verle defectos, probablemente no lo sea. Eso puede venir del ego, de no escuchar música, de muchas cosas. Ser exigente es lo que te hace mejorar, aunque sea incómodo.

Tomarse en serio el proyecto y entender el oficio

Mirando tu trayectoria, ¿en qué momento empezaste a tomarte en serio tu proyecto como compositor? ¿Cuándo dijiste: aquí hay un Walls y esto ya es en serio?

Para mí hay dos puntos de inflexión claros. El primero fue cuando me mudé a Madrid y empecé a hacer Los niños del parque. Ahí empecé a coger una rutina de estudio. Yo he compuesto toda mi vida, desde que era un crío, pero ahí ya componía con gente esperando algo de mí.

Ya no era solo mi hobby. Mi hobby es componer. Lo que pasa es que ser artista no es un hobby. Ahí entendí que había un público, un equipo, un contexto. Ese runrún siempre está en la cabeza, aunque haya artistas que te digan lo contrario.

El segundo punto fue con este disco. Llevo más de un año y medio haciéndolo, desde junio de 2024. Fue el momento en el que dije: “tío, tienes que hacer un disco de verdad”. Estuve a punto de tomar malas decisiones, atajos para conseguir una fama más fácil, pero también más fugaz.

¿Qué tipo de atajos eran esos?

No puedo entrar en detalles, pero básicamente venía de un momento en el que sentía que cosas de Luna 18 no habían terminado de funcionar. Veía todo el faranduleo y pensaba: “yo no estoy aquí”. Quería sacar una canción que funcionase rápido.

Eso conllevaba convertirme en un tipo de artista que no quiero ser. Me fui a Dublín con mi madre, entré en un pub y vi a un tío cantando una canción de Oasis que todo el mundo se sabía, una canción de hace treinta años. Y pensé: yo quiero eso.

Mi madre me dijo que no se me ocurriera tomar ese camino. Decidí no hacerlo y luego saqué Lo que quieras conmigo, que funcionó. Al final hay que hacer caso a lo que sientes.

La muerte, la despedida y el sentido de cerrar el disco así

Por eso terminas el disco con El día que me olvides. ¿Por qué cerrar así, con esa carta final tan definitiva?

Porque yo sabía que quería una outro. Sabía que quería una canción que funcionara tanto en el disco como en los conciertos como el final de una película. Como cuando ves una película que te emociona mucho, una hora y media de acción, de intensidad, de adrenalina, y sales del cine llorando, pero bien, con algo removido por dentro.

Este disco habla mucho de despedidas. Y no hay despedida más definitiva que morirse. Después de pasarme un disco entero peleándome conmigo mismo, castigándome, reprochándome cosas y luego reconciliándome, aceptar que me voy a marchar y decirle a la otra persona “haz tu vida” me parecía el cierre más honesto.

El mayor acto de amor que yo te puedo mostrar y que tú me puedes mostrar a mí es que rehagas tu vida. El día que me olvides puede parecer una canción triste, pero para mí no lo es. Es una canción bonita. Tenemos la muerte muy estigmatizada, pero es algo que nos va a tocar a todos. Y las despedidas, aunque duelan, también pueden ser bonitas.

Si retrocedemos un año y medio, cuando aún no habías empezado a componer el disco, ¿qué Ginés querías analizar? ¿Qué estaba pasando por tu vida en ese momento?

La verdad es que estaba bien. No estaba mal. Pero me sentía poco artista. Sentía que no le estaba contando nada a la gente. Que estaba mostrando una versión muy superficial de mí mismo, que estaba empezando a convertirme, en parte, en algo que yo mismo criticaba.

Recuerdo pensar: tío, voy a empezar a mostrarme más en la música. Voy a intentar no hacer canciones solo sobre lo que hago por la noche o dejo de hacer, sino hablar de cómo me siento al día siguiente. Sentía que había mucha música muy buena, pero también mucha música muy banal, música que no dice nada. Y yo no quería formar parte de eso.

Mostrar vulnerabilidad y decidir hasta dónde abrirse

¿Cómo has gestionado esa parte tan personal a la hora de escribir? ¿Has dudado en algún momento sobre qué contar y qué no?

Descartes hay siempre, pero no por miedo a contar algo. Para hacer un disco tienes que descartar mucha música y quedarte con lo que más te gusta. Sí que me rayo a veces por alguna palabra, alguna expresión, algo que pueda sonar malsonante o demasiado explícito.

Pero en general siempre intento contar cómo me siento. Quizá como cuando le cuentas algo a tu madre y solo le cuentas la piel de la naranja. No entro en todo el detalle, pero sí soy preciso en lo emocional. Aunque sea de manera metafórica, intento ser honesto con cómo estoy.

A lo largo de la entrevista aparece mucho tu madre. ¿Qué reacción tuvo al escuchar el disco?

