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Custodia compartida: el sonido del silencio.

El cine, desde su condición de arte predilecto de nuestro siglo, constituye una de las mejores herramientas de democratización de las historias, los problemas y las culturas de nuestro tiempo. Para hacernos conocedores de sus existencias, de sus lugares en el mundo.

Entre todas las historias que discurren por las pantallas de distintas nacionalidades existe un tema transversal tan recurrido por los cineastas que sólo puede responder a una certeza entro todos nosotros: la violencia de género es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Su tratamiento en el cine se ha adecuado a diversas formas, estilos, tonos y formatos, desde aquellos que prostituyen la violencia (cualquier telefilm de una cadena de televisión cualquiera) hasta aquellos que otorgan la valía -desde la mayor de las valentías- al tema, con un uso adecuado de los elementos cinematográficos.

En este último grupo, que dirige con una sólida concepción de la ética de la imagen, se encuentra Xavier Legrand, un cineasta novel francés, con formación actoral, que, con su ópera prima, Custodia compartida se ha ganado la admiración del público y de la crítica. Este thriller familiar ha ganado, además, al público del Festival de San Sebastián en su pasada edición (alzándose con el Premio del Público) y al del Festival de Venecia, en que se hizo con el Premio a Mejor Ópera Prima. 

 


 

Custodia compartida nace seguramente del proyecto audiovisual precedente: Antes que perderlo todo (Avant que de tout perdre), un mediometraje que se hizo con una nominación a los Premios de la Academia a mejor Cortometraje y con el premio César a mejor cortometraje. Su argumento y actores principales son los mismo que en Custodia compartida: de la quiebra de un matrimonio, compuestos por -en la película- Myriam (interpretada por Léa Drucker) y Antoine (interpretado por Denis Ménochet) se revelan los verdaderos motivos de la separación entre ellos, que Antoine, el padre y marido de la familia, inflige daños físicos y psicológicos en su esposa, Myriam, y su hijo Julien, del que requiere la custodia.

 

Como Farhadi hizo en Nader y Simin, una separación, Legrand muestra en su película el inimaginable terror que se puede desplegar de una familia revelando los resortes de la cultura en la que está sumergida.

Ahora bien, la película del francés se distingue de la del iraní, entre otras cosas, por su certeza en la certidumbre. Por la cruda realidad que pueden vivir cualquier familia del mundo.

A partir de un estilo sobrio y depurado, sin artificios espectaculares, la película se mantiene hasta el final como una bomba de relojería que estalla en el momento adecuado. Su traducción cinematográfica es sencilla: el ritmo conseguido por la película hasta su desenlace es necesario para que el terror del mismo sea glorioso, reflejando con una cruda verosimilitud el horror de la violencia. Este uso especial del tiempo cinematográfico está presente en muchas obras contemporáneas como, por ejemplo, en Amor de Michael Haneke.

 

 

Cuando se apagan las pantallas, los títulos de crédito no cuentan con música, al igual que en 120 pulsaciones por minuto. Los espectadores se quedan petrificados en sus asientos. El terror vivido es inconmensurable. La vecina de la familia es testigo en silencio, al igual que todos los espectadores, del horror aparentemente invisible del que estamos rodeados. Pero, afortunadamente, a partir de obras cinematográficas tan legítimas como la de Legrand, el silencio se está haciendo cada vez más sonoro, más dañino, hasta que de una vez acabemos con la violencia de género, una de las mayores lacras de nuestro siglo.

 

TRAILER V.O.S.E. 

 

 

PUNTUACIÓN

(4 / 5)

 

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Pablo Borrega

Del '97. Cinéfilo y nómada por el mundo en potencia. Estudiante de Psicología y Filosofía.

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