En 28 años después: El templo de huesos, la directora Nia DaCosta demuestra una madurez autoral que consolida su lugar dentro del cine de género contemporáneo y revitaliza una saga que parecía haber dicho ya todo sobre el apocalipsis vírico.
Lejos de conformarse con repetir fórmulas, la directora construye una película densa, incómoda y profundamente humana, donde el horror no proviene solo de los infectados, sino de la forma en que la civilización ha aprendido a convivir con las ruinas que ella misma ha provocado.
Una mirada más allá del apocalipsis inmediato
Ojo, que los aciertos no terminan ahí. ¡Madre mía, las actuaciones! Josh O’Connor ofrece (el capitán de los “Teletubbies”) una interpretación extraordinariamente contenida y frágil; quién lo diría viniendo del final de la película anterior. Su personaje, marcado por la culpa y la supervivencia prolongada, se mueve en una constante ambigüedad moral que el actor traduce en miradas rotas y silencios elocuentes.

Ralph Fiennes, por su parte, aporta una presencia casi espectral e imponente; su antagonista no necesita grandilocuencia para intimidar. Fiennes compone un líder mesiánico y perturbador, cuya calma verbal contrasta con la violencia ideológica que encarna, logrando uno de los personajes más inquietantes de toda la saga.
Interpretaciones que sostienen el mundo en ruinas
El trabajo de DaCosta es especialmente notable en la puesta en escena. A diferencia del nervio documental y la cámara en constante agitación que caracterizaban a Danny Boyle, aquí se apuesta por una composición más basada en la observación y el simbolismo. Donde Boyle filmaba el caos inmediato —con montaje frenético y energía punk—, DaCosta filma la descomposición a largo plazo: planos sostenidos, uso expresivo del fuera de campo y una arquitectura visual donde los huesos, los templos y los cuerpos dialogan como restos arqueológicos del presente.
Esta sensibilidad ya se intuía en Little Woods y se afianzó en su más que acertado remake de Candyman, donde el horror funcionaba como crítica social; aquí alcanza una síntesis más ambiciosa y segura de sí misma.
Del impacto visceral al legado moral
Dentro de la saga 28, El templo de huesos no solo se posiciona como una de las entregas más sólidas, sino que supera claramente a 28 años después de Boyle en profundidad temática y coherencia estética. Mientras aquella privilegiaba el impacto visceral, DaCosta se arriesga a explorar el legado moral del desastre, ampliando el universo sin traicionar su esencia.
Con todo esto, me atrevo a afirmar que 28 años después: El templo de huesos podría convertirse en una de las mejores películas de 2026, no solo dentro del cine de terror, sino como obra clave del cine postapocalíptico moderno, siguiendo los pasos de su predecesora. Y atención, porque ya está en producción la tercera parte de 28 años después y hay una noticia que hará sonreír a los fans: vuelve Cillian Murphy.


