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Susana Rizo: “Quiero que se deje de rechazar el envejecimiento de la sociedad”

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Susana Rizo nos plantea en Las Vidas que te Prometí la relación de Ingrid, una septuagenaria residente de una residencia llamado El Hogar, que recibe un grupo de alumnos de un parvulario para recapacitar el valor del presente y recuperar la esperanza de vivir.

En ese grupo conocerá a Max, un muchacho de cinco años que le despertará interés por descubrir su emocionante mente soñadora, su lógica pueril sobre los acontecimientos sencillos a nuestros ojos y le unirán lazos de amistad y de admiración mutuos.


Me gustaría empezar, sin hacer spoiler, por el origen del título “Las vidas que te prometí”, porque es la promesa que le hace Ingrid a Max.

Así es, es una misión muy importante para ella, y que emprende en un momento crucial de su vida, justo cuando creía que ya no le quedaba nada más por hacer.

Uno, a veces, puede perder la esperanza, pensar erróneamente que no hay razones para esforzarse en iniciar un nuevo camino. Es algo que puede suceder cuando nos hacemos mayores, por convicción propia, o porque nos lo han hecho creer así. Pero a mi protagonista, Ingrid, un niño le cambia la vida, y lo que ella creía acerca de sí misma.

Max podría ser un niño y podría ser algo intangible que te motive al llegar a la edad de Ingrid, a ver luz cuando todo se ve oscuro como le ocurría a Ingrid antes de que apareciera en su vida.

Max es una excusa para contar una historia dedicada a todas las personas mayores. Es a través de él que navego hacia las personas que me interesan, no solo Ingrid, si no todas las demás personas que retrato en mi novela.
Me interesa cada uno de ellos, con sus recuerdos, con sus fantasmas, sus ilusiones. Me interesa que sus vidas importen, y la persona que me ayuda a lograrlo, es Max. Un niño especial, sensible, extremadamente humano.

No sé como decirlo, pero es como alguien que, empezando, pareciera que ya hubiera vivido toda una vida, mientras algunos de sus nuevos compañeros de viaje, que son los ancianos de la residencia en la que conviven, sienten que les ha faltado más tiempo. Él consigue abrir la mente y el corazón de la que se convertirá en su mejor amiga, Ingrid. Se convierte en luz para ella.

Pero Max entra en la residencia siendo todo lo contrario, es introvertido.

Me ha interesado crear una persona tímida, porque Ingrid también es una persona reservada. Max procede de un ambiente familiar algo complicado, con la ausencia de una madre, y pocos lazos familiares, salvo por la figura de su padre. Al principio a Ingrid y a Max les cuesta acercarse, pero poco a poco ambos van sintonizando y acaban sintiendo un magnetismo mutuo. Aquí lo que hay es un encuentro entre dos mundos: el futuro que representa él y el pasado de ella. La sabiduría de una vida vivida y una que empieza, unidos en un tiempo presente. Son confidentes en su comunicación, sencilla pero trascendente a la vez, pues en cada aprendizaje, que es mutuo, hay esencias que en el fondo explican cosas muy complejas sobre la vida.

¿Tú eres Max?

No, más bien creo que soy Ingrid o, al menos, es lo que me gustaría ser: una mujer valiente, íntegra, de elegante serenidad. Aunque pensándolo bien, sí que tengo cosas de Max, como la imaginación, la curiosidad, o la generosidad.

Ingrid evoluciona como personaje entre el inicio y el final de la novela…

Ingrid ha tenido una buena vida, sencilla, y no le ha faltado amor. Pero en ese momento de su vida, en el que yo la estoy retratando, ella se plantea cómo habrían sido esos caminos que no llegó a tomar. Echa de menos lo que no ha vivido. Sé que esto suena contradictorio, pero es posible que nos suceda a todos algún día, o ahora mismo. Ingrid no se arrepiente en absoluto de su vida, tan solo se plantea qué habría podido ser, pues todos proyectamos una imagen exterior que no siempre armoniza con la que nosotros sabemos que habita en nuestro interior. Al conocer a Max, muchas cosas se despiertan en ella y la vemos volver a hacer cosas que hacía cuando era joven, la vemos recorrer precisamente algunas de esas bifurcaciones que ya no creía posibles.

Hay una escena que es muy remarcable en esta historia que es la muerte de uno de tus personajes que sus compañeros convierten en una celebración para enseñar a los niños que no tiene que ser un momento triste.