Mi madre sabe cómo soy desde que era un crío. Le he dado la murga con el tema de la muerte desde siempre. Ella cuenta que cuando tenía tres años me despertaba por la noche para preguntarle cosas sobre eso, que ya entonces tenía esa inquietud. Es algo que siempre ha estado ahí, aunque yo haya ido cambiando la forma de expresarlo con los años.

Yo no quería que escuchara el disco antes de que estuviera todo completamente cerrado. Me daba cierto reparo. Quería que lo viera ya con la portada, con el concepto, con todo en su sitio. Aun así, se lo pasé estando ella en Murcia y yo en Madrid. Cuando lo escuchó me dijo que le había gustado mucho.

Sí que es verdad que hay canciones en las que me pregunta si estoy bien, si de verdad lo estoy. Pero mi madre es la primera persona que sabe cómo estoy solo con mirarme. No hace falta que le explique nada ni que intente maquillar las cosas. A ella no le puedo mentir, me conoce demasiado bien.

Liberación emocional y el parche que es escribir canciones

Después de retratar una parte tan íntima, ¿cómo te sientes ahora?

Liberado, quizá. Es una sensación extraña, porque tampoco creo que escribir canciones solucione los problemas de verdad. No quiero romantizar eso. Para mí es más bien un parche. Los problemas reales se solucionan hablando, enfrentándolos, yendo a terapia si hace falta, haciendo el trabajo que hay que hacer fuera de la música.

Pero escribir una canción sí me sirve como una especie de alivio momentáneo. Es como si durante un rato pudiera soltar un peso, ordenar un poco lo que tengo dentro y respirar. No es una solución definitiva, pero sí un espacio donde puedo ser honesto conmigo mismo sin filtros, aunque sea durante ese tiempo que dura la canción.

Luego la vida sigue y los problemas siguen ahí, pero ese momento de liberación, por pequeño que sea, para mí tiene mucho valor y es una de las razones por las que sigo escribiendo.

De todo el proceso de hacer un disco, ¿qué parte te resulta más incómoda o pesada?

Hay tres momentos que para mí son los más jodidos. El primero es empezar, hacer las primeras canciones y elegir cuáles van a ser las tres primeras. El segundo es darle un concepto visual al disco, porque en este caso el concepto es un sentimiento y eso no se puede ver.

En discos anteriores era más fácil. Luna 18 era una luna, se entendía rápido. Pero El día que me olvides es algo abstracto, emocional. Y el tercer momento es cuando llevas ocho o nueve canciones y empiezas a descartar, porque quieres que todas estén a la altura.

La identidad visual y mostrarse sin coraza

¿Cómo resolviste esa identidad visual tan ligada a un sentimiento?

Tenía muy claro que quería mostrarme más humano, más costumbrista, más cercano. Sentía que durante mucho tiempo la figura del artista, y especialmente la del rockero, va acompañada de una especie de coraza, de un personaje que parece que siempre tiene que estar por encima de todo, fuerte, seguro, intocable. Y yo ya no estaba en ese punto ni quería seguir sosteniendo esa imagen.

Me apetecía justo lo contrario: abrir esa coraza, quitarme capas y mostrarme tal y como estaba en ese momento. Si tenía que salir sudando, cansado o vulnerable, que se viera. No quería esconderme detrás de una pose ni de una estética que no me representara del todo. Quería que la gente sintiera que estaba delante de una persona real, no de un personaje.

Todo ese proceso lo trabajé muy de la mano de Max Lusson, que ha sido clave como director del proyecto. Supo entender muy bien lo que quería transmitir y ayudarme a darle forma sin traicionar esa intención inicial. Gracias a ese trabajo conjunto, creo que el disco pudo salir adelante manteniendo esa honestidad que para mí era imprescindible.

Sentirse pequeño, no encajar y construir la identidad propia

Hay una frase en Barriles de pólvora que se me quedó tatuada: esa idea de empequeñecerse. ¿Ha habido algún momento en tu carrera en el que te hayas sentido tan pequeño como para plantearte dejarlo todo?

Nunca me he sentido pequeño como artista, pero sí como persona. Tengo inseguridades como todo el mundo. En esta industria hay momentos, como las alfombras rojas, en los que pienso: este no es mi lugar. Ves a gente y piensas que a algunos los han colado ahí, y muchas veces pienso que habrá gente que piense eso de mí.

Cuando era pequeño también tuve muchos complejos. Tocar la guitarra con once años no era el acto más masculino del mundo para unos críos. Dejé de tocar la guitarra cuando empecé a hacer freestyle por complejo, para que no me vieran pop, para que no me vieran poco masculino.

Nunca he sido suficientemente rock para los rockeros, ni suficientemente indie para los indies porque venía del rap. Hasta que hace un año dije: que les den por culo. Soy Walls. Y ya está. Pero para llegar ahí he tenido que hacer un ejercicio muy grande de autoestima.

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