Susphyria

Capítulo 10 – Gonzalo

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Una fotografía de Dario Cavero (@dario.cavero)

Estaba de mal humor. Siquiera recuerdo cuantas copas llevaba encima, pero desde luego que no estaban causando el efecto que quería, olvidar el suceso. Todos estaba a tope. Algunos borrachos, otros fumando, y otros follando. Lo viene siendo una fiesta en toda regla.

Me fui a la cocina a por una botella de vodka, estaba cansado del maldito wiskey, mientras abrí el Tinder. Necesitaba desesperadamente que alguien me quitase esta presión. Abrí mi lista de contactos, y repasé los nombres uno por uno. Estaban buenísimos, pero ninguno me apetecía en ese instante. Tiré el móvil sobre la mesa y vi como unas manos le salvaban de la muerte inminente.

-Deberías tener más cuidado, hoy en día los móviles se rompen con facilidad, y más los IPhone.

Me quedé mirando el sujeto que tenía delante. No sabía quien coño era, pero no estaba nada mal. Le di un trago a la ardiente sustancia mientras fijaba mi mirada en él.

-No te conozco, ¿quién eres?

El tío parecía pasar de mí. Es más, le vi echarse un vaso de agua y apurarlo hasta la última gota.

-No soy nadie, o al menos nadie que deba importarte.

Me acerqué a él y le tendí la mano.

-Gonzalo, y estoy un poco borracho.

-Enzo, y estoy totalmente fresco.

Volví a tomar otro trago largo del vodka, ahora, mi mejor amiga.

– ¿Conoces la casa?

Creo que veía cuál eran mis intenciones, pero aún así me siguió el juego.

-La verdad es que es la primera vez que vengo. Es más, no conozco a nadie salvo a mi amigo, Aron, que se ha perdido.

-Y a mí.

Medio se sonrojó, pero enseguida se recompuso.

-Claro, y a ti.

Nos quedamos mirándonos un buen rato. Sentí como el alcohol empezaba a subirme más deprisa, y toda la sangre se iba concentrando en un solo punto, que ahora era una vara de hierro a rojo vivo.

Él bajó la mirada, y sonrió.

-Veo que además de borracho, estás cachondo. ¿Seguro que sólo bebiste vodka?

-Ven, te enseñare la casa.

Le agarré de la mano y me abrí paso entre los esqueletos humanos que decoraban el salón. Vi de reojo a mis amigos mientras subía la escalera al dormitorio principal. Estaba cachondo y cabreado, es la mejor y peor forma para follar.

Entramos en la habitación de él, quería hacerlo allí, llámame morboso, pero era mi forma de pagarle lo del otro día. En cuanto cerré la puerta, Enzo se abalanzó sobre mí.

Su intensidad estaba en todas partes. Sus labios, curiosamente no sabían a alcohol, sino a algo puro, fresco. Le agarré la camisa y le tiré sobre la cama. No quería hablar, y tampoco quería hacerlo despacio y con cariño. Así que no le di tiempo de pensar o de cualquier chorrada romántica. Le quité la ropa y le obligué a chupármela.

Me miraba con ojos casi lacrimosos, pero yo seguí embistiendo. Dejé caer la cabeza atrás, y me dejé llevar por esa inocente boca que no paraba de lamer y tragar.

Mis piernas empezaban a temblar, y el culmen estaba cerca. Tal y como estaba, le giré y empecé mi embestida con fuerza. Aparte de la ruido que había más allá de esas paredes, el único sonido que reinaba en aquel instante era nuestras caderas al chocar y mi respiración entrecortada. Vacié toda mi rabia en su interior, y como si fuese un auténtico animal, rugí a la noche, dolido, satisfecho, confuso.

Dejé a Enzo que se vistiera y me dirigí al victoriano balcón. La noche era preciosa. Se podían ver un montón de estrellas, y la fresquita brisa recorriendo mi cuerpo me devolvía poco a poco a la realidad. Cerré los ojos, y aspiré con todas mis fuerzas el olor a pino y a montaña.

-He de decir que no ha sido el mejor sexo de mi vida.

Enzo estaba detrás de mí. No lo veía, pero podía percibir como tragaba grandes bocanadas de aire.

-Lo siento.

Noté como se ponía tenso, pero no dijo nada, simplemente se alejó. Escuché el clic de la puerta y entonces el silencio y oscuridad me invadió.

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