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“Dolor y Gloria”: La Genialidad en los Recuerdos

Muchos de los directores de nuestra vida han completado, en algún momento de su carrera, una cinta que reúna todos los componentes, no ya de su cine, sino de sus vivencias personales. Que navegue en los miedos e inseguridades del creador y que forje una lectura natural de la persona y el artista. Dolor y Gloria, la última película de Pedro Almodóvar, es esa cinta para el director manchego.

Como ya hiciera Fellini con su 8 y medio, por verbalizar un ejemplo de los cientos que hay. Aquí Almodóvar bucea en sus intestinos, en sus tripas, en sus recuerdos, en sus pensamientos y echa la vista atrás para ofrecernos un depurado relato de cómo fue y es la persona detrás del artista. 

Sin renunciar a los estilos narrativos y temáticos que han forjado su cine nos presenta una amalgama de personajes de su cotidianeidad y del oficio del cine (su madre, su amiga, su primer amor, sus actores…) todo en la obra rezuma sabor Almodóvar, y lo más importante de todo es que ese sabor es el dulce y el suyo. Dolor y Gloria se aleja diametralmente de obras más inconclusas e incompletas del genio, en las cuales aunque se reconozca su estilo en cada visionado no encumbran y cierran el círculo de manera tan magistral como esta.

Almodóvar le otorga el testigo y la batuta a un Banderas mimetizado en él, un alter ego tremendo, a la altura de la dificultad de interpretar a un personaje que te dirige al mismo tiempo. Todo en Banderas tiene retazos almodovarianos, su imagen, su pelo, su barba, sus gafas, sus gestos e incluso su voz. Banderas y Almodóvar son uno y transmiten ambos, de la mano, una viveza y una calidez incuestionable dando por ello una película soberbia, conmovedora,  emotiva, de reencuentros y desencuentros, de vivezas y complicaciones.

El dibujo y el relato de las partes de antaño, del pasado son donde verdaderamente se muestran mejor los sentimientos y la capacidad del director de darle al espectador todo lo que tiene, otorgándole la soberanía en estos momentos a una Penélope Cruz que irradia luz en cada uno de sus acercamientos a su hijo. La cámara se mueve en unos tonos pastel especialmente serenos, muy distintos a como lo hace en el presente donde Almodóvar se acerca más al que conocemos por lo que dibuja su puesta en escena de colores cálidos y fuertes (el rojo predomina en cada una de las escenas del presente).

Hasta llegar al cierre, al final del viaje donde todo se condensa, cobra sentido y brota de la pantalla una atmósfera especial, donde se ve a Pedro Almodóvar. Pedro, el hombre, Almodóvar, el artista. Con una capacidad especial para juntar temáticas y visiones del mundo nos ha escrito, a través de sus imágenes, su carta más personal que todos estamos invitados a leer.

Conocemos lo que ha habido antes; lo que viene después ya nos lo descubrirá Pedro o Almodóvar…

“Dolor y Gloria”: La Genialidad en los Recuerdos
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Pablo Vergara

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