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Gotelé, el enemigo en casa

Es difícil hallar fuera del ámbito bélico, en nuestra misma cotidianidad, una creación más infame que el gotelé. Quien no lo ha sufrido, no puede entenderlo; quien sabe de lo que hablo, lo sabe demasiado bien.  Lo ha sufrido demasiado (si acaso hubiese un sufrimiento justo).

Cuatro paredes con gotelé jamás podrán ser un hogar. Buscamos en el interior del espacio físico privado comodidad, seguridad, el descanso tras habernos enfrentado al infierno de la vida gregaria no comunitaria. Shangri-la, la utopía particular. Sin embargo, no es así cuando uno debe soportar el gotelé en su propia casa. No hay paz para el que vive rodeado de esas células cancerígenas que corrompen los muros de nuestra privacidad. Esos tumores engendrados por un perverso uso de la pintura depravan las lisas paredes virginales, como materia vomitada por un monstruo de otra dimensión incluso parecen absorber toda luz, que queda atrapada en su iniquidad.

Hágase la prueba: una habitación contaminada por el gotelé guarda siempre oscuridades, perturba, oculta algo, una suerte de anti-luz emana de los grotescos grumos. Sin embargo, una vez restaurada a su estado de llaneza original, purificada de las groseras imperfecciones impuestas por hombres zafios y decadentes, la misma habitación bajo la misma iluminación nos ofrece toda otra visión: un santuario privado.

El gotelé supone una grave ofensa tanto contra el buen gusto como contra la integridad moral de la persona;  en ocasiones desafortunadamente habituales incluso atenta contra la mismísima integridad física: aquel que cada noche sobrevive al gotelé sabe que incluso los más bellos sueños pueden aguardar un amanecer sangriento. Las paredes son frescas, amables, siempre invitando al somnoliento  a restregarse despreocupadamente contra ellas; pero la corrupción del gotelé agrede la piel, abriendo heridas en un cuerpo que reposa ingenuamente. Nada puede saciar sus ansias carnívoras.

Cómo el gotelé, lo que sin duda empezó como un terrible accidente, una grotesca chapuza, llegó  a ser norma es algo que escapa a toda razón, así que probablemente deba anclarse en las oscuras profundidades de un inconsciente colectivo. Y es que es evidente que debe existir alguna conexión entre la popularización de esta técnica delictiva y el régimen franquista, su coincidencia en el tiempo no puede ser casual: llevar lo inhóspito a la familiaridad del hogar supone una revolución en los mecanismos de control del Estado totalitario. Allá donde se mire, violencia, agresivas protuberancias emergiendo desde las paredes, reprimiendo  la vida intelectual de la persona. La gran regresión, la negación de la libertad. No cabe duda que llegará un día en que las celdas de los más abyectos criminales tendrán las paredes ornamentadas con esta cruel invención.

Dante no podía saberlo, pero la infernal Judeca alberga junto a Judas, Bruto y Casio al perpetrador de tamaño crimen de lesa humanidad, a quien la historia ha tenido a bien mantener en el anonimato, tal ignominia cubre al desgraciado descubridor del gotelé. Porque semejante abominación no podía ser creada por el hombre, sino que siempre ha existido, a la espera de las condiciones materiales que hicieran posible su manifestación  y la bárbara dureza de un aciago corazón que la descubriera. Un atavismo que llama a la oscura noche de la humanidad, antes de la luz del entendimiento.

¡Qué razón tenía el visionario Adolf Loos, ese profeta pederasta!  ¡Las paredes de la civilización por venir deben ser lisas, relucientes como las de Sion! Destruir el gotelé es redimir el espíritu, el progreso moral de la humanidad exige el alisamiento de toda superficie. Solo cuando nuestros muros hayan sido liberados del gotelé, nosotros podremos ser libres. Rascar la pared es luchar por la emancipación.

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Este artículo se ha desarrollado gracias a la participación de nuestros colaboradores o es un contenido de un autor externo al que hemos citado al principio y final del artículo.

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