De hecho, esa escena la vi precisamente en el video de la residencia de Seattle que me inspiró a escribir esta historia: acababa de fallecer uno de los residentes y sus amigos acudieron a su entierro disfrazados, algunos con narices de payaso y pelucas. Querían que fuera una despedida alegre. En la novela ese capítulo se llama “Vestidos de época” y mis personajes se visten elegantes, como si fueran a asistir a un baile de gala, y los niños que lo ven, no perciben el drama, pero asimilan lo que acaba de suceder.

Nuestra sociedad empaña esa realidad, la oculta, la convierte en un trámite administrativo aséptico, frío, algo rápido que hay que olvidar. Todo está medido para que sigamos como si nada hubiera pasado. Sentirse mal, está mal visto.

Creo que nos hemos creado una forma de vivir muy enfermiza, y solo los lúcidos saben salirse de esa especie de centrifugadora en la que estamos inmersos. En mi novela, claro que mis protagonistas, que ya veo como viejos amigos, sienten una gran tristeza cuando uno de ellos fallece, pero todos ya saben de qué va esto de vivir. Desdramatizan el final, aunque no lo desnaturalizan.

Hay un momento en que digo que los mayores aprendieron a decir adiós, o hasta pronto, pues existía un consuelo cuando se comprendía el orden natural y efímero de las cosas. La muerte no es algo que temen, si no la ausencia de amor y de compañía. Los niños ven eso, porque no han tenido tiempo de desaprenderlo. La belleza existe bajo todas sus formas en la infancia, incluso en las más terribles.

Convertir el final en un comienzo y desdramatizarlo; no quedarnos con el final, sino con el mientras tanto

¿Por qué este proyecto de parvulario y centro de mayores no se trae a aquí si es un refuerzo positivo para pequeños y mayores?

En algunas residencias de España ya se están llevando a cabo y me gustaría que llegara a aplicarse en todas partes. Una de las razones o pretensiones de este libro es, precisamente, que viva más allá de sus márgenes y pueda significar, aunque sea un minúsculo grano de arena, el lograr visualizar el problema gravísimo de la soledad en las personas mayores, y la urgente necesidad que tenemos de cuidar de ellos como merecen. Dedicarles tiempo, justo lo que ellos nos han regalado a nosotros.

Quiero que la lectura de la novela pueda obrar un efecto en tal sentido, que sirva de puente para conseguir algo más, algo que sea trascendente. Lo que me gustaría es que la gente joven (gente joven como tú) se lleven a sus abuelos al cine, a comprar, a pasear… que es lo que hacía yo con los míos. Que los jóvenes escuchen lo valioso que ellos puedan contar, y que sean conscientes de lo mucho que se puede aprender. Que les concedan TIEMPO.

Quiero que la gente deje de rechazar el envejecimiento de la sociedad y que aprenda a desacelerarse, porque un día nos preguntaremos de qué sirvió querer vivir corriendo tanto… correr para llegar ¿a dónde?

No sé si lo has hecho de forma explícita o no, pero en esta novela dejas caer la idea de que tanto Max como Ingrid, pertenecen a grupos sociales vulnerables marginados por la sociedad en la que solo la edad adulta es la que tiene el protagonismo.

Son vulnerables porque dependen de un Occidente en plena decadencia de valores. La edad adulta lleva su vida de idas y venidas, de metas, y prisas. La infancia es corta, exigente, informatizada y con poco tiempo libre.
La vejez, con las enfermedades y limitaciones que conlleva, resulta molesta. Hay miles de personas que sufren soledad, abandono. No sé si llegaste a ver una escultura que hicieron en Bilbao de una señora mayor sentada en un banco. Esa mujer existe de verdad, le hicieron esa escultura porque quería explicar lo sola que se siente.

El otro día escuché en las noticias que los bomberos tuvieron que sacar a una señora que había fallecido en su casa no sé cuantos días antes, nadie se acordaba de ella. ¿Qué puede haber más triste que una persona sea olvidada porque es mayor? Nos estamos labrando nuestro propio final eliminando los valores que un día tuvimos.

¿Qué puede haber más triste que una persona sea olvidada porque es mayor?

Max recibe otro abandono que es la madre.

Ella forma otra familia, y Max se queda con su padre. Su madre apenas le dedica tiempo y Max no acaba de hallar su lugar en esa nueva familia que ella tiene. Pero el niño tiene su propio mundo, tiene a un padre abnegado, que le colma de cariño y atención, y además conoce a su mejor amiga, Ingrid, que llena el vacío que el niño podría sentir. Cuando encuentra a Ingrid desarrolla unos afectos que no podrá olvidar, ni tampoco la misma Ingrid.

Man Hoh Tang Serradell
Soy el Director de la Revista YOUNG España y también locutor de radio y actor. Me gusta escribir, informar y opinar sobre política internacional pues estudié Ciencias Políticas en la Universidad de Barcelona.

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