Foto de Man Hoh Tang
Opinión

Sin futuro, no hay ninguna vida por delante que llevarse

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“Que la vida iba en serio, escribió el poeta Jaime Gil de Biedma, uno lo empieza a comprender más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”. Pero, sin futuro, no hay ninguna vida por delante que llevarse. “Los recursos de nuestra Tierra son finitos, al igual que nuestros cuerpos” -un chico de unos diecisiete años empuña convencido un micrófono subido a un escenario frente a cientos de personas que escuchan sentadas en el suelo de Plaza Cataluña, en Barcelona.

Foto de Man Hoh Tang

A cada pausa que hace resuenan aplausos y vítores. Esto es una crónica de jóvenes luchando por su futuro. No piden nada más que una tierra sobre la que vivir, un aire que poder respirar y un futuro para ellos y las generaciones venideras.

Es viernes. Las 18.00 en Barcelona. Miles de personas de todas las edades se congregan en el Paseo de Gracia y desfilan calle abajo hacia Plaza Cataluña. Todavía quedan más de dos horas para oír ese poderoso “Nuestros cuerpos son finitos. Somos la Naturaleza defendiéndose a sí misma”. 500 metros separan el inicio del final de una manifestación con aires de ser histórica. 150 países se han sumado a la protesta. Millones de personas en todo el mundo marchan en lo que se conoce como una de las mayores movilizaciones en la lucha contra el cambio climático. Desde Buenos Aires, hasta Sidney pasando por Nueva Delhi o El Cairo.

Sin embargo, aquí en Barcelona, unas cuantas horas más tarde se convertirá en un vago recuerdo de algo que intentó ser, pero que no pudo. ¿Qué quedará después de todo esto? Pancartas originales, música y cánticos reivindicativos se fueron desinflando a medida que pasaban las horas, se escondía el sol y comenzaban a alumbrarse las farolas de este modernista Paseo de Gracia. Los turistas, parte indispensable del mobiliario urbano de la ciudad condal, se arremolinaban en las aceras y acudían al espectáculo como si se tratara de
una atracción turística más que fotografiar.

Entre mensajes escritos en pancartas de cartón como “I like my boys hot, not my planet”, “el sexo sucio y el planeta limpio o “Destroy my pussy not my planet”, entre selfies y griterio, pensé: habrá que renunciar a muchas cosas si de verdad queremos hacer que esto cambie.

Como la vida es caprichosa y el destino irónico, a la mañana siguiente en la calle Gran Vía, transversal a Paseo de Gracia, una manifestación de cientos de motoristas circulaba con sus tubos de escape chisporroteando y haciendo sonar el claxon. Todo un festín de CO2.

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¿Casualidad? Eran los afectados por las medidas contra la contaminación del Ayuntamiento de Barcelona, que el año que viene no dejará circular a vehículos sin el distintivo ambiental.

Pura poesía disparatada. Alguien se atrevía a decir que esta manifestación por el cambio climático había contaminado más que cualquier día. Los atascos originados por cortar el tráfico en una calle tan céntrica como Paseo de Gracia multiplicaba las emisiones de esos coches parados. Siempre hubo gente para todo. Incluso para salir disfrazado con una chaqueta de cuero a lomos de una Roya Enfield -motocicleta vintage altamente contaminante- un sábado por la mañana.

Pero volvamos a los que nos importa, nuestra manifestación, la de las personas con un poco de sentido común. El grueso de esta, aunque había familias enteras, niños en carrito y personas mayores, estaba formada por jóvenes. De hecho, este movimiento ha sido iniciado por ellos, conscientes de que el futuro, su futuro, pende de un hilo si no se toman medidas urgentes. “No hay planeta B” es un eslogan que ha dado la vuelta al globo. Y desde aquella primera vez que Greta Thunberg decidiera sentarse frente a las puertas del Parlamento sueco, el movimiento Fridays For Future no ha dejado de crecer. Al igual que la temperatura de la Tierra, que alcanzó picos históricos este verano. Los polos se siguen derritiendo y existen ya refugiados climáticos, es decir, personas que han tenido que abandonar sus hogares por culpa del cambio climático. Pero a pesar de estos catastróficos hechos, lo del viernes por la tarde era una auténtica fiesta. Esta movilización fue sin duda, como todas las que la han precedido, un ejercicio de creatividad e ingenio que a veces, peca de restar dramatismo al problema.

Foto de Man Hoh Tang

Si hay un rasgo característico de la época en la que vivimos es esta infantilización de todo. La caricaturización de los problemas del día a día. El ambiente festivo del viernes se comió la reivindicación. Por eso, cuando al final de la marcha la banda entonaba el clásico Bella Ciao y se leía un manifiesto en contra del sistema capitalista, muchos simplemente recordaban la banda de atracadores de mono rojo y máscaras de Dalí. “Hay que repensar la manera de consumir que tenemos” dice una chica de veintipico años vestida con una camisa estampada de Primark mientras bebe una cerveza.

Por hoy es suficiente. Otro Fridays for Future. Acabo mi día dentro de un Mercadona alucinando con la cantidad de plástico que envuelve nuestras vidas. En la cola, antes de pagar, me acuerdo de que la huelga de hoy no consistía solo en manifestarse, sino que era una huelga de consumo. “Hoy no compreis en los supermercados, ataquemos al sistema” retumbaba en mi cabeza. Con resignación devolví las cosas a los estantes y enfilé la vuelta a casa arrastrando los pies. Mi lucha empezó renunciando a la cena – O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao- El cambio climático ya está aquí. Que la vida va en serio Jaime,
empezamos pronto a comprenderlo.

Lucas García
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